Solo la Policía, los presos y Dios saben lo que ocurrió en Carandirú, la prisión de Sao Paulo en la que hace 24 años fueron asesinados 111 reos a manos de agentes. Eso es lo que un colega le dijo a Drauzio Varella, el médico que dejó por escrito la historia de la mayor masacre carcelaria de Brasil.

“Fue entonces cuando el Estado comenzó a perder el control de las prisiones”, asegura Varella, en una entrevista con Efe.

Ese descontrol ha sido especialmente visible desde comienzos de año, con el asesinato de 130 presos en distintas cárceles de Brasil, y llegó a su punto álgido en Alcaçuz, la mayor prisión del estado de Río Grande do Norte, donde los reos irguieron su bandera durante más de 10 días.

A pesar de la crueldad de las rebeliones que se han sucedido en enero, que han dejado escenas atroces de agresiones, torturas y decapitaciones, en Carandirú se escribió la página más negra de la historia penitenciaria del país con la cuarta población carcelaria del mundo.

La matanza se remonta al 2 de octubre de 1992 y se inició por un motín en el pabellón nueve de Carandirú, la mayor cárcel de Brasil en la época, que albergaba a cerca de 8.000 internos hacinados y en condiciones insalubres.

La Policía reprimió el motín con una violencia extrema, disparando contra los reclusos cuando muchos de ellos estaban encerrados en sus respectivas celdas.

En aquella época, el doctor Varella visitaba semanalmente el presidio para desarrollar un programa de prevención de sida -17,3 % de los internos estaba infectado- y su consulta acabó convirtiéndose en un confesionario donde los internos relataban las causas de sus condenas.

En su libro “Estação Carandiru”, publicado en 1999, el médico recoge el testimonio de decenas de presos y relata las duras condiciones de vida del presidio, desactivado en 2002: “Viven allí -en el pabellón 5- 1.600 hombres, el triple de lo que el sentido común recomendaría para una cárcel entera”.

La superpoblación carcelaria, sin embargo, “se ha agravado mucho desde entonces”, lamenta Varella, quien actualmente atiende a pacientes en una prisión femenina de Sao Paulo, el estado más poblado de Brasil.

A comienzos del año 2000 las prisiones del estado de Sao Paulo albergaban a unos 90.000 presos y 17 años después superan 220.000, casi un tercio de la población carcelaria de todo Brasil (620.000).

Carandirú, cuenta Varella en su libro, fue construida para acoger a presos a la espera de juicio, pero se transformó en una prisión general: “Al lado de ladrones condenados a pocos meses, allí cumplen pena criminales condenados a más de un siglo”.

Esa realidad, dice, continúa existiendo hoy en las prisiones de Brasil, “donde no se individualiza el cumplimiento de las penas, como prevé la ley”.

“Los presos peligrosos y los de tercer grado están en la misma cárcel. Ese es el drama principal”, sostiene.

La situación carcelaria en Brasil, continúa Varella, es de una “gran tristeza” y “una vergüenza nacional” que sobrepasa los muros de las prisiones: “El problema es que tenemos una población al margen de la sociedad”.

“Hay una presa que fue abuela a los 28 años. Ves que hay muchos niños criados de esa manera, con padre preso, madre presa. Una escuela de baja calidad. Llegan a adolescencia y no están preparados para el trabajo. ¿Esperamos qué? Si no se les ofrece una perspectiva, son una masa de maniobra enorme que está en contacto permanente con el crimen”, denuncia.

El oncólogo, quien visita cárceles brasileñas desde hace 28 años, reconoce que nunca tuvo la “esperanza de que la situación cambiara para mejor” después de Carandirú, que se conoció en todo el mundo de la mano por la película del mismo nombre del director Héctor Babenco, fallecido en 2016.

Un total de 73 policías fueron condenados en cinco procesos diferentes celebrados entre 2013 y 2014 por la matanza, pero un tribunal brasileño anuló el año pasado todo el proceso porque consideró que no se logró responsabilizar de forma individual a los autores de cada una de las muertes.

“Ya pasó tanto tiempo que no hay que pensar. Han pasado 25 años de eso. ¿Cómo va a juzgar un crimen tanto tiempo después? Quien comandó la invasión murió. Son cosas que lamentablemente quedan impunes”, concluye Varella.