El nombre del colectivo que se atribuyó la bomba que explotó en la casa de Óscar Landerretche me tiene encantado. “Individualistas Tendiendo a lo Salvaje” es la mejor descripción que he visto de lo peor que ronda entre nosotros. Los planteamientos de este grupo podrían parecer graciosos, y hasta provocadores -“dado que el ser humano es el mayor enemigo de la naturaleza, merecemos nuestro propio exterminio”, asegura un tal Mauricio Morales-, si no es porque pusieron en riesgo la vida de unas personas, y porque a las finales sintetizan, como sucede con los actos fallidos, una mentalidad que excede lo que podría ser el juego epatador de unos “artistas de vanguardia”. Si no hubieran dejado heridos en el camino, costaría tomarlos en serio. Pero hasta niños había en esa casa, de manera que si efectivamente los responsables del atentado fueron estos “Eco-Extremistas”, sólo una frivolidad imperdonable podría entrar en su juego chacotero. “ITS-Chile ha dejado atrás la moral común ‘revolucionaria’, no nos asustamos si resultan heridas o muertas personas ajenas al ataque, eso está más que claro”, explicaron en su comunicado. “¡FUEGO, BOMBAS Y DISPAROS! ¡ÁNIMO DELINCUENCIA!”, reza el grito de batalla de estos malcriados que, soñando una escena rusa o francesa, en una de ésas, pudieron ser poetas, si hubieran entendido que a la poesía se entra por la puerta de la sublimación: “Me he secado en la ráfaga del crimen. Y le he jugado malas pasadas a la locura”, decía Rimbaud. El criminal es un artista frustrado.
Como sea, lo que me interesa no son los deseos delirantes de este conglomerado enfermo de violencia o fantasmagoría (porque vaya uno a saber si verdaderamente existe, si puso la bomba o si tiene más militantes que el autor de la carta que lo reivindicó), sino el título que pusieron en circulación, y que sí encierra una realidad en curso: la de los individualistas que tienden a lo salvaje y que hoy tienen una inédita posibilidad de hacerse oir. Egos tan enamorados de sí mismos que desprecian la civilización construida por otros, donde las ideas de muchos han ido generando una convivencia sin dueño que otros más irán modificando a través del tiempo, para bien si nos sabemos escuchar, y para horror de familias enteras si la violencia funciona, como decía Marx, de “partera de la historia”.

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El lunes recién pasado, el Consejo Ciudadano de Observadores hizo entrega a la Presidenta de la República de las Bases Ciudadanas para una Constitución Debatida en Democracia. Paralelamente fueron subidas a la web las síntesis de lo conversado por las 200.000 personas que participaron de este proceso de diálogos constitucionales. Todas las actas de esos encuentros están a disposición de quien quiera consultarlas. Las lecturas que se puedan llevar a cabo de estos documentos recién comienzan. Hay mucho dato que cruzar, mucho fundamento que escarbar, mucha conclusión que descifrar. Pero si hay algo que el Consejo (CCO) acordó consignar de manera unánime, fue que en esas conversaciones que observamos, no primó el individualismo tendiendo a lo salvaje. La gente conversó en paz, atenta a las razones del otro y consciente de que más allá de cada uno existía también la comunidad. Frente a frente, la rabia virtual se desvanecía. No iban a pelear, sino a encontrarse. Nosotros mismos en el CCO trabajamos así, sin imposiciones, buscando hacer de la preocupación de cualquiera de los miembros una causa de todos. La razón: no estábamos para imponer nuestros criterios, sino para garantizar que ninguno fuera desatendido. Ahora falta ver cómo seguimos adelante. Es de esperar que no sean particularismos tendiendo a la barbarie, sino ese mismo ánimo que primó entre los ciudadanos al verse las caras el que se imponga en la contienda política por venir: un civismo que propende a los acuerdos en lugar de sectarismos que pujan por imponerse. No sea cosa que esa ciudadanía a la que algunos temen tanto, a las finales resulte ser harto menos beligerante y terrorista que sus dirigentes.