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A veces tengo la impresión de que a la Academia Sueca de las Letras le gusta llevar la contra. Un año lo gana un novelista francés, con lo cual todo el mundo daba por descontado que no se lo ganaría otro francés en un buen tiempo, y, ¡éjale!, seis años después se lo gana otro novelista francés. Vargas Llosa se hace con el galardón después de que el Boom ya hubiera sido reconocido con el premio a García Márquez y, para más recachas, luego de su abierto giro hacia el (neo)liberalismo de cuño anglosajón, tendencia política extraña al espíritu inclusivo del que hace gala la Academia cada vez que concede el Nobel a un escritor non-grato de la China, a una novelista/activista austríaca o a una periodista bielorrusa que ha dedicado su vida a recoger las voces de algunas de las personas más afectadas por el comunismo en la antigua Unión Soviética. Así las cosas, el último Nobel de Literatura no parece tan descabellado. Después de todo, Bob Dylan es nada más y nada menos que el cantautor más influyente de la segunda parte del siglo XX, y quizás del siglo entero.

Y, sin embargo, a casi una semana del anuncio no consigo decidirme si estoy a favor o en contra (como si importara). Creo estar equilibrándome sobre una cuerda floja, sin ánimos de ser partidario del sí o del no, de mantener la tradición de consagrar solo a personas que imprimen en el papel su arte o, por el contrario, celebrar la apertura que ha demostrado la Academia premiando a un músico-poeta-cantante. (Muchachos y muchachas de Ladbrokes: ojo con Charlie Kaufman. La próxima vez que el premio recaiga sobre un “extraño”, de seguro que será para un guionista de cine o, Dios me libre, de TV).

Preferiría ensayar aporías. Un ejemplo: este es el primer Nobel de literatura que no ha sido leído porque ha sido escuchado; que ha sido más escuchado que leído; que muchos jamás leerán porque no toleran escucharlo. Es el primer premio Nobel de literatura concedido a la melopea, a la poesía —y eso es discutible— compuesta para ser cantada o acompañada de música.

Si Bob Dylan es un escritor, solo ha escrito dos libros, una novela en plan surrealista y unas memorias, pero más de quinientas canciones, de las cuales muchas tienen letra y música cautivadora (“Desolation Row”, “Hurricane”, “Ballad of a Thin Man”), otras solo la música (“If Not For You”), y todavía unos cuantos éxitos trillados (“Lay, Lady, Lay”, “Blowin’ in the Wind”, “Like a Rolling Stone”, etcétera) que imponen, para algunos, cambiar la radio en cuanto comienzan a sonar y, para otros, canturrear a viva voz hasta enojar a los vecinos.

¿Pueden sentirse perjudicados los escritores —narradores y poetas— con años de circo y una obra robusta y valiosa, como los también norteamericanos Philip Roth y Don Delillo?

Sin duda. Ya lo dije el día que se le concedió el premio: la Academia le hizo un corte de mangas alevoso a la gran poesía y narrativa norteamericana de los últimos cincuenta años. Ashbery, Roth, Pynchon, Delillo, Simic y hasta la más joven Lydia Davis, eran elecciones razonables.

Escribir cuentos, novelas y poemas es distinto de escribir y cantar canciones. Los libros son distintos de los discos. Pero no es tanto de escribir obras de teatro y dirigir a los actores para que las interpreten como uno imagina que las palabras que ha vertido sobre el papel serán en la realidad del escenario.

¿La literatura, entonces, como afirma con este premio la Academia Sueca, está también, o sobre todo, fuera de los libros? No sólo es una cursilería, sino una contradicción: Si la verdadera literatura está fuera de la literatura, tal como la entendemos, entonces TODO es literario, o lo que es lo mismo, NADA. Otra declaración de que el libro está en crisis. Hablemos de la realidad. Qué espanto. La justificación del premio, el que Dylan haya revolucionado la gran tradición de la canción norteamericana, es absurda, entre otras cosas, porque no alude a la literatura sino, con suerte, a la música cantada.

Si esta es una condecoración tardía a la contracultura de los 60 y 70, ¿por qué no se lo dieron a la Susan Sontag en su momento? ¿O a Kerouac, o a Ginsberg, o a Burroughs?

A fin de cuentas, el premio a Dylan parece nacer de la idea de que a Dylan debía dársele algún premio de alcance planetario. Lo que, bien visto, es absurdo. Tal como lo dijo Leonard Cohen, que sí es poeta, “premiar con el Nobel a Bob Dylan es como darle una medalla al Everest por ser la montaña más alta”. Dylan sin duda merecía un premio, pero no estoy seguro de que fuera el Nobel de literatura. Es más, la Real Academia Sueca de la Música todos los años concede el Premio de Música Polar y el ganador el año 2000 fue… Bob Dylan.

Hace algunos años la Academia Sueca ha establecido de manera tácita que el premio es un gesto de reconocimiento a literaturas que se encuentran en la periferia del mercado, libros rara vez traducidos a las lenguas principales. En esa línea, el premio a Dylan es aún más injustificable, un capricho tal vez fundado en la nostalgia. Cuando casi toda la literatura en el mundo ha dado un giro explícito hacia la política, buscando hacerse cargo de la contingencia o de la historia del mundo y las naciones, de las tropelías que han cometido los Estados modernos, de las paupérrimas condiciones de varios segmentos de la sociedad (migrantes, por ejemplo), de la disolución de los grandes relatos y sus consecuencias, teniendo todo eso en mente, menos se entiende que, de las muchas posibilidades estrictamente literarias, Dylan, alguien conocido eminentemente por su música, al que primero se escucha y luego quizás se lee, sea el último Nobel de literatura de una época y el primero de otra más laxa, menos concernida con las posibilidades de la prosa y el verso, y más ocupada de la influencia y de la popularidad. En fin, Dylan es bueno, es el premio el malo.