Tan preocupada estaba María Isabel Polanco por la ausencia del franchute, que decidió ella misma ir a buscarlo a Punta de Lobos. La dueña del Hotel Rocas del Pacífico, ubicado en Pichilemu, pensó que se había ahogado practicando surf en la playa y que su cuerpo podía estar atrapado en medio de las rocas. Era la versión más trágica, sin duda, pero la que más le hizo sentido ese caluroso domingo de enero del año 2002.

Rees Wills había salido esa misma tarde de la habitación número tres, en el segundo piso del hotel, vestido con un ajustado traje de surf y una vistosa tabla que cargaba en una de sus manos. Con la otra improvisó un gesto amable dirigido al camarero, dándole a entender que regresaría pronto.

Manuel Fuenzalida lo esperó ese día hasta tarde. El extranjero jamás le había pasado propina y pensaba que antes de retirarse lo recompensaría. No en vano, los cinco días que Wills alojó allí, el camarero lo atendió a cuerpo de rey.

El turista francés, supuestamente oriundo de Paris, solía pedir centolla y salmón a su habitación. Y es probable, intuye María Isabel Polanco, que hasta haya comido langosta: “La carta estaba en la pieza y los camareros siempre tratan bien a los extranjeros por las propinas”.

La señora Polanco describe al hombre que la engañó como un tipo alto (medía 1,90), carismático y buen mozo: “Todo el mundo caía en sus redes, era un joven muy dije, nunca pensé que me estaba haciendo lesa”. Hasta su esposo en ese entonces, Celso Pavés, le prestó su auto para que fuera a dejar a su acompañante, una jovencita de Reñaca, al terminal de Pichilemu dos días antes de marcharse. “Se lo pudo haber llevado, pero regresó y lo estacionó afuera. Así era el nivel de confianza”, dice Celso, como queriendo decir otra cosa.

Por el hotel habían pasado otro tipo de embaucadores. Lanzas internacionales que huían dejando maletas llenas de papeles en las habitaciones. Al retirarse siempre usaban la vieja técnica del “voy vuelvo”. “Lo pasaban bien, eso sí”, dice el dueño del hotel, dando a entender que lo comido y lo bailado no se los quita nadie.

Menos al francés que casi todas las mañanas pedía desayuno al dormitorio, luego se sentaba en la terraza con la rubia de Reñaca a contemplar el mar, almorzaba alguna exquisitez de la carta, y en la tarde partía a surfear a Punta de Lobos. Montar una ola era, probablemente, la mejor manera de resumir su vida: esperar pacientemente en el horizonte hasta que se dieran las condiciones óptimas para embestir. Eso era en el fondo lo que hacía a diario. O al menos intentaba.

Pese a no llevar traje, Wills se las arregló para convencer a José Luis Romero, uno de los tantos surfistas del lugar, para que le prestara uno mientras duraban sus vacaciones. Era el mismo que utilizó cuando abandonó el hotel por última vez. Adentro del estuche de la tabla guardó toda la ropa que llevaba y desapareció del mapa sin dejar huellas.

María Isabel Polanco, ingenuamente, puso una denuncia por presunta desgracia. Al otro día, el lunes en la mañana, los dueños del hotel ingresaron a la habitación junto a una pareja de carabineros. Sólo encontraron una vieja mochila y unas cuantas prendas de vestir. Ni rastros del parisino.

Los carabineros consultaron a policía internacional si algún extranjero francés de nombre Rees Wills había ingresado al país durante los últimos meses. Ni el número de pasaporte, ni el nombre del individuo estaban registrados. Jamás había pisado territorio nacional.

Esa misma tarde apareció en la recepción el surfista que le había prestado un traje unos días atrás. También había sido engañado. La dueña del hotel se lamentaba al principio de su candor, pero al rato terminaba riéndose sola. “Y yo que pensaba que se había ahogado”, cuenta 14 años después de la farsa.

María Isabel Polanco puso una denuncia por estafa por la suma de 325 mil pesos. Cuando llegó al tribunal a declarar le mostró al juez un recorte de un diario donde salía un tipo que había hecho lo mismo en Temuco. Era la foto del hombre que pensó que se lo había tragado el mar y que buscó desesperada en la playa; el francés. Su verdadero nombre era Marcelo Guillermo Smith Bofill. Lo llamaban el “Bello Marcelo”.

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Llegó a la pensión Juanita diciendo que se llamaba Felipe Velasco, un estudiante español becado por el Rotary Club de Toronto, que se encontraba haciendo un postgrado de periodismo en la Universidad de la Frontera.

