Tumba Fidel

El viernes 25 de noviembre, a las 10.29 de la noche según indica el parte oficial, murió Fidel Castro. Apenas pasada la medianoche las autoridades cubanas ya habían mandado callar todas las fiestas en curso esa madrugada. Se cortó la música y acordó que nadie diría “buenos días” en los discursos públicos al saludar.
La mañana siguiente, apenas lo supe, llamé a mi amiga, la novelista Wendy Guerra. Ella, que no tiene pelos en la lengua para denunciar los ahogos del castrismo, estaba anonadada. Lo primero que hizo, para darme una idea de lo que sentía, fue enviarme fotos de su calle habanera. Se hallaba completamente desierta. El hombre que había marcado la vida de cuatro generaciones de cubanos, encarnando sus sueños y pesadillas –Fidel para sus cercanos y Castro para sus enemigos- hasta convertir a cada uno de sus habitantes en una parte de él mismo, dejaba de existir. “Cuba es Fidel”, tituló el Granma al día siguiente de su muerte. Y “¡yo soy Fidel!” fue el grito con que los cubanos lo despidieron.
Ahora escribo desde Santiago de Cuba. Es domingo 4 de diciembre y en estos momentos el comandante está siendo enterrado a pocos kilómetros de mi hospedería, en el cementerio de Santa Ifigenia, a un costado del mausoleo de José Martí, a quien llaman “El Apóstol”. La canción que Raúl Torres compuso para su muerte y que ha sonado incesantemente en las calles, la radio y la televisión durante estos 9 días de duelo, pone a Fidel en un escalón todavía más alto de la jerarquía cristiana: “Aprendimos a saberte eterno, como a Jesucristo. No hay un solo altar sin una luz que brille por ti”, canta su coro.
La caravana que ha traído sus cenizas desde La Habana, por la Carretera Central (Via Dolorosa), en un viaje de tres días (lo que tarda en resucitar un mesías), rememorando en sentido inverso la Marcha Victoriosa que llevaron a cabo los revolucionarios de la Sierra Maestra luego de vencer a Batista, no ha sido ajena a ese espíritu religioso. En Santa Clara, Camagüey y Granma, las tres ciudades en que sus restos durmieron a lo largo de la travesía, la urna fue velada por cientos de fieles durante toda la noche y recibida con ceremonias plagadas de oraciones y cánticos. Muchos de ellos parecían himnos eucarísticos.
En lo que va de estas jornadas, no he escuchado a nadie que ose esbozar una crítica, ni un “pero” siquiera a la trayectoria de quien es despedido como un redentor. Cientos de camiones y buses a lo largo de toda la isla (calculo que todos los buses y camiones de Cuba) han movilizado a los penitentes desde los centros urbanos y los campos hasta las orillas de las carreteras, y vicarios de civil, con sombreros guajiros o jockey de beisbolistas coordinan las plegarias que acompañan la espera y los gritos que estallan al pasar la urna: “¡Yo soy Fidel!”, “¡Patria o Muerte, Venceremos!”, “¿Quién estuvo en la Sierra Maestra? ¡Fidel! ¿Quién estuvo en Girón? ¡Fidel! ¿Quién formó a esta juventud? ¡Fidel! ¿Quién es el gigante? ¡Fidel! ¿Quién es el caballo? ¡Fidel! ¿Quién está aquí? ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!”. Ya en el Parque Marte de Santiago de Cuba, dios de la guerra, una centena de escolares repiten una y otra vez: “Si de la sangre de los estudiantes / depende la soberanía / comandante Fidel Castro / puede contar con la mía”.
Años atrás, estuve también en el entierro de Hugo Chávez. Recuerdo que entonces se barajó la posibilidad de llevar su cuerpo embalsamado en procesión desde Caracas hasta Barinas, su ciudad natal. La distancia que separa ambos puntos es de 1000km, prácticamente la misma que hay desde Santiago a La Habana. Ellos, eso sí, harto más extravagantes que los cubanos, pensaron trasladarlo en andas, haciendo turnos para portar el féretro. Finalmente renunciaron al proyecto. La revolución chavista siempre fue una mueca de la cubana, un remedo, la copia en cartón de un hecho histórico tallado en piedra. Le llamaron, sin ir más lejos, socialismo del siglo XXI, que es como decir socialismo de mentira, porque el socialismo murió con el XX. Con la Unión Soviética, con la internet. Quienes lo prometen hoy, cuando el planeta entero constituye una unidad comercial fuera de la cual es difícil que un pueblo consiga bienestar, representan una farsa.
