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El desafío es girar el manubrio de la bicicleta hacia la derecha, doblar y no caer.

Lo ha intentado varias veces. Avanza desde la calle Progreso, donde vive, al oriente, hasta avenida Las Industrias. Son apenas unos metros. En esa esquina, si gira hacia el norte, a su izquierda, puede seguir pedaleando; si lo hace hacia el sur, en dirección a Avenida Salvador Allende, no.

Hace dos semanas, Alexander (11) quiso probar, otra vez, si podía realizar la maniobra. Pedaleó y dobló hacia Salvador Allende. Se golpeó una rodilla y una mano al caer sobre el cemento en su población, La Legua.

-También ha chocado con postes, se ha pegado en el hombro, anda todo moreteado- resume Javiera, su mamá.

Desde el 11 de septiembre de 2014, cuando un balín de goma disparado desde un carro policial en movimiento, le llegó a su ojo derecho y lo hizo estallar, Alexander Muñoz Calderón, a quienes todos en su familia le dicen “Sánder”, se estrella cada cierto tiempo contra las cosas que ya no puede distinguir.

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Según la ciencia, en el ojo humano hay una zona de la retina en la que no hay células sensibles a la luz, es decir, todos tenemos un punto ciego. Es tan ínfimo que no somos conscientes de que hay una parte del espacio que no vemos y podemos caminar o conducir sin problemas.

Distinto es perder completamente la visión de un ojo. Ahí el cuerpo debe adaptarse a lo que significa carecer de perspectiva. Eso fue lo que le ocurrió a Alexander.

Según un informe del Servicio Médico Legal, requerido por la Fiscalía Militar, que investiga su caso, Sánder tuvo “lesiones de carácter grave, atribuibles a un proyectil de arma de fuego, que dejaron como secuela permanente y definitiva la pérdida de la visión del ojo derecho”.

Él lo explica en otros términos:

-Fue como si me hubieran pegado un combo muy fuerte. Se me nubló la vista y no podía ver, veía todo plomo. Me acuerdo que cuando quería abrir el ojo, me salía sangre-, cuenta Sánder.

El niño hizo esa jornada lo mismo que hacía siempre: Salió del colegio subvencionado Queen Flowers y se fue la casa de sus abuelos. Allí lo debía pasar a buscar su papá cuando terminara la jornada laboral, cerca de las 7 de la tarde. Juntos caminarían al oriente para cruzar la Avenida Las Industrias, donde hoy existe un mural gigante que muestra a un pequeño enfrentándose con un tanque policial.

Esa día, por problemas de tráfico por la conmemoración del Golpe de Estado, Erick se había atrasado una hora. Cuando llegó, Alexander le pidió permiso para ir con sus amigos a ver un documental sobre Allende. Erick le dijo que no había problema, que comería algo. Le pidió que volviera en cuanto terminara el filme, que se exhibía en una casa vecina a la residencia de sus abuelos, en Progreso.

El barrio es tranquilo. Está ubicado en La Legua “antigua”, donde se instalaron los primeros habitantes que hicieron conocida a la población como un bastión de la izquierda en la comuna de San Joaquín.

Los nombres de las calles en esta zona son esperanzadores: Progreso, El Esfuerzo, Constancia. Las casas de cemento son pareadas, con un patio interno, y en las veredas estrechas se ven árboles. No hay ni parques ni farmacias ni cajeros automáticos cerca. A pocas cuadras, está La Legua Emergencia, estigmatizada por el narcotráfico.

Ese 11 de septiembre de 2014, Sánder, como había prometido, volvió a buscar a su papá, Erick, de profesión electricista, para irse juntos al departamento en Salomón Sumar donde lo esperaba su mamá, Javiera, y sus dos hermanos, el menor de 20 días.

Cerca de las 22.00 horas, ya estaban listos para ir a su hogar.

Avanzaron por Progreso hacia Las Industrias y alcanzaron a observar el reflejo de una fogata y a un grupo de personas corriendo en sentido contrario al que ellos seguían. En segundos, pasó un carro de la policía disparando.

En un video tomado esa noche en el instante en que Sánder fue lesionado, se escuchan seis percusiones. El sumario interno de Carabineros, seguido por la capitana Sandra Cruzat Mendoza, da cuenta de que ese día circuló en esa región el retén móvil J-532 que estaba a cargo esa del mayor Jorge Araya Parodi y del capitán Alex Aguilera Berríos. Ninguno ha reconocido haber participado en los hechos.

No obstante, la declaración de testigos, algunos de los cuales también fueron heridos por los uniformados, dan certeza de que ese vehículo de la Comisaría 50 de San Joaquín estuvo ahí en el minuto en que Alexander perdió su ojo.

El abogado de Alexander, Cristián Cruz, sostiene que hubo un uso innecesario y abusivo de las armas por parte de Carabineros.

-Se disparó de manera innecesaria. Un acta de consumo de munición informa que optaron por usar mayores tiros de escopeta que, por ejemplo, bombas lacrimógenas. No se cumplió con los protocolos de dar aviso previo y eso pasó sólo porque se trata de ciudadanos de La Legua. Ni el ministerio de Interior ni el Sename son parte de este proceso porque Alexander es un niño de La Legua. Hay una doble discriminación y un doble castigo. Primero lo agrede Carabineros y luego las instituciones no hacen nada porque, en la práctica, no lo consideran como una víctima. Un ciudadano de La Legua no es víctima para el Estado.

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Cerca de las 22.15 horas, Erick huyó de los balazos de Carabineros. Tomó a Sánder en brazos y corrió a refugiase con los abuelos del niño. Cuando llegaron, Erick supo que su hijo no había salido ileso.

-Vi que le había llegado un balín de goma en el ojo, otro en la pierna y otro más en brazo.