La señora Juana Muñoz, dueña de la residencial, dice que el tipo “cuidaba todos los detalles”. “La ropa que usaba era española”, declaró algo contrariada en el parte policial, argumentando que hasta se habría inscrito en un gimnasio cercano para no levantar sospechas.

No todo era mentira. Smith Bofill se había conseguido una beca postulando a través de internet, con gastos de manutención incluidos, que le permitió pasar por varias universidades sin levantar mayores sospechas. Cuando lo descubrieron comenzó a falsificar él mismo los documentos. Tuvo pasos fugaces en la Universidad de Chile, de Concepción, la Austral, la Andrés Bello, la Cervantes y algunos institutos privados. “Era mucha plata y pude vivir tres años. Con la beca pagaba y vivía. Lo pasaba bien”, comentó el año 2003 en una entrevista.

Marcelo Smith Bofill nació en Viña del Mar el 19 de marzo de 1972. Cuando tenía tres años sus padres se trasladaron a San Bernardo, en las inmediaciones del paradero 36 de la Gran Avenida, donde vivió hasta los veinte años. Lo que vino después es parte del libreto que el mismo se encargó de escribir. Ha contado en los medios que estudió en el Don Bosco y luego tres años de diseño en la Universidad Arcis. También que tuvo que abandonar su casa por un quiebre con su padre y que desde entonces –vaya a saber uno si es verdad- comenzó a montar “un mecanismo delictual” que empezó como un juego, pero que con el tiempo traspasó la frontera de “lo permitido”. Se sentía como Frank Abagnale, el personaje de Leonardo Di Caprio en “Atrápame si puedes”, un hábil y escurridizo estafador que se hacía pasar por fiscales, médicos y hasta piloto de avión.

Cuando llegó a la “Pensión Juanita”, en agosto de 2002, interpretaba el papel de un español llamado Felipe Velasco. A los detectives, después de su detención, les confesó que se había encerrado varios meses a ver películas españolas en el cable y que había aprendido el acento sin mayor dificultad. Con el dueño de la residencia, Reinaldo Cañete, hablaba constantemente de fútbol, otra de sus aficiones, intentando ganarse su confianza a toda costa. “El tema que tocaba, lo hablaba con base, tenía una personalidad única”, recuerda.

Apenas llevaba unos días, cuando se ofreció para arreglarle un viejo notebook a Reinaldo. Le dijo que tenía un amigo técnico y que le regresaría el equipo prácticamente nuevo. El dueño de la pensión le pasó 22 mil pesos, primero, y luego 10 mil más para reponer algunas piezas en mal estado.

De ahí no paró más: le dijo que su tarjeta del banco se había echado a perder y si le podía prestar 50 dólares hasta solucionar el problema. Aceptó. Otro día le inventó que saldría a una fiesta y necesitaba dinero para comprarse ropa. Reinaldo le pasó un cheque en blanco que el estudiante llenó en una tienda comercial, por 149.920 pesos, que supuestamente reembolsaría cuando sus padres le depositaran el dinero mensual para sus gastos.

Dos días antes de esfumarse, Felipe Velasco le pidió prestado a la señora Juana una cámara de video. La suya, le dijo, se le había echado a perder y necesitaba entregar urgente un trabajo en la universidad. El aparato se lo entregó en un bolso donde guardaba los casetes con las imágenes del nacimiento de su hijo. Eso es lo que más lamenta la pensionista. “No es que hayamos sido pavos, pero en ese tiempo no existía tanta maldad. Era tan respetuoso, salía todo el día a estudiar, que tratábamos de hacerlo sentir como si estuviera en su casa”, reflexiona la mujer hoy.

La misma mañana que desapareció, le regaló unas zapatillas a la señora Juana que había comprado con el cheque que le había prestado su esposo. “Que Dios lo bendiga”, le dijo la mujer, pensando que regresaría a la tarde después de la universidad.

El único que llegó a la residencia fue un gringo que le había prestado dinero y una mochila a un tipo de nacionalidad española que había conocido en la facultad. En la habitación sólo encontraron el bolso. Felipe Velasco se llevó el computador malo, la cámara avaluada en 400 mil pesos y “vacunó” a los dueños de la pensión con 180 mil pesos de gastos en hospedaje.

El 30 de agosto de ese año, la misma temporada en que el Real Madrid conquistó su 29 título de liga, la señora Juana interpuso una denuncia por estafa en los tribunales. Marcelo Smith Bofill la había hecho de nuevo.

