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Hace unos 20 años en el internado en Cuba posan Samson (centro) con Zelalem (izquierda, hoy médico) y Asmerom (derecha, hoy ingeniero).

“Todavía no paro de recibir condolencias por la muerte de Fidel, sobre todos de mis paisanos del oriente de Etiopía. Allá las personas mayores se acuerdan con cariño de los soldados cubanos, pues convivieron con ellos durante la guerra con Somalia,” cuenta Samson Alemu en su perfecto español. Estamos en Addis Abeba, la capital de Etiopía, en un acto convocado por la comunidad etiocubana (etíopes crecidos en Cuba) en homenaje al difunto Comandante Fidel Castro. En esta plaza central todavía quedan monumentos y otros símbolos del régimen comunista derrocado en 1991. Por ejemplo, en una esquina hay nombres y fotos de cientos de cubanos que cayeron defendiendo las fronteras de Etiopía. Aunque todos los presentes tienen pinta de etíopes, se escucha bastante español. Más de la mitad viste una polera con el retrato de Fidel y el texto “La esencia de nuestro ser, gracias.”

Samson no lleva la polera. “Ya no simpatizo con la ideología comunista, pero la muerte de Fidel sí me provoca tristeza y nostalgia. Evoca tantos recuerdos bonitos. ¡Mira quién está ahí! Te presento a Asmerom, el que te mostré en la foto de cuando éramos niños en Cuba”, dice emocionado.

GUERRA DE OGADEN

¿Quién es Samson Alemu? Volvamos a 1977. Samson es un niño de cinco años de una familia modesta de Etiopía oriental. El Emperador Haile Selassie ha sido depuesto tres años antes, siendo reemplazado por el “Derg”, una junta militar liderada por el coronel Menguistu Hailemariam. Aunque Etiopía es un aliado tradicional de Occidente, distintas corrientes de ultraizquierda se encuentran en una sangrienta pugna por el poder, agravada por diversas luchas separatistas. Esa condición debilitada de Etiopía la aprovecha en julio el régimen comunista de Somalia para invadir la región de Ogaden, situada en el oriente de Etiopía, o, según el gobierno somalí, en el occidente de Somalia.

Los soviéticos consideran el marxismo-leninismo del militar Menguistu como un capricho pasajero, pero él pone todo su empeño en convencerles de su sinceridad. Y lo logra. De modo relámpago, las alianzas en la Guerra Fría cambian 180 grados. Etiopía pasa al bloque soviético, el que deja de suministrar armas a Somalia y a rebeldes separatistas para dárselas al gobierno central de Etiopía. Mientras tanto, los somalíes borran apresuradamente las estrellas rojas de sus símbolos oficiales en busca de ayuda de Estados Unidos.

Para reforzar al ejército etíope llegan a principios de 1978 unos 1.500 asesores militares soviéticos y 17.000 soldados cubanos, comandados por el general Arnaldo Ochoa (el mismo que, pese a su fama de héroe, será ejecutado por traición en Cuba en 1989). Una contraofensiva en febrero y marzo consigue expulsar al ejército somalí con el sacrificio de unos 400 cubanos y al menos 6.000 etíopes. Entre los caídos está el padre de Samson.

¿NIÑOS BENEFICIADOS O EXPROPIADOS?

La propaganda se ha referido extensamente a los “huérfanos” etíopes a los que Fidel educó. Pero la verdad es que casi todos tenían sus madres vivas. La madre de Samson no se entusiasmó cuando vio a su hijo en la lista de “beneficiados” para ir a estudiar gratis en Cuba. Más bien consideraba que el comunismo internacional expropiaba a otro ser querido.

“Yo tenía 8 años cuando me llevaron por la fuerza, literalmente agarrado a las faldas de mi mamá”, relata Samson. “Ella sufrió mucho, al igual que otras madres, porque desde Cuba no manteníamos ningún contacto con nuestras familias. Me demoré nueve años en enterarme de la muerte de mi mamá. Hasta hoy los etiocubanos tenemos relaciones complejas con nuestras familias. Nos separan, entre otras, diferencias sociales, ideológicas y espirituales. Si no éramos huérfanos al salir, sí nos convertimos en huérfanos en Cuba. Pero no culpo a Fidel por eso, sino al gobierno de Etiopía. Otros niños africanos que crecieron en Cuba iban de vacaciones a sus países de origen, todo costeado por sus gobiernos, mientras que nosotros ni siquiera recibíamos cartas”, explica.

En los primeros tiempos, Samson relata que todos extrañaban a sus madres y familiares. Algunos de hecho se negaron a estudiar o cometieron actos de indisciplina para ser devueltos, pero él, al igual que la mayoría de los niños que conoció, tuvo una infancia feliz en Cuba. Hasta ahora se reúnen y sienten lazos de hermandad con muchos de esos chicos. “Sólo conozco a uno que piensa que éramos abusados. Es verdad que como parte de la educación debíamos hacer tres horas diarias de trabajo agrícola. Pero para mi excompañero todo era un atropello: desde las colas para comer, que eran ‘humillantes’, hasta la educación, que era una suerte de ‘lavado de cerebro’. Pero él es la excepción. La gran mayoría apreciamos la experiencia y todos los recursos que Cuba nos dio. Había actividades deportivas y educativas de todo tipo. No había lujos, pero tampoco nos faltaba nada”, cuenta Samson.

MENGUISTU, NUESTRO PADRE

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Samson con otros etiocubanos en el homenaje a Fidel Castro.

