En la historia personal de la infamia, el chanta tiene un papel secundario: no le alcanza para infame. Es un pillín ladino y ventajero que ve donde otros no. Qué fueron Picasso, John Cage, Ornette Coleman, Andy Warhol, sino que unos expertos en tomar los atajos adecuados. De eso se trata. “Si cometes un error, hazlo fuerte, sin timidez ni culpa, para que pase como parte del estilo”, le escuché una vez a un músico. No va a faltar quien diga que esos genios llegaron a esas obras luego de estrictas reflexiones. Aun así, tomaron el atajo que nadie se atrevió a tomar.

Hay otro tipo de chanta, cuyo lema principal es “en pedir no hay engaño” o “si pasa, pasa”. Recuerdo cuando estábamos con mi compañera de proyectos en Europa, en la Rockefeller, y si un ministro mostraba sus memorias o un músico mostraba su disco, yo cara dura les preguntaba “¿puedo quedármelo?” y, ante la estupefacción, no les quedaba otra que entregar el material. “Este, de tan barsa, me cae bien”, decían. Ese tipo de chanta tiene como arma y defensa la ligereza de su sangre y cierto límite con su picardía que no alcanza el grado de fechoría o infamia. El compadre Moncho, de Los Venegas, es quizás el representante clásico de esta última estirpe: una especie de bolsero con modales, adicto a los Teletraks y cafés con piernas. Al mismo actor, que da la impresión de representarse a sí mismo, se lo ve circular por cualquier calle céntrica a pie con esa chasca que sólo se atreven a tener los barsas o los genios.

Por razones prácticas, tuve que escribir esta columna en un cyber café y la señora del lugar -una madre soltera inmigrante peruana- me re mega cagó cobrándome, probablemente, el triple de lo que consumí, mientras su hijo veía televisión a todo volumen. Pero, en fin, no quería líos. Es una mierda que el estereotipo del latinoamericano sea ese: te das vuelta y te cagan. Viví en Argentina y ahí los chantas abundan, pero a veces esa actitud es hasta de camaradería y seducción, vía risa, ese vehículo de toda ambigüedad. En una ocasión, yo estaba evidentemente pasado de copas y le pedí otra cerveza al mesero, que asintiendo y como si nada, me trajo un café.

El origen de la antipoesía es eso: la tomada de pelo que nace de años de explotación latifundista. El inquilino se defiende con humor, el huaso se defiende con palabras resbaladizas de un santiaguino, sin que este se dé cuenta. El huaso lo hace pisar palos, piedras con musgo. En inglés a eso le llaman wit: ingenio, gracia, buen juego de piernas verbal.

Todos somos chantas, algunos de los buenos y otros de los malos. El arte, el coaching, la academia, la literatura, el periodismo que es otra ficción. O las reconstrucciones chamullentas de la vida animal hace millones de años en NatGeo, donde nos quieren convencer que ciertas criaturas inverosímiles y monstruosas fueron los parientes primitivos de la araña o la jaiba. ¡Cómo disfruto esas cuchufletas! Y no hay nada más chamullento, como el coaching ontológico de Rafael Echeverría o la “Administración y comunicación en la oficina del futuro” de Fernando Flores. “Soy chanta como ustedes… pero poderoso”, sería el meme sobre Luksic. Y ni hablar de la mayoría de los papers académicos, que deben leerse en clave humorística, la única manera de tragárselos.

Hay genios del chantismo. En Close Up, de Kiarostami, un sujeto se hace pasar por un famoso director de cine y convence a una familia burguesa de actuar y financiar su película. Hasta que lo descubren y enjuician. Todo es real. En el juicio, el chanta se defiende diciendo que lo suyo era actuación y que, de hecho, la película se está haciendo y la familia está, efectivamente, actuando porque están en la audiencia del juicio siendo filmados. O sea, finalmente hubo película, como prometió.

También está el chamullento sin remedio, el hipnotizador y farsante nato, como es Jodorowsky. Si se le tiene paciencia a las últimas películas, se puede disfrutar de lo imprevisto y deslumbrante de sus primeros filmes. Todos somos chantas, arty farties. Pero el enemigo por excelencia no es el chanta ni el arty farty, sino el filisteísmo, el creer que todo tiene que tener una seriedad, un objetivo y servir para algo, que la única pega de verdad es la que implica sudor y humillación. Los chantas son la cosquilla de la cacha, el aderezo del plato, y la gente sonríe negando con la cabeza, medio agradeciendo su encanto, porque inesperadamente terminan siendo refrescantes las salidas del fresco de raja, y no queda más remedio que dejarlo actuar de sí mismo, como a nuestro criollísimo y urbano compadre Moncho.