El-escritor-en-su-laberinto-póstumo

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Parece broma: “El espíritu de la ciencia ficción” es el octavo —noveno si se cuenta “Diario de bar”— libro póstumo de Bolaño. No recuerdo otro escritor muerto que haya visto su obra engrosada en tan poco tiempo con tantos libros, y según lo que ha informado su nueva casa editorial, Alfaguara, hay más inéditos en la cocina, por lo pronto una novela (“La virgen de Barcelona”) y un libro de cuentos, con los cuales, sumando y restando, Roberto Bolaño el muerto habrá publicados casi tantos libros como Roberto Bolaño el vivo.

De aquella camada sólo tres son, sin duda, indispensables: la novela “2666”, por supuesto; “El gaucho insufrible”, un libro de cuentos y “Entre paréntesis”, una recopilación de intervenciones en la prensa y otros escritos de ocasión. Los demás póstumos no cumplen del todo la serie de exigencias que es lícito hacerle a un escritor de la talla de Bolaño; además, la cuestión de si la publicación de esos libros respetó la voluntad de su autor jamás se podrá zanjar del todo. Por otra parte, quien sienta interés por disputas de escaso pelaje, podrá encontrar en la red todo tipo de declaraciones cruzadas respecto del bullado cambio de casa editorial y otros asuntos del corazón (y de una virtud o un sentimiento tan impreciso como impropio, la honra). Pertenecen al territorio Kodama del mapa, vecindario que no tengo presupuestado visitar en el futuro cercano.
La novela, por razones que no pueden sino calificarse de pedagógicas, cuenta con un prólogo del crítico mexicano Christopher Domínguez Michael, quien, sin revelar la trama de la novela refiere el “aroma” que despide “El espíritu…”, que no es sino el aroma general de “Los detectives salvajes”: jóvenes poetas que remontan una urbe metropolitana arriba de un auto o una moto en busca de un secreto que los elude, un símbolo que deben perseguir y erradicar para poder comenzar de nuevo. No cabe lugar a dudas de que esta novela es un antecedente directo del libro que lanzó a Bolaño a la fama. Es su semilla. Pero, y ésta es una pregunta de máxima importancia, ¿tiene algún sentido sentarse a mirar reconcentrado la semilla cuando el árbol, alto y crecido y lleno de frutos, se halla a su lado?

Para los lectores de Bolaño, la crítica y la academia, la respuesta es sí. Los demás harían bien en desoír el consejo de todos aquellos que recomiendan “pequeñas puertas de entrada” a la obra de tal o cual escritor o escritora como preparación para el asalto definitivo a sus grandes obras, e ir directamente a ellas. Después de todo, puestos a elegir entre el planeta y sus lunas, sólo los perros románticos en demasía elegirán los satélites desiertos.

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Jan Schrella y Remo Morán, ambos chilenos, aspirante uno a escritor de ciencia-ficción, poeta el otro, han emigrado al “tantas veces soñado” DF, donde comparten un cuartucho. Al modo de Bustos Domecq, el detective que crearán Bioy y Borges, Jan no sale de casa, dizque resolviendo los grandes problemas de la narrativa universal (sus crímenes, por así decirlo), mientras Remo, única fuente de ingresos de la juvenil comunidad doméstica que configuran con Jan, escribe reseñas en la prensa, recorre la ciudad en compañía de sus amigos poetas mexicanos buscando desentrañar por qué las revistas y fanzines de poesía han eclosionado con tanta fuerza y en grandes números en los últimos años y, sobre todo, perdiendo la cabeza por una mujer. Remo encarna lo que podría llamarse la “experiencia mexicana”. Puesto en otras palabras, “El espíritu de la ciencia-ficción” es una novela de iniciación, formación y aprendizaje de la vocación de artista (künstlerroman) en tiempos de dictaduras sanguinarias. (No obstante, y a diferencia de “Los detectives…”, en el “El espíritu de la ciencia ficción” la realidad política y social sudamericana sólo queda sugerida por algunos comentarios al pasar de Remo y por las cartas que Jan envía a distintos escritores de ciencia ficción norteamericanos. No hay, como en “Los detectives…” “Estrella distante” y otras novelas y cuentos de Bolaño, una referencia directa a la violencia política sudamericana perpetrada por los militares.)

Hasta aquí todo muy Bolaño (novela de formación de artista; en lugar de un Impala una moto robada llamada “La princesa azteca”; en vez de Auxilio Lacoutore, Estrellita, etc.). Pero la nostalgia de volver a visitar un universo querido se cura luego. Fragmentaria y vacilante, juvenil (hasta “emo”), quizás Bolaño se decidió contra su publicación por qué no había conseguido dar con la forma que ameritaba un material que le era tan próximo, tan importante. Son sólo conjeturas, aunque las páginas manuscritas al final del libro, arrancadas del archivo personal, echan luz sobre los procedimientos del escritor chileno y, con el favor del tiempo transcurrido, permiten vislumbrar como en “El espíritu…” comienzan a emerger las preocupaciones que fundamentan su estilo. Pero insisto: las razones para no publicar en vida la novela — Bolaño la terminó de escribir en 1984, cuando tenía 32 años. A esa misma época pertenecen “Monsieur Pain” y “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”, dos nouvelles periféricas en la obra del chileno— son inciertas. ¡Cuánto bien haría poder echar mano de una biografía literaria de este difunto especialista en inédito!

La novela en sí misma no acaba de sostenerse. A pesar de un puñado de buenos momentos, la lectura de cuño arqueológico se impone a cualquier otra, o bien tiñe toda otra posible lectura. La condición de “antecedente de” es un peso muerto que nadie que haya leído con detención a Bolaño podrá esquivar. Las correrías de Remo y el inmovilismo de Jan están muy cerca de las aventuras de García Madero, Belano y Lima. Todo está en otra parte, y mejor, con el control y la venia de su autor. Esta es la víspera de una tormenta que ya sucedió.

Lo que sí queda claro es que Bolaño sabía para donde iba la moto: “Qué triste, pensé en un relámpago de lucidez o de miedo, algún día yo contaré historias acerca de poetas-lúmpenes y mis contertulios se preguntarán quiénes fueron esos infelices”. Estas palabras las dice Remo hacia el final de la novela. Esas palabras son un resumen casi perfecto de “Los detectives salvajes”, es decir, del futuro, un futuro en el que Roberto Bolaño es, aunque muchos se empecinen en rebajar su valía a cada dos por tres, es uno de los escritores centrales de una lengua que se supone fracturada entre el palabrerío hispánico y la precisión, novedosa sin duda, latinoamericana; una lengua al que logró, en parte gracias al exilio, en parte gracias a su oído, en parte gracias a su astucia, devolverle su unidad y multiplicar al mismo tiempo. Que yo sepa ningún otro escritor de esta época y estas zonas ha logrado algo similar.

El espíritu de la ciencia ficción
Roberto Bolaño
Alfaguara, 2016, 247 páginas