Si usted no tiene la menor idea de cómo son las clases de yoga, un artículo de Vice recoge historias del lado B de esta disciplina que cada vez cuenta con más adherentes, sea por moda, sea por pretender mejorar la elongación.

Annika Borg, 24 años, recuerda que pasó “una clase entera de yoga con mi tanga completamente metida en el trasero porque en algún punto me estiré de más”.

Como sólo tenía 14 años, afirma que el hecho de tener el calzón metido en la raja no le generó placer alguno, y que luego, ya más grande, nunca le voy a acontecer nada similar.

Yulanda Luka, 26, rememora que “al final de la clase, normalmente descansamos en la pose Savasana durante unos minutos, y luego el instructor nos pide que nos levantemos lentamente y dice algunas frases para indicar que la clase ha terminado”.

En eso estaba en una oportunidad cuando “la clase terminó y todos seguían acostado en sus tapetes, o preparándose para salir. Fui una de las primeras en levantarse y cruzar el salón para guardar mi equipo. Mientras caminaba por la habitación, me resbalé con el charco de sudor de otra persona y caí con el trasero. Estoy hablando de una caída con la pierna recta, que casi llega al techo. Todos en la habitación quedaron sorprendidos y luego permanecieron en silencio”.

Kelly, 27, dice que luego de hacer Moksha por años, se aventuró a probar el Bikram, ese que se practica en una sala a 40 grados de temperatura.

“Acababa de regresar de una viaje de mochilazo a Centroamérica donde había pescado algún virus, y no me sentía muy bien, pero fui a la clase de todos modos. Dentro de los primeros cinco minutos empezamos a hacer ejercicios de espalda y de respiración que realmente no me estaban sentando bien. Tuve que hacer un enorme esfuerzo por aguantar y no vomitar. Más pronto que tarde, sentí que ya no podía más y me dirigí hacia la puerta. El instructor me aconsejó que me quedara y siguiera con mi respiración; sin saber lo que iba a suceder a continuación. Lo único que recuerdo es vomitar un batido de proteína lechosa en la parte delantera de la habitación, lo que arruinó por completo el estado de paz de mis compañeros”.

Samantha Duff, 26, dueña de estudio de yoga, recuerda que “fue un momento muy memorable”. Dice que estaban haciendo yoga caliente “y todo el mundo estaba sudando como loco, y una de nuestras estudiantes menos coordinadas se resbaló de su tapete y golpeó el suelo. Se oyó un fuerte peo. Y luego se echó a reír. Cuanto más se reía, más peos salían. Era una ráfaga, como una ametralladora. No podíamos dejar de reír. Fue hilarante”.