“Una amiga sufrió esta semana el acoso de un hombre que le mostró el pene en la calle y eso me hizo recordar un traumático episodio del que nunca me atreví a hablar hasta ahora”.

Así comienza una carta abierta de una mujer en contra de su amigo que se masturbó en su espalda mientras estaban acostados, y que el sitio Pousta.com publicó esta semana.

En ese sentido enfatizó que “como víctimas de una situación violentamente sexual, el único error que cometemos es callar. Por miedo y por confusión, nos quedamos mudas porque es algo que no se espera vivir. Mi mamá siempre me dijo que no dejara que nadie se me acercara a menos que yo quisiera, que ‘No’ significaba no y que si tenía que gritar, lo hiciera. Hasta que un día se me olvidaron sus consejos y pasó que entendí, por fin, la importancia del consentimiento”.

Sobre su historia sostuvo que “vivimos juntos por un año, como amigos. Dormimos decenas de veces juntos, como amigos. Dejamos de vivir juntos y seguimos siendo amigos. Pero un día me quedé en su casa después de un carrete y quise dormir en su cama junto a él. Estaba curado y me empezó a toquetear, incluso aunque le pegara en las manos y le dijera que no. El forcejeo fue violento y terminó masturbándose solo en mi espalda, incluso cuando yo estaba hecha bolita en la cama”.

Tras finalizar el repudiable acto de su amigo, la autora de este escrito relató que “no, no me fui al tiro. No salí corriendo. No le dije nada cuando terminó. Tampoco lo denuncié porque creí que era muy poco, porque finalmente era uno de mis amigos más queridos y estaba cagada de susto. Pero su presencia online me colapsó y terminé eliminándolo de todos lados. Pero nunca le he dicho nada”.

“Y no es que sea un problema exclusivo chileno. Debe haber algo en este mestizaje latinoamericano, una necesidad de dominar violentamente al oprimido, y lamentablemente las mujeres, los inmigrantes y los miembros de la comunidad LGBTI+ ocupamos el sitial que alguna vez la totalidad de los indígenas ocuparon. En un viaje al Perú, hace un par de semanas, los pitazos de taxis, las miradas de los hombres y los silbidos desde las construcciones me colmaron la paciencia y me dediqué a repartir palabrotas por las calles. Mirando a las otras mujeres peruanas entendí que mi cuerpo parecía una visión de un oasis, porque todas caminaban con pantalones (chicas y grandes) y nunca vi un short o una falda. Eso está reservado para las mujeres que turistean solas”, lamentó.

En otros pasajes, resaltó que tras ser víctima del abuso de su amigo “me acordé de Marina y María José, las chicas argentinas que mataron en Ecuador y el clamor femenino de la impotencia de no poder ni siquiera salir de viaje tranquilas porque algo te puede pasar. Me tiene hasta la mierda el comentario gratuito sobre mis tetas, mi culo, la forma en que camino, el trago que me quiero tomar en un local, la manera en que bailo en una disco. No hago todas esas cosas para impresionarte, hombre, las hago porque son algo tan profundamente mío que tus palabras y tus acciones simplemente me violentan el espíritu”.

“Ojalá algún día, una normal salida de amigas pudiéramos dejar de hablar de todas esa basura desagradable que te pasa por ser mujer. Queremos conversar de lo bacán que es estar juntas y tranquilas y no de tu pene meneándose frente a nosotras en plena Alameda”, sentenció.