El Marqués chileno es un hombre de objetivos claros. Cada vez que fabrica una historia para embaucar periodistas del decano de Agustín Edwards, no deja cabo suelto que lo ponga en evidencia. Por eso, cada vez que quiere llamar la atención, lo hace. Y en grande. Su sentido de espectacularidad nace probablemente de su propio nombre: Luis Eduardo Marqués Silva de Balboa Lagarde-Salignac. Así, al menos, figura en el registro civil. Sus apodos son múltiples: El Conde del Maule, Sir Lalo Silva, el Marqués talquino, El Zelig chileno.

Este último apodo le molesta en las entrañas. Se lo puso Fernando Paulsen, uno de los periodistas que embaucó y terminó siendo su archienemigo. La vida privada del Marqués, nacido y criado en Talca, no tiene matices. Es un misterio o un complejo baúl de excentricidades: asegura ser heredero de una familia de aristócratas, jura que se casó con una Marquesa en París y que el ex presidente Francois Mitterrand lo nombró Cónsul de Francia Honorario en Chile en 1985. Su corazón, desde entonces, está dividido entre París y Talca.

Su historial académico es igual de extravagante. De Balboa dice ser abogado, economista, periodista, filósofo, amigo de Duques y descendiente de la nobleza europea. En su blog personal, se asume como fanático de Bach y Mozart. Odia la televisión, adora las películas de Pedro Almodóvar y, por sobre todo, burlarse de los medios de comunicación. Este último, es uno de sus grandes placeres. Él mismo explicó sus motivaciones el 2005, en entrevista con este pasquín: “El elemento más vulnerable de un medio es la angustia de un periodista mediocre que desea impactar a sus patrones, a sus colegas y a sus lectores. La vanidad es un gran fantasma”.

La red de contactos que ha presumido durante toda su vida también es propia de su universo fantástico. Se ha jactado de ser amigo de Ricardo Lagos, Patricio Aylwin, Salvador Allende y Jaime Guzmán. También de John Kennedy Jr, Saddam Hussein, Vladimiro Montesinos -Jefe de seguridad en el gobierno de Fujimori- y el ex presidente mexicano del PRI, Carlos Salinas de Gortati. En su mayoría, personas cuyos vínculos eran imposibles de chequear.

REY NOVENTERO

Luis Silva de Balboa vivió su época dorada en los 90. El reinado pre-internet, sin redes sociales, le dio libertad para dar rienda suelta a su imaginación sin que fuera fácil ser descubierto. Mezclando datos reales con ficción, elaboraba historias increíbles. A través de sus hazañas e invenciones, es más fácil conocerlo que a través de su indescifrable vida personal.

En 1992, en plena carrera presidencial gringa, varios diarios chilenos aseguraron que Luis Silva de Balboa era el asesor para Asuntos Latinoamericanos del candidato independiente Ross Perot. Dio varias entrevistas y nadie se dio cuenta. En 1994, lo hizo otra vez. Dijo ser testigo del plan para asesinar a Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la presidencia mexicana y haber negociado personalmente con Saddam Hussein, la instalación de una planta francesa de armas láser en Irak.

En 1996 incrementó su fama. Se hizo pasar por el abogado de Alberto Botero, un político colombiano que estuvo preso por narcotráfico. Dio entrevistas a diversos medios e, incluso, apareció en el noticiario Medianoche de TVN, conducido por Fernando Paulsen. De Balboa fue desmentido en vivo por el periodista y decidió abandonar el set.

El bochorno televisivo, sin embargo, no lo frenó. Ese mismo año se presentó como exbecario del Banco Internacional de Desarrollo (BID) en el funeral del economista chileno Felipe Herrera. En 1997, intentaría ser candidato a senador por el partido Unión de Centro-Centro (liderado por Fra-Fra), pero el Tricel lo rechazó por no acreditar sus estudios de enseñanza media.

En 1999 el talquino cruzó fronteras. El Wall Street Journal publicó una noticia sobre un grupo de inversionistas canadienses que, representados por De Balboa, harían una inversión de 119 millones de dólares para comprar la revista George, de John Kennedy Jr. Reuters, la agencia de noticias, lo desmintió al otro día: “Luis Silva de Balboa es un desconocido para la comunidad financiera de Canadá”.

REINVENTARSE

En la década del 2000, el marqués tenía la desventaja de ser demasiado conocido. Varios medios se peleaban por entrevistarlo, asumiendo que su vida era un cúmulo de supercherías, pero sus apariciones públicas han sido más bien discretas. El 2006 informó a varios medios sobre el caso de Madame Gil, autora de la estafa de los quesitos mágicos. Luego tomó la vocería de las víctimas, con el único fin, afirmó en esos días, de encontrar justicia.

Cuando todos pensaban que De Balboa había encontrado una forma de redimirse, apareció en el remate del club Rangers de Talca el 2010, adjudicado por Gladys González, “La Cuca”, dueña de las parrilladas del mismo nombre por 350 millones de pesos. El Marqués la abrazó y también la siguió a su auto. Todos pensaban que eran amigos, pero días después, la Cuca lo dejó en evidencia: “ni idea quién es, me dijo que era dueño de la marca y que quería ser parte del directorio. Lo abracé por la emoción. No sé por qué se metió a mi auto, le pedí que se bajara después de unas cuadras”.

El 2014 tuvo una tímida aparición firmando el obituario por la muerte de la Duquesa de Alba en El Mercurio. Desde entonces, no se sabe de él. En diciembre del año pasado, escribió una columna de opinión en su Facebook que da algunas luces sobre qué está pensando hoy Luis Silva De Balboa. Como siempre, despotricó contra la prensa y Fernando Paulsen, acusándolo de venderse por trabajar con el abogado Luis Hermosilla y convencerlo de litigar con la intervención de la prensa.

La periodista de este pasquín chateó con Luis Silva de Balboa para solicitarle una entrevista. Aseguró que estaba en Nueva York y que después tenía un viaje programado a Panamá. Cuando vuelva a Chile, juró que se tomarían un café. Después de la entrevista virtual que le hicimos el 2005, prometió lo mismo, pero jamás sucedió. El Marqués nos debe una.