El-otro-sismo-de-Chiloé-foto-alejandro-olivares

Escondido, entremedio de un archipiélago en Chiloé, vive Cristian Brito Donoso (36). El mar siempre le llamó la atención, la danza ambigua entre la tranquilidad y el caos marino despertaron su interés. Dejó atrás su profesión como técnico en comercio exterior en Santiago para vivir de la cocina en un ambiente tranquilo, donde la vida transcurre lentamente.

Desde hace diez años trabaja como chef en la empresa Ponton, que se dedica al cultivo de las truchas. En medio del mar cocina, sirve y lava los platos. Cristian trabaja por turnos, siete días vive en lo que se conoce como el artefacto naval, una especie de casa flotante anclada en el mar y los otros siete, los pasa entre cuatro pequeñas islas: Quenac, Caguach, Achao y Alao.

-Espera… hay una réplica en estos momentos. Creo que han habido unas diez hasta ahora. El mar se sigue moviendo. Estoy seguro que me terminaré acostumbrando a esto, dice mientras habla de lo que ocurrió aquel día.

En la mañana de Navidad, Chiloé amaneció con un remezón que a muchos los sacó de sus camas o los dejó con el asado de cordero a medio cocer. 7,6 grados en escala Richter. A unos metros del epicentro, minutos antes del terremoto, Cristian servía el almuerzo para las diez personas que se encontraban en el artefacto naval. Esa mañana estaban anclados en la orilla de la playa de la isla Quenac. Un ruido extraño los alarmó. Desde abajo, en el piso, sintieron un golpe en seco. Sin decir nada, Cristian pensó que había sido una manada de orcas o un submarino que los había chocado. Nunca había sentido algo igual. No se podía explicar cómo el mar se pudo haber movido tanto. Jamás pensó que había sido un terremoto.

“Yo he pasado dos terremotos en Santiago, pero esto no tiene comparación. El tiempo se había tornado extraño unos días antes. Hubo mucho calor en las noches y vimos que las aves emitían sonidos raros. Algunas chocaban entre ellas o simplemente emigraban a otros lugares”, recuerda Cristian.

TERREMOTO SUBACUÁTICO

La mañana del 25 de diciembre, Fernando Barrios (41) se puso su traje negro para entrar al agua. Es buzo mariscador hace más de cinco años y ha recorrido varias de las costas del archipiélago de Chiloé extrayendo peces y mariscos.

En el pueblo de Achao, el clima estaba templado y el mar calmo. Fernando se metió al mar como todos los días. Sacó algunos salmones de las jaulas donde se encontraban, pero un sonido profundo lo sorprendió. De repente, un golpe lo azotó contra una de las jaulas. Pensó que había sido un lobo marino que se escabullía para poder conseguir alimento. También pensó que pudo haber sido una onda expansiva que emiten las ballenas azules, pero no.

Minutos después salió del agua, corrió hasta la arena y se quedó ahí, quieto, esperando una respuesta casi divina de lo que había sucedido abajo del mar. Frente al océano, los miedos le afloraron lentamente. Recordaba las anécdotas que su abuelo le contaba cuando niño, quien vivió el terremoto de Valdivia del 60’. Aquel gran terremoto que cambió los paisajes en la isla chilota e hizo desaparecer los palafitos en Ancud.

Hueón, sube rápido a algún cerro o ándate a alguna isla, pero sal de la orilla de la playa. Hubo un terremoto cerca de acá y el mar está bajando ¡Apúrate hueón!, le gritó un pescador de la isla a Fernando.

El único aviso, la única información que Fernando recibió sobre lo que estaba sucediendo fue del pescador artesanal, nada más. Siguió sus instrucciones y subió a una de las lomas de la isla. No tenía celular. Estaba incomunicado. Ahí estuvo, parado frente al mar, observando como la marea bajaba rápidamente.

UN GRITO DE AUXILIO

A Cristian, en cambio, le llegó un mensaje de la ONEMI a su celular: “SHOA establece evacuar a zona de seguridad”. Pese a recibir la alerta, ninguno de sus compañeros logró comunicarse con sus celulares para tener más detalles. Salieron de la embarcación a la playa y ahí, subieron a un cerro y esperaron hasta que los efectos del terremoto se detuvieran. El mar se había tornado oscuro con matices grises.

Pasó poco tiempo para que algunas personas se reunieran en el cerrito de la isla Quenac. Alguien le comentó a Cristian que algunos chilotes no querían dejar sus casas que se encontraban cerca del mar. Para ellos, un movimiento de la tierra no era algo para alarmarse. El clima en Chiloé es duro y ha creado una coraza en los autóctonos de la zona.

“Todos estábamos incomunicados. En los archipiélagos y lugares más recónditos no hay cultura sismológica, no hay caminos que te indiquen dónde ir en caso de tsunami o terremoto, siendo que vivimos al lado del mar. Al rato después supimos que tuvieron que ir los marinos a sacar a las personas de sus casas porque no se querían mover de ahí. La gente es diferente acá, su cultura es más ruda, más tosca”, asegura el cocinero de altamar.

Cristian y Fernando siguen con sus rutinas diarias. Cada uno, en diferentes lugares, pero ambos en el mar. Coinciden que luego de lo que pasó en abril, cuando las costas de Chiloé se inundaron de peces moribundos, hay escasez marina. Cada vez tienen que ir más adentro para encontrar peces. Han visto con sus ojos cómo el mar y la tierra han sido intervenidos y explotados. Para ellos este terremoto es simplemente un grito de auxilio de la naturaleza.