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Subo las escaleras para ir a mi habitación, amueblada con su solitario tragaluz, una mesa, una cama, la bandera de las fuerzas armadas de mi hermano que él mismo dobló y ató, y un pequeño sillón tapizado de lino raído en la esquina, junto a la ventana. Me quito el abrigo; es hora de ponerme a ello.

Tengo un bonito escritorio pero prefiero trabajar en la cama, como un convaleciente en un poema de Robert Louis Stevenson. Una zombi optimista recostada sobre almohadas produciendo páginas fruto del sonambulismo, no del todo maduro o ya pasado. De vez en cuando escribo directamente en mi pequeño portátil, levanto la vista, miro tímidamente el estante y veo la máquina de escribir con su anticuada cinta junto a un obsoleto procesador de textos Brother. Una persistente lealtad me impide deshacerme de ellos. A su lado, el sinfín de cuadernos, cuyo contenido —confesión, revelación, infinidad de variaciones del mismo párrafo— me llama, y montones de servilletas garabateadas con peroratas ininteligibles. Tinteros secos, plumas encostradas, cartuchos para plumas desaparecidas hace mucho, portaminas vacíos. Los desechos de un escritor.

Me salto el día de Acción de Gracias y continúo arrastrando mi desazón a lo largo de diciembre, un prolongado período de soledad forzada, aunque por desgracia sin un efecto cristalino. Por las mañanas doy de comer a los gatos, reúno mis bártulos en silencio y me abro camino a través de la Sexta Avenida hasta el café ’Ino, me siento en la mesa de la esquina y tomo café fingiendo que escribo o escribiendo de verdad, con más o menos los mismos resultados cuestionables. Evito los compromisos sociales y tomo medidas contundentes para pasar los días de fiesta sola. En Nochebuena regalo a los gatos unos ratones de juguete con olor a hierba gatera, salgo sin rumbo a la noche vacía, y acabo cerca del hotel Chelsea, en un cine que proyecta, en un pase tardío, Millenium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres. Compro una entrada, y con un gran vaso de café solo y una bolsa de palomitas ecológicas de la tienda de delicatessen me acomodo en un asiento del fondo. Solo un puñado de vagos y yo, agradablemente aislados del mundo, alcanzamos nuestro particular bienestar en un día festivo, sin regalos, sin Niño Jesús, sin espumillón ni muérdago, solo una sensación de completa libertad. La película pinta bien. Ya he visto la versión sueca sin subtítulos, pero no he leído los libros, de modo que ahora podré desentrañar el argumento y perderme en el lúgubre paisaje sueco.

Pasada la medianoche regresé caminando a casa. La temperatura era relativamente suave y experimenté una abrumadora sensación de calma que poco a poco se diluyó en un deseo de estar en casa, en mi cama. En la calle desierta había pocos indicios de Navidad, solo espumillón suelto entrelazado en las hojas húmedas. Les di las buenas noches a los gatos que estaban tumbados en el sofá mientras subía las escaleras hacia mi habitación y Cairo, una abisinia enana con el pelo del color de las pirámides, me siguió. Abrí una vitrina y con cuidado desenvolví un belén flamenco formado por María y José, dos bueyes y el bebé en la cuna, y lo dejé encima de la estantería. Las figuras habían adquirido una pátina dorada en los dos siglos transcurridos desde que las tallaron en hueso. Qué triste que solamente se expongan en Navidad, pensé mientras contemplaba los bueyes llena de admiración. Le deseé feliz cumpleaños al bebé, luego quité los libros y los papeles que había sobre mi cama, me cepillé los dientes, aparté la colcha y dejé que Cairo durmiera sobre mi vientre.