Los dos últimos rebotaron. El del ojo se instaló ahí y hasta hoy no es removido.

Un vecino trasladó a Alexander al Hospital Exequiel González Cortés. Lo acompañó su papá, Erick, y María, su madrina. En Urgencia, frente al relato de lo ocurrido, un funcionario llamó a Carabineros. Llegó, asegura Erick, una oficial de la comisaría 50 que intentó hacerlo cambiar su versión sobre lo que había pasado.

-Me insultó porque quería que yo dijera que había llegado una bala loca o algo así, porque carabineros estaba ahí para protegernos. Yo le dije que eso no era verdad. El que hizo esto fue un cobarde, disparó, hizo daño y arrancó- relata Erick.

Alexander cree que el problema fue el azar.

-Fue mala suerte, yo cacho. El que lo hizo no fue con maldad, creo que fue sin querer-, afirma el niño.

Su papá tiene otra teoría:

-Es tanto el abuso acá en las poblaciones bajas. Allá arriba yo he visto lo contrario. A uno lo emputece ver que con la gente de arriba no pasan encima porque tienen un poco más de plata. Aquí si quieren meterse a la casa de uno, se meten nomás, aunque no tengan la orden del juez. Llegan y entran. Como somos personas humildes sin conocimiento de la ley, pasan por encima-, reclama.

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A las 3 de la madrugada del 12 de septiembre, Erick caminó los 4,2 kilómetros que separan el Hospital Exequiel González Cortés de La Legua junto a su hermana María.

El diagnóstico de Sánder, que sería trasladado al día siguiente a la Unidad de Trauma Ocular del Hospital El Salvador era claro: estallido ocular. No volvería a ver por el ojo derecho. Lo que le dijo Erick esa noche a su esposa fue otra cosa.

Así lo cuenta Javiera:

-Cuando estaba en el Hospital, Erick me llamó y me dijo que le había llegado un balín en el pómulo a Alexander. No pude ir, porque mi hijo tenía días de nacido y la chiquitita, tres años. Cuando llegó al departamento, otra vez me habló del pómulo. Me enteré recién al otro día en el hospital de que Alexander iba a perder su ojo. Me pegué cabezazos contra la pared, me empecé a sacar el pelo. Yo estaba mal. No podía hacer nada por él. Se me secó la leche para amamantar a mi guagua.

Para Erick, la situación de Alexander trajo otros problemas.

-Me despidieron de tres trabajos por los permisos: tenía que ir al psicólogo, tenía que ir al médico con Alexander, tenía que ir a ver lo de la prótesis, tenía que ir a Fiscalía a declarar. Yo no quería explicar qué pasaba porque no quería dar lástima-, asegura Erick.

Así Erick pasó de revisar planos eléctricos para una empresa a trabajar en su área en construcciones.

Su sueldo mensual hoy es de alrededor de $500 mil. La prótesis ocular que usa Alexander, y que este año debe renovar, tiene un costo de $600 mil.

-La primera vez lo financiamos con un Bingo, con más de mil personas. Vinieron grandes artistas como Krónica. Le quedó tan linda su prótesis que a veces se me olvida lo que pasó- dice el papá de Sánder.

Javiera no tiene la ventaja del olvido.

-Yo le limpio su prótesis todos los días. Su ojito es como cuando usted tira una piedra a una ventana y se rompe. Así está por dentro, entre plomo y verde. Y él está a la defensiva. Una vez lo iba a dejar al colegio y me dijo que a él le pasó eso por algo, que no hay explicación. Después me dijo que estaba tranquilo porque cuando fuera grande iba a hacer justicia. Tiene mucha rabia. Nosotros sólo queremos irnos de aquí-, plantea.

Para financiar la nueva prótesis y algún día emigrar de La Legua, Erick y Javiera arrendaron el departamento en que vivían en Salomón Sumar. Con ese dinero, pagan el dividendo y hoy viven de allegados donde los papás de Erick, en Progreso.

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Antes de que el balín destruyera su ojo, Alexander tenía planeado probarse en la Universidad de Chile, el equipo por el que goza y sufre.

Luego del impacto, siguió jugando fútbol, pero ahora le es más difícil dar con el arco.

También cambió su carácter. Antes era muy pacífico. Hoy, en cambio, tiene dificultades para controlarse.

-Si llega un compañero nuevo y me pregunta qué me pasó en el ojo, voy y le digo a la profesora. Si sigue preguntando, yo le pego.

En su barrio, nadie habla del asunto y él no lo menciona. Pasa las tardes jugando Play 3, escuchando al reggetonero Ozuna o haciendo las tareas del colegio.

Se cansa, dice, mucho más que cuando podía ver con ambos ojos. Pero cree que su futuro está intacto.

-Quiero ser arquitecto o viajar a países con los que van dentro del avión.

-¿Piloto?

-No, los que atienden, para conocer todo el mundo.

-¿Has dejado de hacer cosas por el accidente?

-Ya me acostumbré.

Cuesta que reconozca alguna debilidad.

En el colegio, relata, un profesor nuevo, algo distraído, le hizo una prueba de visión. Primero le tapó el ojo derecho y él miró con el izquierdo y se aprendió de memoria las letras. Luego le tapó el ojo izquierdo y Sánder, sin ver nada, repitió la secuencia.

Le dijo: “estás perfecto”.

Erick recuerda otra anécdota:

-Alexander es como un viejo chico. Mi papá es diabético y el cortaron hace un tiempo un dedo del pie. Estaba triste. “Estoy cojo”, decía. Y Alexander lo miró y le dijo “tata, qué se preocupa porque le cortaron un dedo, yo no tengo un ojo y no me preocupo”- cuenta.