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No era malo, pero tampoco el crack que presumía ser. Dicen que aguantaba el balón, que tenía una derecha respetable, pero la mayoría coincide que era demasiado lento; algo torpe incluso. “Un tronco con técnica”, resume Pablo Veloso, portero del equipo de periodismo de la Universidad de Concepción en el año 2002.

Gerard Rees llegó como estudiante francés de intercambio y aseguró a sus compañeros haber jugado en las divisiones inferiores del Paris Saint Germain. Algunos exjugadores cuentan que el técnico del equipo, Rodrigo López, le “prendía velas”. “Se nota que viene del fútbol europeo”, comentaba entusiasmado.

Con su metro noventa de estatura, Gerard se ganó el puesto de titular indiscutido en el mediocampo. Sus compañeros en el camarín le enseñaron garabatos en español, pero él prefería putearlos en su propio idioma. Veloso recuerda que una vez se comió un gol y tuvo que bancarse sus retos en un francés champurreado. “Siempre mantenía el personaje”, acota.

El personaje, en rigor, era un tipo solitario, amable y silencioso. Un francés bien vestido, con el pelo barnizado en gel, y un acento meloso que embobaba. El escritor Tito Matamala, entonces profesor suyo en la cátedra de periodismo interpretativo, cuenta que algunas chicas le pedían que les enseñara francés y él les decía que prefería practicar castellano. “No tenía idea del idioma, pero era encantador. Hablaba parecido a Pepe le Pew y como era moreno, contó que era hijo de argelina. El tipo era un maestro”.

Gerard enamoró, de hecho, a varias muchachas de la facultad. Pero antes de su último acto de escapismo, les pidió prestado cámaras, computadores y dinero. Cuentan que estafó a cuatro mujeres, menos a su polola oficial. Otros dicen que invitó a una estudiante alemana a la playa y que habría girado sin su autorización dos millones de pesos. Lo cierto es que Policía Internacional andaba tras sus pasos y llegaron a la misma universidad a buscarlo.

Para entonces, Marcelo Smith tenía 30 años y un prontuario de nueve delitos, entre ellos estafa, hurto, apropiación indebida y suplantación de persona, su especialidad. Un juego de máscaras con distintos nombres y nacionalidades que empleaba de acuerdo a la ocasión: José María Bootan, Felipe Iñaki Velasco, Sergio Bofill, Gerard Wills, Jean Phillipe Chastnac y Rees Wills Roys. A veces se hacía pasar por un acomodado estudiante europeo, un tesista de derecho internacional, un turista aficionado al surf o un chileno hijo de exiliados.

Lo que más recuerdan en Concepción, en todo caso, es su faceta futbolera. Ese año coincidió, además, con el mundial de fútbol Corea/Japón, donde Francia se presentaba como el monarca vigente. Gerard estaba tan entusiasmado que cometió un error garrafal: comentó que había sido compañero de Djibril Cissé, campeón del mundial anterior, en las divisiones menores del Paris Saint Germain (PSG).

A los aspirantes a periodistas deportivos no les cuadró el dato. Cissé había iniciado su carrera futbolística en el Nines Olympique, luego pasó al Auxerre, donde alguna vez jugó Pedro Reyes, y posteriormente emigró al Liverpool de Inglaterra. Jamás pasó por el PSG.

¿Sobre la campaña de Gerard? Bueno… dicen que el DT lo bancó hasta el final y que después tuvo que comerse un trolleo que duró varios años. Pablo Veloso, el portero del equipo, recuerda que a Gerard Rees le tocó patear el último penal en una definición de un torneo interfacultades. Fue el único gol que hizo en todo el campeonato. Los demás, los hizo afuera de la cancha.

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José María Boolten Velasco llegó a arrendar una pieza al departamento de Carla Aguirre y Paula Mancilla, ubicado en la calle Domeyko, en septiembre del año 2001, luego de leer un aviso en los clasificados de El Mercurio.

Boolten se presentó mostrando un pasaporte español y un documento de la Universidad Católica que acreditaba que era un estudiante de intercambio en la carrera de periodismo. Las muchachas lo aceptaron sin mayores reparos y convivieron con él durante dos meses.

A los pocos días el español convenció a Carla que podía conseguirle un pasaje a Europa a mitad de precio. La muchacha, ilusionada, comenzó a ahorrar dinero, pidiéndole incluso plata prestada a su padre. A mediados de noviembre, había juntado la no despreciable suma de 400 mil pesos. Boolten tenía todo fríamente calculado.

