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“Este viernes se vio a un grupo de criminales recluidos en Punta Peuco pidiendo perdón en un acto ecuménico. Mientras esos criminales lo solicitaban, las víctimas, quienes habían perdido a sus padres, sus hermanos, sus hijos, protestaban en las afueras del penal. ¿Cómo esos reclusos infames podían reclamar el perdón -se preguntaban- frente a sus crímenes atroces?”

Así comienza la columna de opinión publicada en El Mercurio y que fue realizada por el rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña, el gesto realizado por 10 presos del Punta Peuco condenados por delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura del tirano.

En dicho escrito, Peña plantea lo imprescindible de preguntarse y desmenuzar lo que significa verdaderamente el perdón.

En ese sentido, sostuvo que “quien ha descrito con mayor lucidez el problema que plantea el perdón no es un sacerdote ni un teólogo ni un moralista. Es un filósofo que suele ser críptico, pero que en este tema no lo es…
Jacques Derrida ha recordado que el perdón pertenece a la tradición abrahámica -la de los judíos, los cristianos, los musulmanes- y que él está preso de una suerte de paradoja casi insalvable, de un misterio que solo el fondo insobornable de la voluntad puede superar: el perdón tiene sentido solo cuando se trata de perdonar lo imperdonable”.

Añadió que “el pecado venial, las transgresiones mínimas, los errores, incluso cuando son graves, se disculpan, y no plantean problema alguno. La verdadera urgencia del perdón, y su misterio, surge frente a lo que, paradójicamente, es imperdonable. Es lo que hace difícil, y a la vez magnífico e incomprensible, el perdón: solo se perdona aquello que es imperdonable”.

A renglón seguido, Peña advirtió que “por eso el perdón no puede ser hecho, ni solicitado, en base a cálculos políticos o utilitarios. Si así fuera (si, por ejemplo, el perdón se solicitara en atención a la paz social o la cohesión), equivaldría a una medida o un instrumento de política social. Así concebido, se le devaluaría, se le degradaría. El perdón es un acto gratuito e incomprensible que no puede ser solicitado -tampoco ofrecido- a cambio de información o de reparación”.

En este punto de su escrito, el autor aclara que “por eso el cura Puga se equivoca cuando reclama, para conceder el perdón, un acto de reparación: eso equivale a concebir el perdón como un acto de intercambio. ¿Qué valor tendría perdonar si el perdón fuera un objeto de intercambio? ¿Qué honestidad tendría ofrecer reparación como una mercancía para obtener el perdón? El perdón, como el amor evangélico, es un acto gratuito que se da; pero que no puede ser reclamado, ni ofrecido, como un acto de intercambio”.

El perdón es opuesto a la justicia, afirmó Peña, al mismo tiempo que explicó que “la justicia tiene por objeto la reparación (justicia correctiva, la llamó Aristóteles): corregir lo que el acto lesivo e ilícito alteró. A esto los penalistas llaman la función retributiva de la pena. Pero además la pena se justifica porque crea condiciones que desincentivan la ejecución de los crímenes. Esta es la función preventiva de la pena. Tanto desde el punto de vista preventivo como retributivo, los condenados de Punta Peuco no tienen salida. Ellos merecen que se les inflija un mal similar al que causaron (función retributiva de la pena), y la sociedad requiere que haya castigos que desincentiven en el futuro la comisión de crímenes semejantes (función preventiva de la pena)”.

Dicho aquello, el rector de la UDP señaló que “el perdón no tiene nada que ver con la justicia…Se trata, simplemente -pero a la vez incomprensiblemente-, de un acto gratuito que exige un acto hasta cierto punto irracional que, justo porque es irracional, no es exigible a nadie; pero su dignidad radica justamente en que no es exigible y se da, cuando se da, sin que nada compela a darlo”.

Precisó que “en muchos casos de los que hay en Punta Peuco, el destino ya derrotó a la justicia. Los criminales están dementes o ya comenzaron el descenso al precipicio. Y en esos casos ya no es asunto ni de la justicia ni del perdón”.

“Pero quienes rezaron en el acto ecuménico de Punta Peuco aún no están derrotados por el destino. Y por eso piden el incomprensible perdón”.