“Quien dice la verdad no debe preocuparse de lo que ha olvidado”. Aunque parezca curioso, la frase se le atribuye a Mark Twain, un escritor que, para poner de manifiesto las contradicciones de su época, creó a Huckleberry Finn, un pícaro que sabía instintivamente que la única manera de protegerse del pérfido mundo de los adultos era recurrir a la mentira.

El chanta, en cambio, no miente en defensa propia. El chanta embolina la perdiz para ganar algo. Se pone por encima de la comunidad. No le interesa el bien común sino solo su propio provecho. Es un individualista. Construye realidades alternativas a los hechos. Por lo general no es peligroso sino apenas síntoma de los males del sistema.

El chanta es un narrador amoral.

Tiene talento, tiene verso. Hemingway, sin ir más lejos, premio nobel de literatura, fundador (junto con Chéjov), del cuento moderno y un grandísimo narrador, era un consumado mentiroso. A pesar de que fue herido de gravedad durante la Primera Guerra Mundial, mintió, exageró, inventó ficciones: por ejemplo, dijo que había peleado en batallas cuando ni su sombra andaba por ahí. Acá en Chile, en una situación algo menos radical que la guerra, el Chico Molina hizo pasar por suya “Demian”, la novela de Herman Hesse, ante el ignorante aplauso de algunos de los poetas y narradoras más importantes de la generación del 50, quienes congregados en torno a una mesa y una que otra vitualla escucharon atentos y arrobados el dizque nuevo talento de la literatura patria. Molina, en realidad solo se había limitado a traducir el primer capítulo del libro.

Rondan miles de anécdotas como las de Hemingway y Molina, y aparte de sacar unas cuantas sonrisas o una que otra mueca de espanto en exceso moral, su existencia impone la pregunta sobre cuánto de real hay en la ficción biográfica y cuánto de mentira, distinción que en nada se parece a la relación que sostienen el agua y el aceite: en literatura, sobre todo en las biografías y autoficciones, después de un tiempo, realidad y ficción se confunden, una ya no flota sobre la otra. (Particularmente engorroso es el caso de la autoficción, pues el lector de una obra así tiene que negociar la información “real” que posee del “personaje” de la que proporciona el narrador en el universo supuestamente cerrado de la obra de arte —una creencia prácticamente desterrada en el mundo del arte contemporáneo.)

El chanta literario, tal como el chanta fuera de la literatura, vende gato por liebre. El problema es que, a diferencia de los políticos, quienes se miden constantemente contra la opinión pública y el periodismo, el escritor chanta puede ofrecer una cosmovisión falsa precisamente porque no hay cosmovisión falsa sino tan solo aquellas erróneas. Así, Miguel Serrano, un chanta kitsch en toda regla, vendió una pomada esóterica-nazi que hasta el día de hoy compran con felicidad algunas personas preocupadas en demasía sobre el apagón de la carne y el destino de la luz. Los arrebatos místicos de Paulo Coelho y otros adláteres de la autoayuda no parecen necesitar mayor mención. Son el summum de lo chanta. Tiburones en un mar de pescadillos deprimidos. No son muy distintos de los banqueros de Wall Street. Ni qué decir de Pilar Sordo y sus secuaces. Y aunque es posible que hayan en efecto ayudado a alguien a salir de tal o cual problema, de ello resulta un individuo tonto y apocado por los formulismos simplones de psicólogos o terapeutas o de gente que crea programas para hacer dieta, con la autonomía, la libertad para pensar, de un militante agresivo de una causa nefasta.

El peligro de la literatura chanta es solo inferior al del político chanta. Mientras el segundo puede poner de cabeza una sociedad entera, un chanta literario exitoso desarma, para mal, la cultura, ofreciendo modos de mirar el mundo que nada aportan o que condenan al inmovilismo. Y todo en aras de la vanidad o el bolsillo.