El 25 de noviembre de ese mismo año, Carla despertó en la mañana y comenzó a buscar una mochila que jamás encontró. Tampoco el dinero que había juntado para el viaje que tenía programado para el verano. Las sospechas de inmediato recayeron en el español que el día anterior había abandonado el edificio junto a una estudiante de nombre Georgia.

Smith Bofill comentó a la policía, luego de ser detenido, que no era efectivo que había hurtado el dinero y las especies, pues cuando se marchó estaba en el departamento Paula Mancilla. En su declaración reconoció, además, que “había estudiado en varias universidades, utilizando nombres supuestos y documentos que él mismo falsificaba”.

Después de la denuncia de Carla Aguirre, otros afectados se atrevieron a declarar. Pablo Quinteros conoció al personaje como el pololo español de su hermanastra Lucía, que había llegado a estudiar al país proveniente de Guatemala. Lo recuerda con lentes Armani, chaqueta de cuero y zapatos de vestir: “Nos contó que su papá era un empresario naviero, empezó a aparecerse casi todos los fines de semana en la casa, se quedaba, así empezó a caer en gracia. Mis viejos lo atendían como rey, hasta le sabían los gustos. Le encantaban las empanadas”.

Lucía estaba tan enganchada de José María que incluso le compró un celular y hasta le pagaba un plan telefónico. Una de las tantas veces que el español visitó el hogar, le ofreció a Pablo un computador que estaba a punto de llegarle de Europa. Como el español se lo vendía en 300 mil, su entonces cuñado pensaba duplicarle el precio en una eventual reventa.

En cuanto llegó a sus manos, Pablo publicó un aviso en el diario para venderlo. Francisco Saavedra fue el desdichado comprador que una semana después de haberlo adquirido, revisando los avisos clasificados de El Mercurio, se encontró un anuncio de encargo por robo del mismo computador que acababa de comprar. Saavedra, intentando evitarse más líos, decidió denunciar a la policía.

El dueño real del computador, Rodrigo Carrasco, declaró que una semana antes se había juntado con Pablo Quinteros en el hotel Libertador, ubicado en la Alameda, para venderle un notebook. El tipo le dijo que era médico, lo hizo pasar a su pieza, y lo invitó a almorzar mientras esperaban a un amigo que revisaría el equipo.

Antes de terminar de comer, el matasanos le pidió a Carrasco que lo excusara un minuto, mientras subía al dormitorio a buscar a la persona que le daría el visto bueno a la compra. Si no, le dijo, regresaría con el computador. Nunca apareció. Al otro día, cuando Carrasco regresó al hotel le dijeron que el doctor no había llegado y que tampoco había pagado el almuerzo. Lo otra parte de la historia la intuía: el computador se lo había llevado el falso médico.

Los detectives llegaron esa misma semana a la casa de la familia de Lucía con una citación a nombre del supuesto estafador; Pablo Quinteros. El muchacho fue a declarar al otro día, intentando explicarle a los policías el enredo en que lo había metido el pololo de su hermanastra. Efectivamente él era Pablo Quinteros, les dijo, pero lo había suplantado José María Velasco que a su vez era otro personaje: Marcelo Smith Bofill. “Ahí se destapó la olla y quedó la mansa cagá en la casa”, recuerda.

La familia contrató un abogado y presentaron una denuncia luego de descubrir que, además, el español les había robado dos cámaras fotográficas marca Nikon. Lo peor, vino después. La pobre Lucía, completamente avergonzada, le contó que estaba esperando un hijo del hombre que los había estafado. Apenas nació el bebé regresó a Guatemala.

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A los búlgaros los conoció en un gimnasio del centro de Santiago, pese a que tenía reclusión domiciliaria total. Catorce años después de sus andanzas como gigoló universitario, y tras cumplir algunas condenas que lo mantuvieron varios años en prisión, el Bello Marcelo tuvo que reinventarse. Tenía 44 años de edad y el cuento del estudiante de intercambio era ya imposible de interpretar. Una vez más, como lo había hecho toda su vida, tuvo que mutar en otro personaje.

Vivía en un departamento en calle Nataniel Cox con una dominicana, tenía un hijo, se paseaba en una camioneta Porsche Cayenne, avaluada en más de 45 millones de pesos, que arrendaba mensualmente en una automotora. Aparentaba, en el fondo, ser un exitoso hombre de familia.

