Después de la fuga, más allá del lugar físico o geográfico en que nos encontrábamos, las actividades que emprendimos estaban orientadas a dar continuidad al rodriguismo en el exterior del país. Intentamos contribuir en los debates en torno a la realidad chilena que nos había tocado enfrentar, opinando sobre las políticas que se estaba buscando implementar, pero pronto nos dimos cuenta que era muy poco lo que se podía hacer desde lejos, y algunos comenzamos a darnos una orgánica propia, con las características de un grupo particular que intentaba vivir en la clandestinidad.

El año 1999, en una reunión de una instancia de Dirección, compartí la idea de trasladar todo el peso político hacia el interior, que era lo que correspondía; yo adherí a esa tesis, a esa decisión. Había compañeros que aún querían mantener algún nivel de influencia desde el exterior, dirigir el Frente desde un computador, lo que yo entendía que no era factible, y era también muy artificial, porque si tú no estás viendo el día a día no tienes las herramientas para tomar decisiones; sentir la cuestión política no es un asunto teórico o abstracto.

Fue entonces cuando un grupo de rodriguistas decidimos participar en la guerrilla colombiana. Recibimos una invitación del ELN colombiano a través de los compañeros del MIR que conocimos en la cárcel, que hicieron de puente para esa invitación. Veíamos que las posibilidades de volver a Chile eran complicadísimas, que ya poco podíamos aportar en ese momento al proceso chileno, y que ese otro era un escenario de lucha donde podíamos seguir creciendo como revolucionarios.

De esa forma, el rodriguismo se hizo presente en las montañas de Colombia. Participamos con ellos un tiempo. Yo, en particular, salí de allá el año 2001, y me vine a Brasil con los compañeros del MIR, para buscar el modo de obtener recursos. Nosotros no teníamos una gran necesidad, evidentemente necesitábamos sobrevivir, pero la contribución iba a ser para la guerrilla colombiana. Al pasar un tiempo allá y hacer la experiencia de esa realidad nos dimos cuenta de la escasez de recursos que tenían. Estamos hablando de la necesidad de mantener a 8.000 o 9.000 hombres armados, que requieren equipamiento, alimentación, munición. Un tiro de un AK-47 vale un dólar, y si en un combate se gastan 3.000 tiros, se gastan 3.000 dólares en un solo combate. Vas sacando la cuenta y son millones y millones los que se gastan, es una necesidad imperiosa de recursos, sobre todo en organizaciones de esa envergadura; nuestro afán era hacer una contribución y regresar a Colombia.

Mientras estuvimos allá sentimos la fraternidad de los compañeros. Nos ofrecieron que nos quedáramos el tiempo que quisiéramos, vivir allá, participar con ellos. Fue el tiempo en que más tranquilidad tuvimos, aún estando en guerra, en plena guerrilla, porque en cualquier ciudad teníamos que someternos a las reglas de la vida clandestina, lo que es una experiencia muy solitaria, en la que en cualquier momento te pueden capturar, sin que siquiera te des cuenta. La diferencia con la guerrilla es que ahí no te van a capturar nunca, no hay ninguna posibilidad; puedes morir en los combates, eso sí, pero no hay posibilidades de una captura sorpresiva. Así, después de años de estar psicológicamente estresados, fue un gran descanso para nosotros esa temporada. Además, la naturaleza en esa zona es hermosa, son montañas con selva virgen. A veces pasábamos por lugares que el hombre escasamente había pisado, o por comunidades indígenas que ni siquiera están catastradas. Estábamos en una zona en que no había llegado aún la llamada civilización. La selva estaba poblada por fauna nativa, bandadas de pájaros de colores, comunidades indígenas que no tienen vínculos con la civilización, y que tenían una buena relación con la guerrilla. Las tribus se preocupaban y cuidaban el medioambiente, y la guerrilla también; la guerrilla no ensuciaba el agua, no tiraba plásticos, no cortaba árboles. Había una gran armonía en esa zona, había salud, había contacto con la naturaleza, con las noches estrelladas. Esas comunidades cuidan la naturaleza, tienen una tremenda conciencia ecológica. Fue una experiencia muy interesante desde el punto de vista humano, más allá de la cuestión ideológica y política de la guerrilla.

Por otro lado, estar con una familia revolucionaria como el ELN, que son campesinos, son pueblo pobre luchando por mejorar su vida, fue una experiencia única. Algo que te llega al alma. Es como para querer quedarte para siempre en ese lugar, yo pensaba, de hecho, que me iba a quedar ahí, por lo menos hasta que ya no me soportaran.

A Brasil llegué a participar de una operación tripartita. Los compañeros que estaban a cargo de ella me pidieron que me incorporara. El financiamiento de la operación fue realizado por nosotros y por los compañeros del MIR. Estábamos decididos a hacer una colaboración a Colombia. Así que lo coordinaríamos nosotros mismos, fue una relación entre revolucionarios, no necesitábamos un contrato firmado, son acuerdos de palabra con una ética común. Los compañeros del MIR también tenían sus necesidades, igual que nosotros, pero sumadas no iban a ser ni un 10% del monto que íbamos a sacar, lo demás iba a ser íntegramente una contribución para la guerrilla colombiana. No se trató tampoco de que Colombia nos pidiera, o que lo preparáramos con ellos. Ellos simplemente nos dieron todas las facilidades para salir.

La operación estaba bien armada; de hecho, nuestra caída no obedeció a un problema estructural de la operación, sino que a problemas puntuales, errores nuestros. Todas las operaciones tienen su grado de riesgo, en ese aspecto no tengo nada que decir. Yo hubiese preferido quedarme en Colombia, no para evitar los riesgos, sino porque la experiencia de estar allá estaba resultando muy provechosa, en todo sentido, desde el punto de vista reflexivo y además por la libertad que experimentamos.

Todas las opciones implican costos. Silvio dice en una canción (yo siempre recurro a Silvio y a sus metáforas): “Vivirle a la vida su talla tiene que doler. Nuestra vida es tan alta, tan alta, que para tocarla casi hay que morir”; esos son los costos, costos que implican también renuncias; no haber tenido hijos, por ejemplo, tiene que ver con mis opciones. Después de la fuga pude haber dicho: “Bueno, ya hice lo que debía hacer, ahora estoy cansado y me retiro”, como otros compañeros lo hicieron, pero yo no lo hice, porque andaba buscando mi unicornio (para seguir con las citas a Silvio), así que me fui a la montaña a buscar mi unicornio.

“Un paso al Frente, Habla el comandante Ramiro del FPMR”
Mauricio Hernández Norambuena
Ceibo Ediciones
Diciembre, 2016
$14.000