***
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Nochevieja fue más de lo mismo, sin ningún propósito concreto. Mientras miles de juerguistas borrachos se desperdigaban por Times Square, mi pequeña abisinia daba vueltas por la habitación conmigo, y yo me peleaba con un poema en homenaje al gran escritor chileno Roberto Bolaño que quería acabar para marcar el comienzo del nuevo año. Al leer su Amuleto reparé en que se refería de pasada a la hecatombe —un antiguo sacrificio ritual de cien bueyes— y decidí escribir una hecatombe para él: un poema de cien versos. Sería una forma de darle las gracias por haber pasado el último trecho de su breve vida afanándose para acabar su obra maestra, 2666. Ojalá le hubieran concedido una dispensa especial para continuar con vida, porque 2666 parecía concebida para prolongarse eternamente, siempre que él quisiera seguir escribiendo. Qué triste injusticia para el hermoso Bolaño, morir en la plenitud de sus facultades, a los cincuenta años. La pérdida de su persona y de lo no escrito nos niega cuando menos un secreto del mundo.

Me pasé las últimas horas del año escribiendo y reescribiendo versos que luego recitaba en voz alta. Pero mientras caía la esfera en Times Square me percaté de que había escrito por equivocación ciento un versos y no sabía cuál debía sacrificar. Se me ocurrió pensar que quizá, sin darme cuenta, invocaba con ello la matanza de la parentela del buey tallado en hueso que contemplaba al Niño Jesús en el belén de mi estantería. ¿Importaba que el ritual solo se materializara en palabras? ¿Importaba que mi buey estuviera tallado en hueso? Tras unos minutos rumiándolo, dejé momentáneamente a un lado mi hecatombe y encendí el televisor. En El Evangelio según san Mateo advertí que la joven María de Pasolini se parecía a la también joven Kristen Stewart. Detuve la imagen y me preparé un Nescafé, me puse la sudadera con capucha y salí a sentarme en los escalones del portal. La noche era fría y despejada. Unos chicos borrachos, probablemente de New Jersey, me gritaron.

—¿Qué puta hora es?
—La hora de vomitar —respondí.
—No lo digas cerca de ella, que lleva toda la noche haciéndolo. —Señalaba a una pelirroja descalza con minifalda de lentejuelas.
—¿No tiene abrigo? ¿Le doy un jersey? —Está bien así. —Bueno, feliz Año Nuevo.
—¿Ya ha empezado?
—Sí, hace cuarenta y ocho minutos.

Desaparecieron rápidamente por la esquina, dejando un globo plateado y medio deshinchado suspendido sobre la acera. Acudí en su rescate cuando rozaba lánguidamente el suelo.

—Esto lo resume todo —dije en voz alta.

***

Nieve. La justa para tener que quitarla de las botas. Me pongo el abrigo negro y el gorro de lana, y cruzo penosamente la Sexta Avenida como un cartero leal y acabo como todos los días delante del toldo naranja del café ’Ino. Escribo una vez más variaciones del poema hecatombe para Bolaño y permanezco allí hasta bien entrada la tarde. Pido sopa de alubias a la toscana, pan moreno con aceite de oliva y más café solo. Cuento las líneas del poema imaginado en cien versos, ahora faltan tres. Noventa y siete pistas pero nada en firme, otro poema como un caso abierto.

Debo irme de aquí. Largarme de la ciudad. Pero ¿adónde ir sin arrastrar esta apatía, aparentemente incurable, como el saco de lona gastada de un jugador de hockey adolescente movido por la angustia? ¿Y qué será de las mañanas en mi pequeño rincón y de las noches en vela cambiando de un canal de televisión a otro con un obstinado mando a distancia que hay que apretar varias veces para que reaccione?

—Ya tienes pilas nuevas —digo con tono suplicante—. Cambia el maldito canal. —¿No tendrías que estar trabajando?
—Estoy viendo mis series policíacas —murmuro sin dar muestras de arrepentimiento—, lo que no es ninguna tontería.

Los poetas de ayer son los detectives de hoy. Se pasan la vida husmeando hasta dar con el verso número cien, cierran el caso y cojean exhaustos hacia la puesta de sol. Me entretienen y me sostienen. Linden y Holder. Goren y Eames. Horatio Caine. Camino con ellos, adopto sus ademanes, sufro sus fracasos y pienso en sus movimientos mucho después de que se acabe el capítulo, ya sea estreno o reposición.