La policía le seguía la pista. Efectivos de la Brigada de Delitos Económicos de la PDI (Bridec) estaban investigando una red de clonadores de tarjetas bancarias, cuando vieron las imágenes de un sujeto alto, con lentes y gorro, retirando dinero del cajero de un supermercado en Providencia en septiembre del año pasado. “Le encontré cara conocida, pero al principio no logré identificarlo”, cuenta el comisario Carlos Paz.

Pese a que ya no era el hombre de los mil rostros, el instinto camaleónico de Smith Boffil se mantenía intacto. Es probable que esa misma estampa de hombre de mundo, le haya abierto las puertas a la red más sofisticada de clonadores que haya pisado el país.

Los búlgaros ingresaron a Chile con pasaportes griegos. A diferencia de los instaladores de skimmer, cuyo kit de clonación es adosado en la estructura exterior del cajero, incorporando una cámara espía y un lector de banda magnética, la estrategia de los europeos era prácticamente indetectable. La vulneración, en rigor, venía del interior del sistema.

El éxito en la defraudación, en términos prácticos, dependía de la habilidad de la organización extranjera para convencer a un técnico de instalar un dispositivo al interior de la máquina. No se demoraron mucho en encontrar a un cómplice. Un funcionario de mantención, perteneciente a una empresa externa, fue el encargado de introducir la pequeña caja en el dispensador y luego dar aviso a los delincuentes.

El comisario Roberto Villarroel explica el modus operandi: “Intervinieron la gaveta con un módem que captaba la señal entre el banco y el usuario, a través de un mecanismo de Box Pass, que permite bajar los números de claves y tarjetas”.

La novedad del mecanismo era que transmitía los datos a través de un sistema Wi Fi, que les permitía operar en las inmediaciones sin levantar sospechas. Quien más se arriesgaba, en verdad, era el encargado de activar el dispositivo y luego desconectarlo. Esa persona era Smith Bofill. “Él tenía la misión de generar un “on” y luego un “off” en el aparato, para que otros recibieran la señal y crearan tarjetas para utilizarlas en ese lapso de tiempo”, explica el comisario Villarroel.

Los detectives de la Bridec, a través de las cámaras de seguridad de un supermercado, detectaron que el sospechoso había cargado una tarjeta Bip al interior del local. Así obtuvieron su rut y luego su dirección. Fue entonces cuando el comisario Paz, descubrió que el hombre que había olisqueado en las imágenes era un viejo conocido de la Bridec.

Las primeras diligencias se concentraron en algunos café con piernas del centro de Santiago. Ninguna de las chicas del café Bombai reconocieron a los búlgaros, pero sí lograron identificar en el set de fotografías a Smith Bofill. “Nos dijeron que pasaba seguido en local y que las invitaba a su departamento a ver los partidos de fútbol de las selecciones de sus países. Incluso decían que tenía una polola en uno de ellos”, cuenta el comisario Paz.

La idea de los investigadores era cazarlo in fraganti. Varios miembros de la brigada estuvieron de punto fijo atentos a los movimientos de Smith Bofill. Los sabuesos, literalmente, le respiraban en la nuca. Primero lo vieron ingresar a un BCI, cerca de la calle 10 de Julio, luego a una sucursal del Banco Estado y posteriormente a un Tottus. Antes de subirse al Porsche, los detectives se abalanzaron sobre él.

-¿Estai clarito en lo que andamos?- le preguntó el comisario Paz.

Smith Bofill, como jugando a las adivinanzas, respondió que probablemente era producto de una causa anterior por clonación. El detective le habló de las imágenes obtenidas del cajero y de la banda de clonadores búlgaros. El hombre se hizo el desentendido y les propuso ir a buscar algunas cosas a su departamento. “Intentaba demostrar que no tenía nada que lo inculpara en el lugar”, agrega Paz.

El domicilio, efectivamente, estaba limpio. En la casa se encontraba una ciudadana dominicana con un niño de dos años. La mujer declaró que hacía poco se había enterado que su pareja no era quien decía ser, periodista, y que no tenía idea que andaba involucrado en delitos. El celular del Bello Marcelo no paraba de recibir mensajes.

-Mi amor, ¿Qué te pasó? ¿Dónde estás?-, le escribió una mujer preocupada.

Smith Bofill compartía otro departamento con una amante, que luego de verlo en los noticiarios, acudió despechada a la PDI a entregar un montón de tarjetas que guardaba en su casa. El bello Marcelo, fiel a su estilo, jugaba a dos bandas.