Tengo que hacer una confesión que me va a desperfilar irremediablemente, incluso puede que me saque de la cosa culturosa y me tire para el lado de la sospecha radical de un sujeto disperso e incoherente, quizás hasta iluminado, pero no me importa (o no me importa tanto). Hace dos meses que estoy haciendo yoga. Años atrás algo hice en San Antonio, ciudad que, a pesar de todo, tenía sus sofisticaciones. No he podido evitar volver a la práctica de dicha disciplina corporal tan radicalmente transformadora del espíritu, es tan efectiva como estrategia de desarrollo personal (y humano, obviamente), que estoy chocho (o conforme conmigo mismo, debí decir).

Es una gran tecnología del espíritu, porque es un cuerpo en movimiento, pero que no se desplaza, como en el deporte que suelen practicar los gorilones básicos. Esa paradoja me satisface por completo. Es decir, una disciplina o práctica (mental) que implica un gran compromiso muscular y orgánico, pero siempre en el mismo sitio. O sea, se suda como esclavo sin tener que andar trotando como huevón. Además, esto del yoga supone un cuerpo en disposición de despliegue, activando áreas que el canon kinésico occidental secundariza u omite. Mis amigos me hacen bullyng, porque es lo que corresponde en el mundo de los primates, cuando hay alguien que se busca a sí mismo. Pero a mí no me importa, porque me alinea los chakras que ni te cuento, y con eso estoy al otro lado.

Cuando voy a mis clases de yoga me siento como esos niños entusiastas que recién entran al colegio y aman a su profesora, y siguen todas sus instrucciones al pie de la letra. Se provoca eso que los freudianos llaman transferencia. A mí me encanta mi profesora, la tía Leti, aunque ella en verdad es maestra de yoga y toda la gente que va, en su mayoría mujeres, gente adulta con voluntad de cambio y emancipada, creo, la llaman por su nombre, horizontalmente, pero yo prefiero decirle tía, porque me conecta con esa sensación infantil de respeto jerárquico por lo nuevo, del aprendizaje como sorpresa, algo que no quiero perder. Me energiza la huevada. No puedo evitar que los saludos al sol me fascinen y la postura savasana, que me estira la columna, me conecte en buena con una zona de mí que tengo complicada.

El yoga debiera formar parte del currículum escolar, sin lugar a dudas. Voy a cometer el mismo error de los fanáticos que se obsesionan con algo que acaban de descubrir y lo promueven como si fuera la panacea (bueno, en este caso parece que lo es). Es que hacer yoga te mejora la relación contigo mismo y con el entorno. No me imagino a un poeta o a un político haciendo yoga, y que quede claro que son lo peor que tiene la sociedad, por eso no hacen yoga. Todo sería tan distinto si el yoga dirigiera nuestra existencia, no estaríamos luchando por el poder ni tratando de hacernos indignamente un lugar en el entramado social, seríamos sujetos con conciencia de mundo y con una subjetividad más enriquecida (estaríamos más conectados con nuestro ser interno, para decirlo en la jerga correspondiente). Me cebé con la cuestión.

No puedo evitarlo, siento que debiera haber una institucionalidad para el yoga, mejoraría la política y no habría tanta gente abyecta. Andaríamos todos más conectados con nuestro ser interior. ¡Las cosas que uno dice cuando toma conciencia! Me interesa más que mi pega literatosa y culturienta. Ojalá mi alcalde se pusiera a hacer yoga, optimizaría su gestión. Yo le puedo hacer un cupo en casa Lotus en un horario conveniente, allá en Yerbas Buenas, es la raja y es barato. La muni debiera tener un departamento de Yoga dependiente de Didecos, y no hacer esos talleres de Zumba, los muy picantes. Debiera haber una comisión que se preocupara de instalar el yoga como una práctica municipal, voy a planteárselo a los concejales amigos. Creo que en la India tiene rango ministerial.

Y ahora que mi vida cambió con el yoga, debo intentar sobrevivir entre tanta gente común y corriente (por no decir ordinaria) que no hace yoga, la verdad es que no sé cómo hacerlo. Las otras dimensiones de la existencia, como lo social, lo cultural, lo patrimonial, se empequeñecen ante la evidencia de eso otro que no voy a identificar con ninguna divinidad ni nada que se le parezca, sino con una simple sesión o clase de una disciplina kinésica que me hace respirar mucho mejor y que, de paso, me hace sudar la gota gorda. Y quiero terminar parafraseando a Napoleón (na’ que ver, pero es lo que me salta), cuando decía que la corona imperial estaba en el arroyo y que había que agacharse para recogerla, ese era el único esfuerzo. Eso es lo que yo interpreto y fue, precisamente, lo que hice, agacharme y recoger ese objeto valioso que estaba ahí, cerquita. Y con el yoga uno aprende a agacharse como corresponde, sin hacerse cagar la columna.