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Una mujer, que prefiere mantener su identidad bajo reserva, relató al sitio Vice.com, cómo fue el día en que cumplió su fantasía y logró acostarse con ese profe que realmente la volvía loca. Pese a toda la conexión que sentía entre ambos, la joven contó cómo todo se empezó a ir a la mierda hasta un punto insospechado. Con el paso del tiempo, la muchacha rescata enseñanzas y reflexiones al respecto.

Aquí su historia. (Transcrpción Vice.com)

“Todavía recuerdo la primera vez que lo vi; fue en una salón de asambleas lleno de gente. Tenía piel pálida, mejillas rosadas y ojos grandes color miel, como un gato. Se veía divertido y apenado al mismo tiempo, como si fuera un episodio de Viajeros en el tiempo y hubiera terminado ahí por accidente. No se parecía a nadie que hubiera conocido antes. Vestía trajes Armani y citaba poesía. Fue amor a primera vista, al menos para mí. Poco después, cambié todas mis materias para poder estar en su clase.

Aunque seguía en la escuela, nuestra relación se volvió muy extraña. Empezó cuando él me prestó unas novelas modernas y unas películas extranjeras. Como soy de los suburbios de Londres, no tienes idea de lo adulta y sofisticada que me sentía viendo cine danés Dogma 95 a los 16 años de edad (como Grace Kelly cobrando su manutención en guantes a la altura del codo). Después de este inofensivo comienzo vinieron los casettes con portadas escritas a mano. Así conocí a Jesus and Mary Chain, a Jane’s Addiction y a Bowie. Pero los casettes no eran sólo para mí. Tenía un grupo de fans, entre las que estaba yo. Nos sentíamos muy especiales. Me pregunto por qué a los otros maestros no les preocupaba la situación. Él tenía veintitantos y una novia con la que llevaba mucho tiempo. Supongo que por eso creyeron que no había nada de qué preocuparse.

En ese entonces yo solía escribir poesía. Hasta gané concursos y todo. Un día terminé leyéndole uno de mis escritos y me dijo que “escribir poesía de adolescente no es poesía adolescente, es un don”. En ese momento sentí cómo mi corazón se derretía y se esparcía por mi cuerpo como un jarabe sobre un flan. Ahora me da risa lo desesperada que estaba por un poco de amor y lo fácil que él me manipulaba.

Se convirtió en mi editor. Nos íbamos a un salón pequeño a revisar mis poemas. Los cortaba sin piedad y cada trazo de su pluma lo hacía más poderoso. En mi cabeza, él era el Ezra Pound de mi Eliot. Y eso no es todo, en la cima de su pretensión, me leía La tierra baldía en voz alta mientras movía sutilmente la pelvis en su silla, como si respirara por las bolas.

Nunca me había enamorado de alguien con tanta intensidad y nunca he vuelto a sentir algo así. Todas las noches me iba a dormir pensando en cómo sería darle un beso. No tenía mucha experiencia en el sexo y no sabía cómo masturbarme bien. Tampoco sabía como iba a ser el sexo, así que me conformaba con imaginar el beso una y otra vez.

Nunca le confesé lo mucho que lo amaba. Tampoco coqueteamos de forma muy explícita. Creía (y sigo creyendo) que demostrarle tu aprecio a alguien que te gusta es un signo de debilidad. Pero recuerdo que peleábamos como si fuéramos novios, a veces al grado en que uno de nosotros se salía y azotaba todo a su paso. Esa no es una relación normal entre maestro/alumna. A pesar de nunca se lo dije, él sabía que estaba loca por él. Estoy segura.

Cuando salí de la escuela seguimos en contacto. Eso no era nada raro en la escuela. Muchos de mis amigos siguieron en contacto con varios maestros. En esa época, claro, me moría por ser una persona fuera de lo común pero obvio no lo era. Lo veía otra vez para cenar o tomar un café pero él nunca rebasó los límites.

Durante las vacaciones de Navidad después de mi primer semestre de la universidad, me llamó por teléfono para invitarme a un bar esa noche. En cuanto colgó, corrí a bañarme y a rasurarme las piernas. Andaba muy optimista considerando mi falta de experiencia en el sexo. En poco tiempo salí para encontrarlo. Estaba muy emocionada y nerviosa. Tenía un presentimiento extraño. Acababa de cortar con su novia y ya estaba en el bar cuando me llamó. Algo en mi cerebro adolescente ingenuo y fantasioso me decía que esto no iba a terminar bien. Nadie toma decisiones acertadas en un bar.

