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Eduardo Machuca Valiente trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores a cargo de acompañar las películas chilenas en los festivales internacionales. Era también el encargado de administrar los fondos para permitir que eso sucediera. A la luz de los hechos—un cine que ha ganado todos los premios y becas que puede haber—hacía bien su trabajo. No lo conozco pero no he escuchado a nadie de la industria—una industria en la que no faltan pelambres—que hable mal de él. Gordo, gozador, se sacaba fotos en asados tomando mucho whisky, o fumando puros con cara de satisfacción evidente.

Presumiblemente borracho describió en su Facebook algunas de esas fiestas de fin de festivales de cine donde se mueven millones de dólares y no faltan las mujeres guapas. Después se confundió en un viaje con “su compadre” y un culión que habría conseguido a pesar de ser una persona normal. La cosa no era siquiera tan clara como trato de resumirlo. El mismo se dio cuenta que no se entendía nada de lo que escribió y que lo poco que se entendía no era elegante, inteligente o respetuoso y lo borró a los pocos minutos. No bastó esa prevención. Su posteo contenía todo lo que los buitres de la web necesitan para financiar sus sitios piratas: plata, sexo, funcionario público y una foto incriminante de otra fiesta en otra parte. El Mostrador, ese perfecto manual de periodismo basura, lo llamo el funcionario hot y denunció que con el dinero de los contribuyente un funcionario gordo y lascivo iba de festival en festival organizando orgías.

El escándalo en la semana de la muñeca inflable obligó al gobierno a reaccionar. No podía renunciar el ministro Céspedes por sonreír en la foto, lo tenía que hacer Machuca por gozar en horas extras. El Ministerio de Relaciones Exteriores sin juicios, ni cargo ni descargo le pidió la renuncia a Machuca. No puede uno evitar pensar que el destino es cualquier cosa menos sutil. Porque ¿no se llamaba Machuca la película chilena que rompió para siempre el hielo de los festivales internacionales de cine? La película contaba la historia trágica de unos pobladores que un cura gringo llevo a estudiar con niños rubios que pagaban por sus estudios. Todo eso en plena Unidad Popular y luego en dictadura no podía más que terminar en tragedia.

Machuca no podía estudiar con los rubios, el orden, como el Ministerio de Relaciones Exteriores de un gobierno supuestamente de centro de izquierda, no puede olvidar. El Machuca de la película hablaba raro, se vestía mal, le gustaban cosas que a los otros niños no le gustaban y no sabía cosas que los otros niños sabían. En el patio lo empujaban y se burlaban de él y sus amigos para hacerle ver de todas las formas posible que venía de otra cultura, que hablaba otro idioma, un idioma que se parecía demasiado al de los niños ricos para perder el tiempo aprendiéndolo.

De alguna forma Machuca Valiente, fue víctima también de ese choque de lenguaje. No entendió que sólo podía hacer perdonar su condición de macho cuarentón, de clase media y entrado en carne, si se callaba o se traducía al lenguaje de los rubios, de los jóvenes, de los hípster, de los profesores. El feminismo de la tercera ola con su teoría de género, como los zapatillas Nike o lo pantalones amasados de mi infancia, es también una importación cara, una señal de estatus que no todos pueden ni saben como adquirir.

El compra imitaciones o versiones viejas es detectado inmediatamente y puesto en su lugar. El que no se plegó a tiempo a la moda no es sólo un pobre gallo sino un enemigo, un Machuca que hay que expulsar del colegio de “gente como uno”. El feminismo matriarcal anti heteronormativo, no es—como el uso y abusos de términos casi científicos lo indica— un feminismo que no nace del combate diario sino de los campus de universidad, las norteamericana, donde la élite educa a la élite en el arte perpetuo de excluir a los demás. Eso explica su carácter de examen perpetuo, de ramo que hay que aprobar o no. Eso explica también su carácter perfectamente rígido, donde las formas, y los símbolos importan mucho más que los hechos o que los matices.

Este no es un feminismo que se discute o se combate, sino que se enseña. El que no aprueba recibe el castigo supremo de quedarse repitiendo una y otra vez su disculpa, su error hasta que le den permiso para salir al recreo a jugar con los otros niños. Es un feminismo normativo, un feminismo de clase, que excluye de entrada cualquier traducción o traslación a otras formas del idioma o a otros tonos (el humor, la parodia, el melodrama) que no sea el tono de la cátedra y del comisario político. Como sabe cualquier lector de Lemebel, la ambigüedad de lo correcto e incorrecto, de lo heternormativo o patriarcal es en las poblaciones más rico y complejo de lo que jueces de 140 caracteres nos gustaría pensar. Lo mismo ocurre en los que nacieron antes de 1985. Calificarlo a todos en grueso en el mismo saco para excluirlo de la fiesta resultaría infinitamente más fácil que intentar entender que hay de fino en el humor grueso, que hay de extraordinario en los ordinarios. Refugiarse en la fortaleza inexpugnable del buen gusto, es descartar de entrada que el gusto es justamente el lugar en que los nuevos conceptos y las nuevas prácticas deben seducir para vencer, deben traducirse para ser nuestras también.

Alguien en el Ministerio de Relaciones Exteriores juzgó que el señor Machuca Valiente era irrecuperable. Como en Irán o en el Estado Islámico se consideró que su comportamiento fuera de horas de oficina, que lo que le escribía a sus amigos, era causal suficiente para despedirlo. Debemos agradecer de que no hayan decidido lanzarlo de un edificio abajo o colgado de un poste o quemado en un jaula como hacen algunos de nuestros hermanos musulmanes con adulteras, pornógrafos, acosadores, y compradores de muñecas inflables. Me da miedo, dado el poco aprecio que tienen a la libertad de expresión que las monjas sin dios que nos gobiernan profesan, sugerir ni siquiera en broma estos castigos. Estoy, como ustedes, notificado que en Chile se pueden cometer casi todos los atropellos y discriminaciones en serio, pero que está solemnemente prohibió bromear con ellas.