caparros

Hace algunos días atrás, y a propósito del triunfo de Donald Trump en las elecciones de los Estados Unidos, el escritor argentino Martín Caparrós escribió una columna para The New York Times en donde elabora la tesis de lo que está pasando con las élites en el todo mundo.

El novelista radicado en España habla del “filtro burbuja”, mediante el cual Google muestra las opiniones que sólo coinciden con las propias. Al respecto, sostiene que dicho filtro existe, pero más que obedecer a un algoritmo, el problema habita dentro de la cabeza propia, como un enemigo íntimo.

Así se lanza para sostener que “el periodismo más prestigioso —¿el mejor periodismo?— del mundo se ha pasado estos meses mirando con ahínco la campaña electoral estadounidense. Una vez más, el mejor periodismo (?) se dedicó a confirmar lo que creía saber, a contar lo que lo confortaba y confortaba a sus lectores. Una vez más, el mejor periodismo (?) se enfrascó en un campeonato de ombligos, una conversa de besugos. Una vez más, no entendimos: no supimos leer lo que estaba allí delante”.

Para Caparrós, por supuesto que esa ceguera que describe no sólo la padecen los medios, sino que ese (módico) “sector de la sociedad que la consume y la modela, usted, él, ella, su jefe, su cuñada, mi tía Cata, el ministro, el secretario del ministro, su ginecóloga, aquel compañero del colegio, mis amigos, sus amigos, nosotros”.

“Somos —creemos— los que nos interesamos por nuestra sociedad, los que estamos al tanto, los que tratamos de pensarla. Y se diría que seguimos creyendo en la vieja teoría del derrame: suponemos que los que manejamos la palabra pública —algunos periodistas pero sobre todo cantantes, directores, presentadores, publicistas, intelectuales varios, los famosos políticos— definimos lo que dicen nuestras sociedades. Suponemos, supongo, que nuestra posición dominante —nuestro control de los discursos y los medios— nos permite manejar el capital cultural y que, si acaso, a los demás les caen las gotas: que los demás piensan como nosotros solo que un poco menos y que, en última instancia, harán lo que creemos”, expone antes de dar cuenta que la realidad ha demostrado que no, pues “tantos viven distinto, piensan distinto, imaginan distinto. No menos, no peor: distinto. Y nosotros, los dueños supuestos del discurso, no procuramos siquiera saber cómo. Para nosotros, ellos —millones y millones de personas que no entendemos, que no conocemos— son datos, números: a lo sumo, para tratar de manejarlos, intentamos averiguar sus cantidades”.

Si bien dice que “durante décadas el sistema pareció funcionar: las mayorías reproducían los comportamientos que les imaginaban las dirigencias”, “ya no. El 2016 ha sido, para descubrirlo, un año clave. El 2016 fue el año que demostró que muchos de los que nos dedicamos a contar y pensar nuestro tiempo no entendemos lo que pasa en nuestras sociedades”.

“El choque fue tremendo: el brexit tras la Mancha, el No en el plebiscito colombiano, el presidente Trump. Lo que no podía pasar está pasando más y más; lo que no podía pasar sí que podía. Hay que reformular la idea: podía, solo que no sabíamos. Ya no sabemos qué puede o no puede pasar, ya no tenemos referencias sólidas porque dejamos de querer saber cómo son los otros, cómo somos. Nos alcanzaba con adaptar lo que veíamos a lo que suponíamos: reducir el mundo a nuestros preconceptos”, agrega.

“¿Cómo se puede votar a favor de una guerra? ¿Quién puede ser tan idiota como para preferir la guerra a la paz?” dice que “repetían en los días del plebiscito por el acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC mis amigos colombianos”.

La respuesta, aventura, es que “ignoramos, y ahora empezamos a saberlo. Tenemos muchas formas de ignorar. Los políticos, por ejemplo, ya no conocen a la gente que dicen representar: los grandes partidos ya no están formados por ciudadanos movilizados sino por piezas de un aparato que las formatea y las aísla. No necesitan más —se creen que no necesitan más— porque su trabajo no consiste en participar de las preocupaciones de sus paisanos, en pensar con sus paisanos, sino en ofrecerles productos —eslóganes, sonrisas, esperanzas— a ver si se los compran”.

“Y la prensa —casi toda la prensa— sigue la tendencia, y la incrementa con esa vanidad de creer que contando las cosas definimos las cosas: que según lo que digamos que está pasando pasará tal o cual. En las elecciones estadounidenses el apoyo de los medios a Clinton era ensordecedor; no sirvió para nada”, sentencia para sostener su tesis.

Hecho el diagnóstico, Caparrós sospecha “que parte de la solución —una parte pequeña pero indispensable de la solución, nuestra parte de la solución— es hacer mejor periodismo: un periodismo que salga de los salones con alfombras y los restaurantes con acento y los secretos con favores y los mítines con globos y las encuestas con un margen de error de +/– 45 puntos, y se disponga a buscar, a mirar, a escuchar, a contar cómo es esa roca contra la cual, una y otra vez, chocan nuestras certezas y se rompen y nos dejan en bolas y gritando, perdidos en la niebla, aplastados por esta realidad que se nos ríe a carcajadas”.

“Se trata, aunque parezca puro perogrullo, de buscar lo que no sabemos –en vez de ir a confirmar lo que creíamos—. Quizás así podamos empezar a entender, a entendernos y ayudar a que aparezcan respuestas nuevas a la única certeza sólida de estos tiempos: que las formas políticas del siglo XX ya no satisfacen a millones y millones y que quieren otras”, redondea.