Cuando llegué, él ya estaba borracho. Dijo que tenía algo que decirme pero que primero tenía que estar igual de borracha que él. Fue a la barra y regresó con cuatro tequilas dobles. Me tomé el tequila tímidamente y le prometí que no le iba a contar a nadie su secreto. Cuando se me acercaba, yo me alejaba por qué no estaba dispuesta a quitarme ni la chamarra ni la sobriedad. Después de un rato me contó más o menos lo que había pasado. Después de cortar con su novia, pasó algo con una antigua estudiante. Era más joven que yo pero se fue a estudiar a otro lado. Mi maestro fue su tutor cuando ella estaba en secundaria. El novio de esta chica estaba en el bar y quería buscar pleito. Probablemente ella también y yo había ido para castigarla.

Y luego me besó. Para estas alturas yo ya estaba ebria y aunque llevaba mucho tiempo esperando este momento, estaba lo suficientemente consciente como para avergonzarme de besar a mi maestro en un bar demasiado iluminado.

Pedimos un taxi y fuimos a su casa. Adentro hacía tanto frío que podía ver cómo se formaban nubecitas cada que respiraba, creo que hacía más frío que afuera. Nos metimos a la cama y fue la primera vez en mi vida que realmente disfruté una experiencia sexual. De pronto entendí por qué tanto alboroto por el sexo. Los chicos adolescentes nunca me llamaron la atención.

En la mañana, me vestí rápidamente y corrí a la puerta antes de que me viera su madre. Sí, a los 27 años seguía viviendo con su mamá, y eso que fue antes de la recesión. Caminamos a la estación juntos y dijo “voy a decir en la sala de maestros que les mandas saludos”. Lo dijo de una forma tan casual que me dejó horrorizada. No podía entender por qué querría contarles lo que había pasado.

Cuando llegué a casa, estaba eufórica. Había logrado mi objetivo. Había obtenido lo que quería. Me sentía muy bien, la química entre nosotros era real, todo había salido bien. Después, poco a poco, en los días que siguieron, la imagen que tenía de él y de nuestra relación empezó a desmoronarse para dejarme ver la cruel realidad. Traté de repararla y fingir que no había visto nada.

Unos días después platicamos por mensaje y quedamos de vernos en otro bar. Esta vez estaba más ansiosa que emocionada por el miedo a que la imagen que tenía de él se quebrara por completo. Cuando llegó traía un abrigo puesto y no se lo quitó en todo el tiempo que estuvo conmigo. Platicamos un rato pero sin tocar temas sensibles. Después me vio a los ojos y me preguntó: “¿Por qué no te buscas un novio y dejas de ser tan miserable?”. Se fue y nunca lo volví a ver. El resto de la noche me dediqué a tomar hasta que mi cuerpo no aguantara y a analizar el significado repentinamente profundo de las letras de Boyzone.

El problema de cumplir la fantasía de cogerte a tu maestro es que la clase de maestro que se cogería a una alumna es generalmente un completo idiota. La clase de maestro que merece esa atención nunca se aprovecharía del poder que tiene sobre sus alumnos. A pesar de que ya no estaba en la escuela, el desequilibrio de poder seguía presente. Enamorarte de tu maestro es entonces una paradoja moral en la que estás eternamente frustrada porque el objeto de tu afecto vale la pena y por lo tanto nunca va a dormir contigo o es un pervertido que se va a aprovechar de ti y te va a arrebatar tu fantasía. Te vas a sentir traicionada de una forma que nunca antes creíste posible.

Ahora que lo analizo, su comportamiento era calculador y predador. Esperó a que dejara la escuela para no violar la ley. Pero sabía que iba a estar ahí, lista y dispuesta. Me usó para sentirse mejor y no le importó lo mucho que me iba a afectar. Sospecho que lo ha hecho más de una vez. Sospecho que lo ha hecho muchas veces.

Todos los días del semestre siguiente me tomaba mínimo media botella de vodka. Si por un breve instante me llegaba a sentir mal, se reproducía automáticamente una película en mi cerebro: la casa fría, mi propia respiración formando nubecitas, la prisa de llegar a la puerta antes de que su mamá me viera y la frase “¿Por qué no te buscas un novio y dejas de ser tan miserable?”, una y otra vez”.