Manos de mantequilla
Terminando la década del 80, Alfredo Uicich, argentino, llegó a Chile para vender chaquetas de cuero. Era fanático del fútbol. Con los años, se las arregló para probarse como arquero en Palestino. Increíblemente quedó.

Jugó sólo dos partidos en su vida. En su debut le metieron cinco goles. El entrenador le dio la confianza y lo mantuvo al siguiente encuentro. Como si sufriera de una maldición, a Uicich le volvieron a encajar cinco.

Nunca más volvió a atajar. Le rescindieron rápidamente el contrato y volvió a su antiguo rubro. Murió en el 2004 en un accidente de tránsito.


 

EL Káiser

Para muchos, el futbolista más mentiroso de la historia del fútbol. Apodado el Káiser por su parecido físico con Beckenbauer, este jugador brasileño pasó por varios clubes de su país desde mediados de los 80 como Botafogo, Flamengo, Vasco de Gama, Fluminense, por nombrar algunos. Pero Carlos Raposo lo que menos hizo fue jugar fútbol.

A los 23 años tenía como amigo a Mauricio, uno de los ídolos de Botafogo. Dueño de un carisma único, Raposo le pidió al futbolista que hiciera las gestiones para entrar al club. Increíblemente, el club confió. Firmó contrato, pero al primer entrenamiento se tocó la pantorrilla acusando una lesión. Estuvo 20 días parado. Cuando ya no tenía excusas, un amigo dentista le pasó una licencia.

Botafogo obviamente se aburrió, pero como ya tenía experiencia logró que otros clubes lo contrataran, recomendado por amigos de la talla de Romario, Ricardo Rocha o Bebeto. En 1989 fichó por el Bangú. Como no logró inventar algo creíble, el técnico lo convocó para jugar un partido. Sería suplente. Cuando el DT necesitaba hacer cambios lo mandó a calentar. Raposo no encontró nada mejor que agarrarse a combos con un hincha del otro equipo.

El árbitro lo expulsó antes de entrar. En el camarín, cuando el técnico le pidió una explicación, Carlos tomó la palabra y le dijo: “Dios me dio un padre y después me lo quitó. Ahora que Dios me ha dado un segundo padre, usted míster, no dejaré que ningún hincha lo insulte como lo hizo el que yo le pegué”. Le renovaron el contrato por seis meses.


 


El yerno

Jesús Mariano Angoy estuvo contratado casi toda su carrera futbolística en el poderoso Barcelona, donde apenas alcanzó a jugar nueve partidos, tres de ellos saltando del banquillo luego de la expulsión del portero titular. Su breve paso por el conjunto culé se concretó gracias a dos extraordinarias coincidencias. La primera, el retiro del emblemático portero Andoni Zubizarreta y, la segunda, que su suegro se había convertido en el entrenador oficial del primer equipo.

En honor a la verdad y las malas lenguas, Angoy era yerno de Johann Cruyff, uno de los máximos ídolos del club español, que tras abandonar el club tuvo que llevarse al esposo de su hija Chantal. Desde entonces, perdió toda chance de jugar en primera división.

Luego de su fugaz paso por la titularidad, Angoy participó en el equipo B del Barza y en varios elencos de distintas divisiones en España en calidad de préstamo.

Fue tan mala su carrera, que a los 30 años se retiró para cambiarse de deporte y dedicarse al fútbol americano, donde sí logró ser un destacado jugador en las ligas europeas.


 


Pituto telefónico
“Hola, hablas con George Weah”, escuchó al teléfono el técnico del Southhampton, Graeme Souness, club inglés que pasaba por una racha de pésimos resultados y que necesitaba fichar a un jugador que los ayudara a salir de la crisis. Weah, jugador liberiano del Milan, era uno de los mejores jugadores del mundo tras haber ganado el Balón de Oro en 1995.

En la conversación telefónica, Souness encontró la solución que buscaba: Ali Dia, un joven delantero senegalés que supuestamente había terminado contrato recientemente con el Paris Sant-Germain de Francia. Confió en la persona que escuchó al otro lado del teléfono. Tras un par de entrenamientos decidió convocarlo inmediatamente al partido del fin de semana por la Liga Inglesa.

Dia empezó de suplente. A los 32 minutos un jugador del equipo se lesionó. Souness llamó a su nuevo fichaje: haría su debut. Con entusiasmo el senegalés entró al campo. Los que lo vieron jugar aseguran que parecía que nunca había tocado un balón de fútbol. Corría para todos lados, pésima técnica, físico desastroso. Sólo disparó una vez al arco, muy desviado.

Al día siguiente Dia no apareció en el entrenamiento. El entrenador, muy enojado, llamó a George Weah para pedirle explicaciones. Lo había hecho pasar la vergüenza de su vida. El delantero, sin entender nada, le dijo: “yo jamás te llamé. No conozco a ningún Ali Dia”.