FIdel EFE

“Cultivo una rosa blanca/ en junio como en enero/ para el amigo sincero/ que me da su mano franca”. No puedo sino recurrir a estos versos de Martí, que referencian mi opción jardineril, para despedir al comandante, en el fondo apelo al kitsch o quizás quise decir al modernismo para expresarle mi cariño al compañero Fidel, probablemente el mayor producto icónico del continente. Fidel es nuestro, ¡qué duda cabe! Lo concreto es que la muerte de este guerrillero de La Sierra Maestra es un acontecimiento que nos tiene a todos opinando y diciendo huevadas obvias, a favor o en contra, ese no es el tema. Esto de hablar de lo que hay que hablar o el ejercicio de la irremediable pauta periodística.

Lo concreto es que con Allende y el Che son una paternidad que nos diseñó como personas y postulantes a ser entidades político culturales. En lo personal, recuerdo haberlo visto un par de veces cuando vino a Chile, fui a recibirlo, como militante, a la embajada de Cuba en la calle San Patricio, en Vitacura, lo vi a un par de metros de distancia y le grité algo así como “saludos, comandante”, no me dio para más. Junto a mí había un tipo que llevaba un cartel que decía: “Bienvenido Fidel al barrio momio”. También lo vi en un maratónico discurso en el Estadio Nacional.

Hay un mito familiar que cuenta la historia de mis padres yendo a celebrar la entrada de Fidel a La Habana con sus barbudos, en una casa de unos amigos comunistas, esto era en Concepción. En la velada celebratoria tomaron vino con frutas y yo, un pequeño de seis o cinco años me comí, sin que los enfiestados se dieran cuenta, todos los restos de fruta bien empapados de vino. Cuentan mis hermanas y mi hermano que volví a casa gritando por la calle “viva Cuba libre”; al parecer fue mi primera curadera. Fidel tenía la misma edad de mi padre, que murió hace unos meses, poco antes de cumplir los 90.

Fui a Cuba en julio y me alegro de haber ido cuando el comandante estaba vivo. No quiero contribuir al culto de la personalidad, pero él resistió al imperio y a la ordinariez capitalista, a pesar de la cercanía perversa con el monstruo. Al nivel subjetivo me encantó Cuba como museo de sitio de la posibilidad de lo otro que no es tal, pero que tiene fuerza contestataria y una dignidad a toda prueba, aunque tal vez eso no sea suficiente. Percibí un gran país, de gente creativa y plena, pero también una sociedad precaria que no sabía con certeza hacia dónde ir y que le temía con razón al capitalismo salvaje o a la ordinariez consumista que lo amenazaba, por ese deseo irremediable de la posesión de objetos que perturba a los sujetos. Percibí también una distancia entre las autoridades y la gente, y un estado de inocencia y de falta de información potente y relevante. Pero de que la isla está cambiando es un hecho, porque hay más apertura a la iniciativa emprendedora y a otras formas de lo colectivo.

Me niego a pelearme con los fachos en los dimes y diretes de si fue o no un dictador ni corregir a los analistas internacionales, simplemente trato de ser fiel a la construcción imaginaria que hicimos de él como personaje clave del siglo XX que determinó mi pertenencia sobrevivencial y la de otros a la subcultura de izquierda, que le ha dado sentido a mi vida (y a la de otros). Gracias a él pude diferenciarme del resto de mis compañeros apoyando de chiquito a la revolución cubana, cuando mis compañeros de curso no tenían ese tipo de preocupaciones. Mi minusvalía sicológica o mis complejos los enfrenté con la impostura revolucionaria, la que incluso me sirvió como táctica de seducción adolescente. Pudimos vestir más desastrados y hasta intentar usar barba, y cambiar los proyectos de vida en contradicción a lo que se nos imponía culturalmente.

No lo podemos negar, Fidel, como entidad política es el triunfo de la voluntad. América latina fue mirada con otros ojos gracias a la revolución que él condujo. Fue un continente peligroso para el imperialismo y eso nos dio visibilidad, surgieron otros movimientos guerrilleros en el continente que fueron importantes para promover esperanzas y nuevos modos de vida. Se agudizaron las contradicciones y eso nos dio estatuto de existencia en el mundo.

Quizás el surgimiento de un líder tiene que ver con la proliferación de la orfandad, porque él sin duda ejerció una paternidad en un contexto de abandono y de identidad decaída de nuestro continente, que se llenaba de dictadores siniestros, como Pérez Jiménez y Trujillo. La revolución debe proyectarse sin él, porque incluso las revoluciones deben enfrentar la muerte del padre. Y los padres suelen morir dos veces, por un lado, el banal acontecimiento fúnebre y, por el otro, la muerte simbólica; esta última es más antropológica y ancestral, es el verdadero capital que se posee (o no) y que hay que administrar. Independiente de los vericuetos del poder hay un pueblo y un país que vivió fuera del orden internacional que se imponía a los países, eso se agradece, y en eso hubo un responsable, Fidel.