Escritores Robots

Muchos escritores(as) reunidos(as) son un problema para cualquier producción de evento literario. Participé con otros colegas de algunas jornadas que surgían de una actividad ferial, en Oaxaca, México. Una hermosísima ciudad, a escala humana, y con una comunidad muy entusiasta. Todos los días compartíamos con estudiantes de distintos centros de estudios, con editores(as) y con escritores(as) de América latina y España. De hecho me topé con vario(a)s con las que hemos compartido una cierta vocación de itinerancia y con los que uno ha terminado queriendo con un cierto sentido de hermandad, como la Costamagna, la Nona, el Zúñiga y el Zambra que llegó justo el día que me iba. También tuve contacto con unas narradoras pendejas muy encantadoras que funcionan con un programa neuronal mucho más amplio que el de uno.

En el recinto ferial, que estaba en una plaza, había un barcito abierto en una especie de salón vip en que compartíamos en las tardes y en donde me tocó conocer algunos escritores mexicanos muy potentes. Uno de ellos, Jorge Hernández, que ejercía el periodismo en Madrid, me pareció un tipazo: su gran oferta corporal era un relato oral desopilante, heredero del albur mexicanote que tenía momentos absolutamente delirantes e hilarantes que provocaban dependencia. Tanto era así que yo deseaba su aparición a tomar desayuno en el restorán del hotel que compartíamos para que el día comenzara bien energizado.

El día comenzaba tempranísimo para nosotros, yo solía desayunar pasado las siete de la mañana. El penúltimo día, mientras descubría las bondades del chocolate amargo con agua en vez del café, intenté hacer el recuento de las novelas que relatan encuentro de escritores: La Orquesta de Cristal de Lihn; El Premio de Vásquez Montalván; un libro de Donoso (Dónde Van a Morir Los Elefantes), algo de Aira que no recuerdo y varias otras, entre ellas una que mal escribí yo mismísimo relacionada con poetas, pero no me acordé de más.

En la feria coincidimos al menos 30 escritores que podríamos asumirnos como chilenos, no eran pocos, además de los mexicanos y algunos argentinos, y de otros países ladinoamericanos (asumo el étimo de ladino). Nosotros éramos el país invitado.

EL VIAJE AEROTRANSPORTADO

Los aeropuertos suelen ser sitios eriazos de mundo, una especie de mall híper controlado, en que se exhibe la iconografía del neoliberalismo. Ahí la administración del cuerpo es todo un tema de nuestra modernidad (disculpar antropologismo charcha). Y el avión es un paradigma de la industria del transporte en que sujetos enlatados, en una desesperación controlada, le sobreviven al milagro de las leyes de la física.

Se comparte mucho tiempo con colegas en aeropuertos y aviones, y ahí es en donde se traman algunas complicidades porque uno siempre está en el límite o entregado a un destino incierto. Un episodio divertido fue cuando nos tocó ver al dueño de la aerolínea, mientras hacíamos los trámites en policía internacional, que viajaba con nosotros (en primera obviamente), Sebastián Piñera, acompañado de Chadwick. Yo estaba con Paulina Flores y Ramón Díaz Eterovic. Miramos esa escena con el desprecio silencioso de los agotados. Comenzamos a hacer apuestas sobre las razones de su viaje (estaba calientito lo del conflicto de intereses).

LA EVACUACIÓN

El día 18 hubo un lío en la facultad de derecho de la Universidad Benito Juárez, que provocó que todos los escritores fuéramos desalojados del recinto ferial (y todo el público). Lo que ocurrió es que unos estudiantes se habían tomado la sede universitaria descontentos con una elección de director, luego unos “porros” (matones mercenarios) contratados por el director en ejercicio, provocó una batalla campal que tuvo como consecuencia más visible la quema de la puerta de la facultad, un patrimonio local. Esto ocurría casi al frente de la plaza en donde se llevaba a efecto la feria. Hubo un momento en que intervino la policía y ahí fue todo más caótico, con mucho bombazo, lacrimógenas, incluso armas de fuego, dicen.

La situación provocó que se suspendieran varias actividades paralelas que se hacían en otros recintos fuera de la feria, entre ellas una presentación de Fuguet que puso feliz a varios escritores que lo despreciaban. Todos los que estaban en el salón llamado “flat” salimos en fila por la zona de los baños químicos que habían sido ubicados en la parte trasera. De pronto yo me devolví porque se me había quedado mi celular. Varios colegas se fueron por una calle trasera hacia el hotel La Noria, creo, en donde había varios hospedándose, otros se fueron hacia el Parador San Miguel, que era donde yo estaba. De pronto se produjo una estampida a causa de la persecución policial que desencadenó una corrida de escritores, acontecimiento que amenaza con convertirse en histórico. Varios iban con los copetes en la mano, se cuenta.

Entre los que participaron de la corrida, huyendo despavoridos de la turba y de la persecución policial, estaban el Rafa Gumucio y mi editor, el Rafa López. Hubo otros de los que aún no tengo registro que quedaron muy descompensados. Gumucio apareció al rato por mi hostal en pánico. Después fueron apareciendo los otros en distintos estados de conmoción. El mismo Fuguet reporteó el hecho y lo subió a facebook. Hasta ese momento todos suponíamos que era parte del folclor y de los protocolos de recepción de la feria.

Pasadas varias horas pudimos reagruparnos y participar de la cena que había esa noche en el restaurant Catedral, que en un comienzo se había suspendido. Allí pudimos evaluar lo ocurrido y asumir que el gremio es más o menos ridículo, y autorreferente, y que somos irremediablemente latinoamericanos. Esa fue mi última noche. Creo que es la feria más entretenida de las que he participado.