La idea del gobierno no era convertir a esos niños y jóvenes en cubanos, sino prepararlos para construir la nueva Etiopía socialista. Samson vivió en un internado en la Isla Juventud hasta completar la educación secundaria. Todos los alumnos y sus cuidadores eran etíopes, mientras que los profesores eran cubanos. Entre los etíopes hablaban amhárico (idioma oficial de Etiopia y lengua nativa de los amharas que componen alrededor del 25% de la población). Pero muchos de los compañeros de otras etnias olvidaron su lengua materna. En esas aulas, la política no se discutía, sino que se inculcaba. En aquel tiempo, para Samson, la política era una “ciencia exacta de verdades absolutas”. Aprendió sobre marxismo-leninismo y sobre los “soviéticos buenos y los yanquis malos”. A días de la muerte de Fidel, Samson reflexiona. “Debo reconocer que el adoctrinamiento cumplió su propósito, por algo la mayoría estamos en el homenaje a Fidel, organizado y financiado por nosotros mismos. Es verdad que muchos, al igual que yo, se han vuelto más críticos luego de conocer realidades distintas, pero de todos modos aquí estamos”.

En el internado, los niños escuchaban mucho sobre Fidel, pero a quien les inculcaban como “su padre”, era Menguistu, el líder comunista de Etiopía y amigo íntimo de Fidel. Aunque Samson reconoce que el culto a Menguistu les causaría problemas más adelante, sí rescata los valores idealistas de comunismo, como aquel del “servir al pueblo”. “Nuestros profesores pueden haberse equivocado, pero fue sin maldad. Guardo buenos recuerdos de ellos”, dice.

Cuando él y sus compañeros egresaron de la escuela, las cosas cambiaron para ellos en Cuba. En el internado había muchísima disciplina y horario fijo para todo. Cuando fue a la universidad en La Habana eso cambió totalmente. Allá no lo obligaban a levantarse por la mañana, y aunque en esa época era el pleno Período Especial, empezó a tener dinero y a vivir bien. Como extranjero tenía la suerte de ir a las tiendas de divisas, y así se dedicó al mercado negro, comerciando con cubanos que recibían dólares de sus familiares en Estados Unidos. Por primera vez tenía compañeros de curso que eran cubanos. Y reconoce que por esos años le chocaba mucho escuchar por ahí, en voz baja, comentarios negativos sobre Fidel y la Revolución. En aquel tiempo Samson pensaba que los disidentes eran “mercenarios vendidos al imperialismo”.

EL DIFÍCIL RETORNO A ETIOPÍA

Samson volvió a Etiopía en 1994. Además de luchar por reencontrar a su familia y luego enterarse de la muerte de su madre, tuvo que lidiar con el cambio de régimen en Etiopia. Aún recuerda con nitidez que al llegar a su país los recibió la nueva Ministra de Educación y lo que pensó iba a ser un acto de bienvenida, se transformó en un acto abiertamente hostil. La ministra les dijo que Menguistu, al que todos ellos aún adoraban y consideraban “su padre”, había sido un dictador sanguinario que la había encarcelado y torturado durante siete años, además de responsabilizarlo de masacres y hambrunas que habían cobrado las vidas de millones de compatriotas.

En su país, sus compatriotas trataban a su ídolo de cobarde porque, cuando el ejército rebelde se acercaba a la capital en 1991, Menguistu dio la orden a sus soldados de luchar hasta la muerte, jurando que él mismo se pegaría un tiro antes de entregarse, pero al final se escapó en avión a Zimbabue, llevándose todo el oro. Pero la deshonra de Menguistu fue sólo el primer choque que los etiocubanos sufrieron. Como estaban acostumbrados al sistema comunista, esperaban ser asignados a puestos de trabajo, pero sucedió al revés. Durante años se les cerraron oportunidades de empleo, muchos de ellos pasaron miseria y fue poco a poco que los etiocubanos médicos, dentistas e ingenieros fueron encontrando trabajo y teniendo oportunidades en su país. Samson estudió tecnología de alimentos, pero nunca ejerció, comenzó trabajando en turismo con españoles y hoy es un hombre de negocios. Una fortuna que no han tenido todos los que partieron con él a Cuba, pero, según Samson, la mayoría ha tenido una vida con más oportunidades que si hubiesen sido criados en Etiopía.

“Nuestros cuidadores eran cariñosos, pero no podían reemplazar el amor de una familia, y en un internado, pues, si bien hay amistades muy fuertes, puede ser un ambiente crudo, con jerarquías entre los niños y hasta violaciones que no siempre son denunciadas a los adultos. Es evidente que muchos de mis compañeros de ese tiempo todavía sufren serios problemas psicológicos por eso. Pero eso hay que compararlo con la falta de oportunidades que nos habría tocado en Etiopía. Aunque mi país sigue siendo uno de los más subdesarrollados del mundo, soy un hombre acomodado. Manejo un buen automóvil, voy de vacaciones a Europa, mis hijos estudian en un colegio privado. Bueno, he puesto de lo mío también, pero a fin de cuentas fue posible porque Cuba me hizo una persona culta. Y porque el idioma español me ha abierto campo laboral y de negocios. Aquí Cuba tiene un embajador. Muchos cuando me ven tocan mi corbata, agarran mi smartphone y dicen: ‘¡Compañero Samson, todo eso te lo dio Fidel y la Revolución!’ Es chistoso y un poco cargante, pero no lo voy a contradecir. Puedo estar en desacuerdo con muchas cosas, pero es innegable que soy lo que soy gracias a Fidel y su Revolución”