¡La altanería de un pequeño aparato de mano! Tal vez debería preocuparme por mantener conversaciones con objetos inanimados. Pero ha sido una constante en mi vida consciente desde que era niña y no lo siento como un problema. Lo que de verdad me inquieta es por qué tengo alergia primaveral en enero. Por qué las espirales de mi cerebro parecen cubrirse de un torbellino de polen. Deambulo suspirando por la habitación mientras escudriño con la mirada mis objetos queridos para asegurarme de que no han sido atraídos hacia aquella dimensión en que las cosas simplemente desaparecen. Objetos que no sean calcetines ni vasos: el arco electrónico para guitarra de Kevin Shields, una foto de Fred medio dormido, un cuenco birmano para ofrendas, las zapatillas de ballet de Margot Fonteyn, una jirafa de barro medio contrahecha que modeló mi hija. Me detengo delante de la silla de mi padre.

***

Mi padre se sentó a su escritorio, en esta misma silla, durante décadas, extendiendo talones, rellenando impresos de impuestos y trabajando fervientemente en su particular sistema para calcular las probabilidades que tenía un caballo de ganar una carrera. Apoyada contra la pared hay una pila de ejemplares de The Morning Telegraph. En el cajón izquierdo guardaba un diario envuelto en un paño de gamuza, en el que anotaba los ganadores y los perdedores de apuestas imaginarias. Nadie se atrevía a tocarlo. Él nunca habló de su sistema, pero trabajó religiosamente en él. No era un hombre que apostara ni tenía los recursos para hacerlo. Era un obrero con una curiosidad matemática que desacralizaba el cielo en busca de pautas y un abanico de posibilidades que se abrieran al significado de la vida.

Yo admiraba a mi padre de lejos. Parecía vivir distraído, distanciado de nuestra vida doméstica. Era un hombre bueno de mente abierta, con una elegancia interior que lo distinguía de nuestros vecinos. Sin embargo, él nunca se ponía por encima de los demás. Era un tipo honesto que hacía su trabajo. Corredor en su juventud, gran atleta y acróbata, en la Segunda Guerra Mundial lo destinaron a las selvas de Nueva Guinea y Filipinas. A pesar de estar en contra de la violencia fue un soldado patriota, pero las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki le rompieron el corazón, y lamentaba la crueldad y la debilidad de nuestra sociedad materialista.

Mi padre trabajaba en el turno de noche. Dormía de día, se marchaba de casa mientras nosotros estábamos en el colegio y no regresaba hasta entrada la noche, cuando dormíamos. Los fines de semana nos veíamos obligados a dejarlo tranquilo, ya que disponía de poco tiempo para sí mismo. Se sentaba en su sillón favorito y veía béisbol con la Biblia en el regazo. A menudo leía en voz alta pasajes intentando dar pie a una discusión. «Cuestionadlo todo», nos decía. A lo largo de todo el año llevaba una sudadera negra, unos pantalones oscuros, gastados y enrollados hasta las pantorrillas, y mocasines. Estos nunca le faltaban, pues mis hermanos y yo ahorrábamos durante todo el año para comprarle un nuevo par en Navidad. En sus últimos años daba de comer a los pájaros a todas horas, hiciera el tiempo que hiciese, hasta conseguir que acudieran a él cuando los llamaba y se posaran sobre sus hombros.

A su muerte, yo heredé el escritorio y la silla. Dentro del escritorio encontré una caja de puros en la que había cheques anulados, un cortaúñas, un reloj Timex estropeado y un recorte de periódico amarillento en el que aparecía yo, radiante, en 1959, cuando gané el tercer premio de un concurso de carteles de seguridad nacional. Todavía guardo la caja en el cajón superior derecho. La maciza silla de madera que mi madre irreverentemente decoraba con calcomanías de rosas bruñidas está colocada contra la pared, de cara a la cama. En el asiento hay una quemadura de cigarrillo que le da un toque de vida. Deslizo el dedo por ella recordando el paquete blando de Camel sin filtro. La misma marca que fumaba John Wayne, con el dromedario dorado y la silueta de la palmera evocando lugares exóticos y la Legión Extranjera francesa.


M TRAIN
Patti Smith
Editorial Lumen (2016)304 páginas, en librerías chilenas.