El asunto es que entonces también a Chávez se le comparó con Jesús. El socialismo en cualquiera de las versiones que le hemos conocido, más y menos sólidas, más y menos profundas, más y menos virtuosas (China, URSS, Cuba, Venezuela…) es siempre una fe que, como el cristianismo, se mueve entre la creencia en un hombre superior –El Cristo redentor que la funda: Mao, Lenin-Stalin, Fidel, Chávez- y su iglesia. Mientras los valores de la democracia se diluyen en el pueblo que la practica, los del socialismo parecen requerir de un santo que las encarne y una organización bien jerarquizada que las perpetúe. En el entierro de Hugo Chávez, la multitud fervorosa, cansada de esperar bajo el sol su turno de despedir a su líder tocando el féretro, comenzó a gritar: “¡Maduro no es Chávez! ¡Maduro no es Chávez!”
Algo parecido me han dicho muchos en Cuba, sottovoce, a lo largo de estas exequias: Raúl no es Fidel. Y algunos llegan más lejos todavía: “este pueblo de Camagüey, señol periodista, es más fidelista que comunista”. No es de extrañar entonces que todos los esfuerzos apunten a fortalecer la imagen del Partido.
El domingo 27, en la primera edición del Granma luego de su muerte, cada página venía encabezada por una cita de Fidel. Todas se referían a la importancia del Partido Comunista: “La organización de vanguardia es fundamental. ¿Saben ustedes lo que da seguridad a la Revolución? El Partido. ¿Saben ustedes lo que le da perennidad a la Revolución? El Partido… Sin el Partido no podría existir la Revolución” había dicho en marzo de 1974; “A los que nos piden que nos fragmentemos en mil pedazos, les decimos: ¡No! A los que nos piden que tengamos 25 partidos, les decimos: ¡No! A los que nos piden que tengamos dos partidos les decimos: ¡No!, porque con éste es suficiente, este basta y es el que garantiza la unión, el futuro, la independencia de nuestro país”, en noviembre de 1996; “Aquellos que creen que cuando desaparezca un líder desaparece una revolución, han sido incapaces de comprender –y no sé si alguna vez lo comprenderán- algo que hace años dije: “los hombres mueren, el Partido es inmortal”.
Ya fueron depositadas las cenizas de Fidel Castro, el político más influyente de América Latina en la última centuria, bajo una roca inmensa, en el cementerio de Santa Ifigenia, y la figura de Raúl asoma una y otra vez, reemplazando la de su hermano en la pantalla de televisión. En el discurso que dio ayer en la plaza Antonio Maceo, sus palabras se centraron en el futuro de la Revolución. Vociferó varias veces el eslogan de Obama -“¡Sí se puede!”- para terminar invitando a todos los presentes, con esa voz solemne, ronca de fumador y cadencia inalterable que lo caracteriza, a jurar defender la patria y el socialismo (que según él son la misma cosa) repitiendo las palabras de Maceo: “Quien intente apropiarse de Cuba, sólo recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha”.
Los jóvenes que ahí deambulaban distraídos, entendieron que el acto había llegado a su fin. Y como después de una misa a la que los llevaron sus padres, se retiraron hablando de cualquier cosa.
La pregunta que al cabo de estos 9 días de duelo – bandera a media hasta, ley seca y prohibición de cualquier algarabía- queda rondando, es por cuánto tiempo esta iglesia sobrevivirá a su profeta. En buena medida dependerá de Trump. Si él se aferra a los rencores del pasado, ayudará a reavivar una fe agónica fundada sobre los pilares del antiimperialismo. Si entiende, como Obama, que esta vez la mejor arma es una mano tendida y la oferta de aire a una economía asfixiada, será muy difícil para los sacerdotes de la iglesia revolucionaria mantener por mucho tiempo encendidos los carbones de su credo, y al poco andar se habrá vuelto cenizas como Fidel.