Mi-amigo
Dirigentes del Liceo de Hombres de Antofagasta rumbo al cambio de mando de Salvador Allende. El de chaqueta oscura y cigarro en la boca es Sergio Trabucco y el penúltimo, de izquierda a derecha, Alejandro Guillier.

No es fácil hablar públicamente de un amigo, más aún cuando está bajo fuego y todo lo que uno diga puede ser usado en su contra. En esta lógica de dar con todo, hasta los más inocentes gestos pueden ser transformados en vicios públicos dignos de afectar todos y cada uno de los méritos esperables de alguien que está en los primeros lugares del afecto ciudadano. Valgan estas líneas para excusar la pólvora que pondré en más de un arcabuz, pero así es la vida pública y Alejandro lo sabe.

El primer discurso que le recuerdo fue en el patio de nuestro querido Liceo de Hombres de Antofagasta a propósito de su postulación a presidente del centro de alumnos. Nos impresionó su dicción, lo que lo llevó más tarde a obtener éxito en la radio y televisión, pero particularmente, la claridad con que expresó lo que, en ese entonces, eran nuestras legítimas aspiraciones de jóvenes formados en una institución estatal que nos conminaba a sembrar nuestro corazón en la verdad. En ese momento, probablemente, iniciaba un camino sin saber que se adentraba en él y qué tan lejos lo llevaría.

El día 4 de noviembre de 1970, con el centro de alumnos de nuestro liceo, viajamos a Santiago emocionados y muy conscientes del momento histórico que viviríamos, juntos vimos pasar al Presidente Salvador Allende a una cuadra de la catedral. La solemnidad y el enrojecido rostro nos llamaron la atención cuando, sobre el descapotable, ya llevaba terciada la banda presidencial. Fue para nosotros, provincianos y jóvenes ciudadanos, un momento republicano que perdura hasta hoy con fuerza.

Juntos llegamos, al poco tiempo, a la recién creada Escuela de Sociología de la Universidad del Norte. Allí empezamos una febril carrera por aprender y también por ser parte de los procesos que se desencadenaban a gran velocidad en nuestra sociedad, desde allí vivimos sueños que luego se transformaron en pesadillas y nosotros pasamos de las ilusiones a los horrores.

En la escuela fue de los alumnos más destacados por su inteligencia y además por su capacidad de tener buenas relaciones con todo el mundo. Encontrar enemigos de Alejandro es muy difícil, quizás hoy ya sea más fácil. Fue sin lugar a dudas el mejor arquero que tuvo nuestro equipo de babyfutbol, en el área operaba a gran velocidad y su envergadura física lo hacía un dueño de área respetable. Por eso nos extrañó cuando reconoció que le “habían pasado un gol”. Formado en el seno de la típica clase media chilena su madre era una afectuosa señora que hacía cariño con la comida, era su casa nuestro lugar favorito de estudio, por esto y otras razones. Su padre un prestigioso ingeniero hidráulico, aficionado a la música clásica, le transmitió bonhomía y tranquilidad de carácter y forjó un espacio cultural que quizá explique que a Alejandro solo le falte ser bombero para ser la manifestación más pura de esa clase media ya en extinción.

Antes de egresar de sociología, y en un alarde de capacidad intelectual, ingresó a estudiar periodismo en la misma universidad, en una decisión que sorprendió a varios porque nos parecía arriesgada, pero su meditado análisis, le señaló el camino de las comunicaciones como un medio para expresar sus vocaciones. Una vez titulado, y luego de algunos avisos de que su seguridad no estaba garantizada, las emprendió a Ecuador. Allí obtuvo un magister en FLACSO y, lo más importante, conquistó a su mujer, el amor de su vida.

Hoy está instalado en los primeros lugares de la percepción ciudadana en la carrera presidencial, lugar que no ha sido fácil y que ha requerido. En él una permanente reflexión, enemigo de las aventuras individuales, sabe que este lugar solo tiene sentido en la medida que sea un esfuerzo colectivo destinado a reinstalar la soberanía popular y poner en agenda los temas que hacen sentido a la ciudadanía cansada de la política de “cocinas” y cúpulas que, ensimismadas, hacen esfuerzos por interpretar la realidad rodeada de rejas de vidrio para protegerse de la ciudadanía que hace mucho rato dejo de creer en ellas.

El recorrido actual de más de 180 comunas está en la lógica señalada, solo en contacto con la gente es posible conocer sus sueños, anhelos y frustraciones. A esta acción “los príncipes” la denominan populismo en un intento de desprestigiar este camino que ellos no se atreven a realizar, puesto que conocen la respuesta que recibirán.

Alejandro sabe que un intento demagógico solo significa frustración y por tanto no hay duda que está reflexionando, demasiado para algunos, y por ello insiste en poner obstáculos a la frivolidad señalando que solo con un programa, un proyecto, es posible avanzar en este complejo camino de hacer posible una idea país que dé cuenta de la mayor cantidad de ciudadanos posibles.

Desde las regiones surgirá la fuerza democrática de Alejandro. Ya es hora que la “provincia” que sostiene al país tenga algo que decir y exigir, evitando alusiones a enfermedades que otros leen como “insulto”, la agenda que exige el fin del gatopardismo que dejó la elección de los gobernadores regionales sin fecha de concreción, encontrará en su voz y su proyecto un camino que termine con el eterno privilegio de la capital que pretende, desde allí, definir los sueños de todos transformándolos en regionales pesadillas.

Quizás en un par de años podamos volver a nuestro viejo liceo para que puedas inaugurar un gimnasio o una biblioteca y además puedas devolver su dignidad a nuestros profesores: sería el cierre de un círculo que se abrió allá a fines de la década de los sesenta y que aún permanece abierto.

*Sociólogo, ex compañero de colegio y universidad de Alejandro Guillier.