sueños

Donde vivía mi madre había una rubia hermosa que vivía con su hijo bien criado. Su esposo se había ido a Londres por trabajo y por otra mujer. Ella, por supuesto, odiaba Londres y cambiaba la tele cuando salían cosas de ese país. Trabajaba de junior en la televisión. A veces llegaba gente muy decadente de la TV a su pequeño departamento y pasaban una noche con ella, me imagino. Llegaba gente de la Nueva Ola, guatones pelados de Boite, de ese estilo. Se jactaba simpáticamente en esos blocks que su hijo conocía a gente de un matinal: Claudia Conserva y Pollo Nosecuánto. Ella terminó trabajando con un uniforme y gorrito en el Transantiago. Un día se suicidó porque no podía comprar un plasma. Cuando murió nadie se dio cuenta hasta que el hedor se hizo evidente para los niños que jugaban. Los carabineros no querían hacer el trabajo de abrir, de puro flojos, hasta que tuvo que llegar una actuaria, o algo así, y a esos hijos de puta no les quedó otra que abrir de mala gana.

Ella siempre me tiró onda y era muy guapa. Me pedía que le ayudara a instalar algún aparato para hacer abdominales, cosas así, y yo era muy estúpido y nunca me di cuenta, o si me di cuenta, nunca atiné. Había otra también, igual de guapa, con una chasquilla negra y lisa y la tez blanca. Me coqueteaba naturalmente, y no lo digo por jactarme. La segunda murió en un accidente automovilístico.

En mi fantasía sexual sueño que esas minas me vienen a hacer un ménage à trois cuando estoy muy hecho mierda de ánimo. Y pienso que debí haber actuado cuando era adolescente, que cuando uno no lo hace, es pecado. Y se me aparecen en sueños como cuidándome. En ese tiempo trabajaba de garzón y pensaba que cuando llegara, iban a estar las dos vivas en la casa, y que me harían un té, me darían cariño y una práctica salvaje de las artes de la carne.

Ayer en el sueño me mandaron a la mujer más bella de la galaxia. O que yo, al menos, encontraba la más bella de la galaxia. Capaz haya sido un ángel. Me la mandó Dios porque yo estaba panicoso y había sentido una balacera la noche anterior cuando había tenido un día horrendo buscando pega y mi mujer me había pateado sin decir agua va. No les tengo miedo a las balaceras, excepto cuando ando muy débil, y esa noche era el caso: me acurruqué como un feto repitiendo la frase por qué a punto de llorar. Dios manda estas minas en sueños, hace esas cosas para que uno no sucumba, cuando está todo cagado, cuando un hombre o una mujer está en aprietos, cuando uno hace señas para que el manager arroje la puta toalla. Pero luego te vuelve a tomar el pelo divirtiéndose eternamente hasta que nuestra miseria roedora lo aburre y te paga un chirlo para que no sigas correteando como ratón de un lado para otro en el ring como un pollo sin cabeza. Cuando uno está en aprietos serios manda estas Walküren. A las chicas les enviará hombres, a las lesbianas, lesbianas, me imagino. Siempre pasa eso: el signo de la salvada, como la flor de montaña, que nace de las piedras en la altura cuando uno está que no da más, y esa flor alta y hermosa que nadie sabe cómo nace de las piedras y en el hielo está ahí para que uno siga subiendo. Con todas las precauciones que hay que tomar, claro está. La gracia no es terminar muerto en alguna quebrada de la cordillera o en la panza de los cóndores. O como cuando el cineasta, poeta y activista Juan Carreño me lee “¡Adelante, viajeros!” de Dry Salvages de Eliot cuando me ve muy afligido subiendo un cerro. Y me hace una broma o da un empujón diciéndome que cómo no me la puedo con un par de metros, que debo ser un buen partisano, y que nos esperan las cervezas que enfriaremos.