EDITORIAL-677
Últimamente, he pasado buena parte del tiempo entre Cuba y Colombia, reporteando cómo se vive el fin de la Revolución en América Latina. Nosotros los chilenos de izquierda, conocimos ese final hace más de 40 años, de golpe, literalmente de Golpe. Desde entonces la vivimos como un sueño perdido. Con la Revolución enterramos a un montón de parientes y amigos que preferiríamos tener vivos. Y algo de nosotros mismos, quizás la convicción de que podíamos inventar el mundo de nuevo. Algunos, los que quisieran seguir siendo maravillosos, lo consideran una derrota. Los más fríos y sicologizantes, un trauma. Es cierto que varios se vendieron en el camino, llegaron a la muy entendible conclusión de que la felicidad material era un sueño a su alcance, mientras que el de un mundo justo no. Hay que ser osado para juzgar esto con inclemencia. Otros se convencieron de que sus derrotas personales eran una demostración de consecuencia. Otros se las buscaron, tomaron los caminos que les fue ofreciendo la vida, y habitaron con nobleza la contradicción. Otros siguen queriendo lo mismo que cuando eran adolescentes, pero ya no saben cómo. Muy pocos están dispuestos a reconocer un aprendizaje.

Según el comandante de las FARC Pastor Alape, que ha pasado dos tercios de su vida combatiendo en la selva, el Partido Comunista chileno –él también es comunista- se había demorado mucho en aliarse con la Concertación. Admira la transición chilena. “El problema de la izquierda es que siempre llega tarde”, me dijo. Terminó por convencerse de que el mayor pecado de los revolucionarios del siglo XX fue no haber sabido escuchar a los que pensaban distinto. Cuba, por su parte, ha dejado de ser el sitio en que las guerrillas entrenan, para convertirse en el lugar donde negocian su desarme. Ahí dónde la fe revolucionaria tuvo su catedral, con ritmos y modos vaticanos, hoy se avanza hacia su apostasía.

En Chile, terminamos con la dictadura de Pinochet en 1988, un año antes de la caída del Muro de Berlín. Para los izquierdistas de mi generación -que entonces todavía no cumplíamos los 20-, el sueño socialista no fue nunca una posibilidad. Fue más un sentimiento, una música y una poesía que un proyecto político. Nuestros padres o profesores habían intentado de veras llevarlo a cabo, pero su apuesta terminó en la bancarrota. Entre los de mi edad, a los más radicales los movía el deseo de venganza, hacer pagar su abuso a los culpables de las desapariciones y las torturas, pero ni siquiera ellos tenían en mente la toma del poder y el fin del capitalismo. Maduramos contentándonos con muy poco, pero poco a poco terminamos por construir un país mejor que el heredado, y en el que los nuevos jóvenes izquierdistas están llamados a pedir más. Más, pero no todo, porque si algo aprendimos de golpe, es que la ilusión de lo perfecto clausura el porvenir.

Esto, sin embargo, no es fácil explicárselo a una nueva generación que irrumpe y exige su lugar en la historia de un país que va saliendo de la pobreza, pero no de la desigualdad. Dónde haitianos, colombianos, ecuatorianos y emigrantes de buena parte del continente llegan en busca de mejores expectativas, pero donde los chilenos que surgen ya quieren más: una democracia que los escuche, un trato social que los respete, una elite que se deje permear. En tiempos de Pinochet, gritábamos en las protestas: “¡Si este no es el pueblo, el pueblo dónde está, el pueblo está en la calle pidiendo libertad!”. En las últimas marchas a las que he asistido –las que reclaman contra las AFP, por las míseras pensiones- ha vuelto el mismo grito, pero con otro final: “el pueblo está en la calle, pidiendo dignidad”.

El progresismo envejecido se siente orgulloso de lo que consiguió, al nuevo le parece vergonzante. Lo que para unos es un logro, para los otros es una derrota. Entre los abuelos que gobiernan y los nietos que reclaman, está mi generación callada y un inmenso cambio tecnológico que los separa. Parece que hablaran idiomas distintos. Ya ni siquiera pueden coincidir en un mismo candidato presidencial. Ante la dificultad para entenderse, parecen decididos a odiarse, cuando del diálogo entre ambos depende en gran medida la profundización de la democracia y el progreso de Chile. Sin el reconocimiento de lo aprendido, será difícil avanzar en lo adeudado. Ahora que Latinoamérica vive el fin de la Revolución, al menos como la conocimos desde los años 60, esta conversación, en este lejano país, podría servirle a su izquierda, en estos tiempos de extravío, para volver a pensar por qué caminos seguir adelante.