delano don francisco A1

Hace unos días estando en la cárcel escuché a uno de los internos (motivado por un funcionario) que invitaba a juntar plata para la teletón, que harían una rifa y habría una torta y esa plata se iría para la teletón. Se me apretó inmediatamente la garganta como sintiendo que aquí había algo que no cuadraba. Me invadió una sensación de engaño, de manipulación. Me acerqué a varios internos para preguntarles si aportarían y por qué. Lo buena de la causa no la pongo en cuestión. Es evidente que los niños y niñas y jóvenes beneficiados con la fundación merecen todo nuestro apoyo, cariño, atención y afecto. Lo que hizo que mi garganta se apretara es la “maquinaria-teletón” y su poder de penetración en todas las capas de la sociedad y, vale decir, en particular en las más pobres. ¿Acaso un interno no necesita el poco dinero que logra conseguirse, a través de trabajos artesanales o ayuda externa, para su familia, sus hijos que están creciendo sin padre o sin madre? ¿No hay otras prioridades? Luego pasando por el pueblo en bici vi un gran bazar a beneficio de la teletón. Lo mismo. Una escuelita había instalado mesas en la calle para vender lo que fuera: ropa, juguetes, recuerdos, chucherías… todo a beneficio de la teletón. ¡Como si la escuelita tuviera todo lo mínimo necesario para los niños y niñas que ahí estudian! Obvio que no se trata de tener para dar; ojo que eso no es a lo que apunto. Sino a esta especie de empresa nacional por la solidaridad, esta maratón de la ayuda monetaria, ¡pues de eso estamos hablando! Hay que ir al banco, hay que comprar y consumir más de los productos que van en ayuda de la teletón, hay que ver la tele, seguir los movimientos de plata para saber si lo logramos o no. “Nos amanecemos llorando” me dijo una parroquiana. ¿Qué es todo eso? ¿Solidaridad? Me cuesta no pensar en el adoctrinamiento -de años- que nos han inculcado y que no donar plata es casi una falta mortal. Me cuesta no ver toda esta maquinaria como un gran show mediático del bien, que pone en duda su verdadera bondad. Me cuesta no sentir eso extraño en mi garganta cuando veo a los pobres y sencillos organizándose y sacando lo que no tienen para esta “noble causa”. Me cuesta. Me cuesta el espectáculo que hay detrás y su conteo millonario; me cuesta la cruzada televisiva nacional de dos días que nos hace creer que la vida de ese niño o joven dependió de usted que junto con sus hijos se levantó temprano para depositar su “granito de arena”. Yo no hago ni un bazar por la teletón. Y desearía que el interno que donó esos 500 pesos (¡cuánto lujo!) se los hubiera dado a algún compañero de celda angustiado. No aportar plata no me hace menos chileno ni peor ser humano (y lo contrario tampoco), por favor; que eso al menos no sea un mandamiento guardado en nuestro disco duro.