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Arturo Salah, en ese entonces entrenador del primer equipo de Colo Colo, llamó a Francisco Huerta hacia un costado de la cancha, una vez finalizado el entrenamiento y le dijo, con la naturalidad de quien le pregunta la hora a un amigo: “Panchito, ¿cómo estai para irte a Lima?”.

La noche anterior, “Panchito” no había podido dormir bien. Había escuchado el rumor de que el “Candonga” Carreño no quería formar parte de la comitiva de cuatro jugadores que Colo Colo pretendía enviarle al Alianza Lima, luego del accidente aéreo en que murieron prácticamente todos los jugadores del plantel, incluido el cuerpo técnico. En los pasillos de Cienfuegos 41, antigua sede del club, buscaban desesperadamente un reemplazante. Un amigo le había pasado el dato, y Huerta lo meditó hasta tarde con sus padres y la almohada.

“Habíamos escuchado acerca del accidente por la radio. En esa época no llegaban tantas imágenes a la televisión como ahora, por eso sólo sabíamos a oídas que era un avión de la Fuerza Aérea peruana, que había caído en el mar cerca de Lima, y que sólo había sobrevivido el piloto”.

Huerta no había debutado aún en el primer equipo. A veces, Arturo Salah lo llamaba porque le faltaba un volante o un lateral para los entrenamientos, y allá iba él por las puras ganas de jugar, por tratar de hacerse notar.

Por eso, ante la pregunta de Salah, Francisco no atinó a más que mover levemente la cabeza, asintiendo. “Listo”, le dijo el DT satisfecho, palmoteándole la espalda, “te vas este sábado”. Era día martes, y a Francisco Huerta le faltaban tres días para cumplir los 20 años.

EL ÚLTIMO CHILENO DEL ALIANZA

El día del viaje, Francisco Huerta iba “cagado de miedo”. Sólo había salido del país una vez, para disputar un torneo sub 12 en San Juan, Argentina. Encima, habían viajado en bus. Ahora figuraba en un avión, con un terno regalado por Arturo Jáuregui antes de subir, sentado en la cola y con varios asientos vacíos alrededor. En eso pasó una azafata ofreciendo un periódico del Perú, y cuando lo tomó vio una foto suya en la portada: “Hoy llega el último chileno para el Alianza” rezaba el titular. Huerta agradeció el ir sentado solo; así nadie lo vería atragantado hasta el cogote.

Apenas bajó fue recibido por el jefe de la policía aduanera peruana, quien lo llevó por un pasillo especial del aeropuerto. Tras un par de puertas, Francisco se encontró con un cerro de cámaras, micrófonos y periodistas. Todos querían conocer al último chileno del Alianza. “Yo no sabía qué decir, creo que a esa altura en Chile yo había salido una sola vez en la prensa, cuando se rumoreaba qué jugadores partirían a reforzar al Alianza. Mi nombre estaba al final de una lista de 12”.

Fuera del aeropuerto, se reunió con los demás jugadores de la comitiva, que habían llegado días antes. Junto a José Carlos Letelier, Parko Quiroz y René Pinto, se instalaron en una habitación de hotel con dos piezas, pero decidieron poner las cuatro camas en una, para dormir todos juntos. Querían sentirse en casa.

EL DEBUT

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Cuando les tocó conocer al resto de sus compañeros, se dieron cuenta de lo serio que había sido todo. Del primer equipo sólo se habían salvado quienes no habían viajado en el avión. Entre ellos el “Cabezón” Juan Reynoso, (actual DT de Melgar), César “Gato” Espino y Benjamín “Colibrí” Rodríguez, quien lloraba todos los días en los entrenamientos: había sido compañero desde inferiores con quienes murieron en el accidente.

Lo del “Gato” Espino da para ensayos sobre la fortuna. El partido anterior al accidente resultó expulsado sin razón en el último minuto, y eso le salvó la vida. Antes de cada partido era quien más fuerte le rezaba a la imagen del Señor de los Milagros que el club había instalado en el túnel, justo antes de salir a la cancha.

“Había mucho dolor, mucho pesar. Había que lidiar con el tema de los cuerpos de los compañeros. Cada cinco o diez días iban apareciendo restos, ropa o relojes de los pasajeros del Fokker”, recuerda Francisco.

El día del debut, el 3 de enero de 1988, el camarín era sólo oraciones, velitas misioneras, fotos de los jugadores, y arengas con el llanto atravesado. “Se trataba solamente de gritar y tratar de sacar fuerzas. Para nosotros era nerviosismo por el partido, pero para ellos era reponerse y enfrentar el camarín de toda la vida, pero sin los compañeros de siempre”.

Mucha gente invadió la cancha ese día. En la foto oficial Francisco no se ve, debido a que el campo estaba repleto de hinchas. Los jugadores del Bolognesi de Tacna se acercaron para dar sus condolencias a los aliancistas. Todo el Perú estaba de luto.

Francisco estaba nervioso. Nunca había tocado una pelota como profesional y le tocaba debutar así. Salió del túnel –no sin antes persignarse en la imagen del Señor de los Milagros- y pisó el césped con las piernas temblorosas. Corrió un par de metros y, en la primera que tuvo, controló y se la abrió a Teófilo Cubillas, nada menos que la mayor leyenda del fútbol peruano y quien había salido del retiro para reforzar al club de sus amores. “Bien”, pensó, “al menos no la cagué. Ahí agarré confianza y jugué un buen partido. Siempre pienso que si ese primer pase lo hubiese errado, ahora no estaría donde estoy”. Con una bandera chilena flameando en el corazón de la barra, el Alianza venció por 2 goles a 1.

