EDITORIAL-678

Cierto, hay una elite política y empresarial que se quedó pegada en otro siglo y lloriquea porque una población más pudiente y educada le perdió el respeto, cuando lo que en verdad sucedió fue que esa ciudadanía salió de la postración y el miedo y ya no ve motivos para contentarse con lo que ellos chorrean, sea dinero o poder, y en lugar de seguir viéndolos jugar desde las galerías empezaron a exigir que los dejaran entrar en la cancha.
También es cierto que a medida que esa elite perdió el control de la información, comenzaron a saberse detalles de sus comportamientos que, lejos de afirmar su prestancia y grandeza, en casos que hace rato dejaron de ser aislados, desmentían de plano su superioridad moral. Con tal de mantener su feudo a resguardo, los tribunos de la reconstrucción democrática se aliaron con los plutócratas, y como esos jugadores de fútbol americano que avanzan abrazados derribando todo estorbo a su paso, tardaron tanto en permitir la entrada de los suplentes al partido que envejecieron adentro de sus cascos enrejados sin percatarse que el mundo ya no era el mismo, y que el público en lugar de aplaudir a uno u otro equipo ahora los pifiaba a todos por igual. Pero las pifias del público, progresivamente, fueron pasando de ser un reclamo o una advertencia a constituirse en una lengua nueva, amorfa y a ratos barbárica.
Al margen del partido que se disputaba en el campo de juego se fue configurando una barra de individuos incomunicados donde las nuevas dignidades eran hijas del volumen, del grito, del chillido y la alharaca. El mejor pasó a ser el que insultaba más, el que manifestaba con más énfasis su desprecio por el corrupto, por el millonario, por el poderoso, por el pecador. Parecía que ya no pretendieran sustituir a los jugadores que los habían desilusionado por otros mejores que llevaran a su equipo a la victoria, sino que orgullosos de su puesto en la tribuna, ahora convertida en un estrado multitudinario, lucharan unos con otros por ver cuál de todos era el juez más severo, el capaz de condenar con más fuerza.
Y así llegamos a este estado de gritos, a este estado de funa en que ya no se sabe si la baba furiosa es de derecha, centro o izquierda, porque se confunde entre tanto alarido el odio a Bachelet, a la muñeca inflable, a Luksic, a los comunistas, a los curas, a Lagos, a Pinochet, a la colusión de los pañales y a la Concertación. En lugar de proponer un camino de escape, da la impresión de pronto que el coro prefiriera la pateadura al fondo de un callejón sin salida.
Me cuenta un amigo ornitólogo que, desde hace algún tiempo, en varias comunas de Santiago, a causa del ruido de las bocinas y las sirenas, los pájaros se han visto obligados a gritar de tal manera, que han perdido su capacidad de cantar. Algo parecido le podría ocurrir a nuestra democracia si no bajamos los decibeles, y en lugar de dialogar chillamos, y en vez de tomar aire y pensar, condenamos sin juicio, como hacen las jaurías, más sedientas de sangre que de justicia. No es para tomárselo a la ligera: es la historia del fascismo.