moteles

Porque es viernes, porque casi todos están recién pagados, y porque ayer no más se celebró el Día del Motel, acá dejamos un resumen de cinco historias moteleras publicadas por Pousta.

¡“Con mi último pololo nos enamoramos por ir a moteles. Él estaba haciendo una investigación sobre éstos y después de que follamos por primera vez en una de las tantas piezas que vimos, me pidió que lo acompañara a cada motel que tuviera que ir. No nos conocíamos casi nada y quedamos en ir a moteles todas las semanas. Después de ir a muchos no podíamos parar. Era muy divertido porque los dos no queríamos nada serio, pero caímos igual hasta que nos pusimos a pololear”, se lee en el primer testimonio.

También está el relato que se llama “La marca del tigre”, en donde el protagonista rememora que “hace mucho tiempo conocí una mesera de un restorán que era bien rica y me tiraba los cortes, así que le dimos. Fuimos a un motel que está por Suecia, muy indigno. Estábamos ahí, empezando a darle, y abrimos la cama. En la mitad había una chantada de camión; una mezcla de caca y sangre, cosa que nos hizo retirarnos asqueados y pedir la devolución del dinero. Terminamos fornicando en un parque cercano al Mapocho”.

Otro testimonio es de los sin carnet. “Con mi ex pololo nos queríamos pegar un remember calentón. Teníamos demasiadas ganas de tirar, pero obvio que no queríamos hacerlo en una plaza o lugar público. Yo no vivía en Santiago, estaba sólo de paso, y él vivía con sus papás, y tampoco teníamos mucha plata, así es que no podías regodear con el lugar. Íbamos a ir al típico Marín 014, pero a mi ex se le había quedado el carnet y no nos dejaron pasar. Terminamos yendo a un motel en Universidad Chile, por San Diego. El lugar era oscuro y estaba rayadísimo, pero igual no más”.

“Comencé a ir a moteles en la adolescencia. Con el pololo que tenía en ese entonces, que era del Nacional, no nos alcanzaba para nada. Teníamos que juntar las mesadas para pagar una pieza rancia, en donde las viejas que atendían los moteles ni nos miraban. Nunca nos pidieron el carnet. Las piezas eran insufriblemente ordinarias. Sucias y feas. Nosotros entrábamos y no tocábamos nada, si entrábamos a eso era para no darnos como perros callejeros. Tu cama casi chocaba con la de la pieza de al lado, muro a muro y todo el mundo hacía tanto ruido. Escuchabas los gritos y todo de todos lados”.

“Fuimos el día en que cumplimos 11 años juntos y para llegar a las cabañas, que eran las ensueño, tomamos nuestras bicicletas. Muerta de vergüenza me di cuenta que llegando es que nadie sabe quién eres y que también a nadie le importa. Dentro de la pieza te llaman para preguntarte cuánto te vas a quedar y también había una ventanita por dónde te pasaban los copetes, que venían dentro de la promoción. Teníamos seis horas dentro, lo que es caleta de tiempo y nosotros empezamos a follar altiro (…) lo pasamos la raja, nos sacamos unas selfies y una fotos con las bicis dentro de la cabaña. Lo pasé excelente, salí media copetiada y media inválida, pero esa era la idea”.