Al día siguiente, un diario tituló “Huerta y Cubillas, la nueva dupla del equipo grone”. Francisco no podía más de la felicidad, al punto que logra recitar, casi de memoria, las líneas con las que un periodista describió aquella jornada en el estadio: “Esa tarde, Alianza vibró, gozó, sufrió, lloró. Esa tarde, Alianza volvió a experimentar todas las sensaciones que tiene la vida”.

DE DESCONOCIDO A “REY DE LA HUACHA”

Al poco tiempo la prensa lo bautizó como “el Rey de la Huacha”, que es como se le dice en Perú al túnel u hoyito. Francisco no era excepcionalmente habilidoso, pero era atrevido y le salían dos o tres túneles por partido. Con el tiempo, cuenta, los rivales lo empezaron a marcar con las piernas juntas.

Una vez, el plantel fue invitado a ver un espectáculo tipo revista, cuyo protagonista era un payaso transexual, muy famoso en el Perú. Cuando salió al escenario, le preguntaron que a quién estaba esperando, y este contestó “al chileno Huerta”. Todos sus compañeros estallaron de la risa y lo cargaron por semanas.

Fueron tiempos felices. A los pocos días se hicieron de amigos en el barrio. Un hincha del Alianza se ofreció a recoger a los chilenos desde el hotel y conducirlos con su escarabajo destartalado hasta el estadio para entrenar, gratis. Resultó ser músico, y al poco tiempo invitó a Huerta y a los demás a sus fiestas con valses, cebiche, mujeres y chicha; el resumen de la noche limeña. “Las mujeres allá eran cosa seria, porque uno estaba acostumbrado a ser más cartucho en Santiago, pero allá te ponían el hombro a la par y hasta lo recogían a uno cuando terminaba mareado de tanta fiesta”.

Era de esperar que, una vez acabados los tres meses de préstamo, Huerta no quisiera regresar. Ganaba bien en Perú y la gente le parecía tan distinta. Por esos días conoció a la hija del presidente del club, Agustín Merino, con apenas 20 años se envalentonó y al poco tiempo se estaban casando.

“Es que cuando uno se enamora del Perú, es difícil volver para acá. Su gente, sus comidas, la alegría. A mí me trataron muy bien, me hicieron sentir parte de ellos. Ellos viven todo con tanta alegría, que debe ser el país con el menor estrés de América Latina. Imagínate que hasta los cumpleaños se celebran entre semana, aunque se tengan que quedar hasta las 5 de la mañana de un martes y al día siguiente trabajar”.

Con los años, Huerta dio vueltas por el Cienciano de Cusco y por el Sipesa, un equipo formado por el Sindicato de Pescadores, “unos viejos con mucha plata que lo llevaron desde segunda hasta la Copa Conmebol de esos años”. También jugó por el Deportes Iquique y una temporada en Cobre Andino, pero siempre pensando que su casa estaba en Perú.

Sus padres constantemente le preguntaban: “¿y cuándo termina el préstamo, no eran tres meses nomás?”. Él se quedó 18 años.

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EL CIELO DE LIMA

Finalmente, el campeonato que interrumpió el accidente del Fokker se lo quedó el Universitario de Deportes, máximo rival del Alianza Lima. En las últimas fechas, el equipo “grone” no pudo mantener el ritmo y terminó perdiendo la final frente a los “Cremas” por la cuenta mínima.

Francisco, “el Rey de la Huacha”, dejó el equipo al poco tiempo, para iniciar su largo viaje por el Perú. Luego de muchas vueltas, decidió retirarse, a los 29 años. Su suegro ofreció pagarle un curso de administración, y se puso con una fábrica de ataúdes. Sí, de ataúdes. “En esa época Lima estaba peligroso. El Sendero Luminoso hacía explotar bombas casi todos los días, y la gente ya no iba al estadio por miedo. Un día desperté con una explosión muy cerca de mi casa, en una embajada, y tuve que ayudar a bomberos a apagar el fuego en pijama”.

Francisco volvió a Chile el año 2005. Se había separado de su señora y necesitaba distanciarse un poco. Tenía el sueño de hacerse entrenador, convenció a su novia de entonces y se radicaron en Santiago. Hizo el curso en el INAF, tuvo otras dos hijas, y se puso a trabajar en las inferiores de Colo Colo.

En su paso por el fútbol incaico, no sumó más títulos que el del ascenso con el Sipesa, y tampoco anotó goles memorables. Eso sí, cada vez que visita Lima –para ver a la hija que dejó allá, a sus amigos, ahijados, o simplemente invitado por el club- la gente lo reconoce en la calle y hasta la prensa se lo pelea para dar pequeñas entrevistas. A pesar de haber pasado casi toda su vida en el Perú, todos lo recuerdan como uno de los chilenos del Alianza.

A veces conversa de ello con sus compañeros. Con Quiroz, Letelier y Pinto, tienen un grupo de Facebook donde discuten asuntos, como cuando les organizan homenajes o invitaciones especiales desde Lima. “Es raro, porque aunque somos parte de la historia de Colo Colo y del Alianza, acá en Santiago no nos conoce nadie. Una vez, el René Pinto me dijo muy serio: ‘nunca debí volver a Chile, allá era respetado y querido’. Yo creo que él, al igual que yo, sueña con algún día volver al Perú”.

Junto a una de las canchas de entrenamiento de Colo Colo, casi 30 años después de la pregunta de Arturo Salah, Francisco Huerta interrumpe la entrevista para tararear –con ritmo y fraseo limeño envidiables- los versos de una canción compuesta por Augusto Polo Campos, pocas horas después del accidente del Fokker. “Salieron de la victoria para triunfar /sobre el cielo de Lima llegaron hasta la cima /y sobre el cielo de Lima se quedarán”.

“Así me siento”, dice finalmente Huerta, “como que me quedé en el cielo de Lima. Y eso está bien, ¿sabes?”.