Carlos Lorca (58), técnico en plásticos y dueño de la marca de útiles escolares Lorca, mantiene un negocio con más de 60 años de trayectoria. La presencia de grandes marcas made in China ha hecho tambalear sus ventas, cuyo apogeo es en febrero y marzo, por el ingreso a clases. Pero hace tres semanas recibió la llamada de un productor que trabaja para Fundación Techo. Le propuso formar parte de una campaña solidaria en el marco de los mega incendios que abatieron el sur de Chile: fabricar lápices de cera con cenizas del siniestro. Así, la marca se las vende a la fundación, y luego éstos la ponen a disposición de una campaña que entrega el lápiz con cenizas a cambio de un aporte monetario. Lorca aceptó, y reactivó un poco más el ritmo de la fábrica ubicada en el patio de su casa, en La Cisterna, y que es la última industria nacional de lápices de cera, plasticinas, temperas, cola fría, y más.

En todas las cajas de sus productos aparece un sello que dice “Producto nacional”, junto a una bandera chilena. Según explica Carlos Lorca, es su forma de resaltar un valor que, para él, se ha perdido en el mercado: la nacionalidad chilena del producto. Aún así, dice que su clientela ha disminuido ante la aparición de marcas transnacionales como Artel y Proarte: “Antes nuestro gran cliente eran las instituciones públicas, como la Junji, Junaeb e Integra. Pero después el Estado cambió sus políticas, le interesó más el precio y como firmaron TLC con todo el mundo, cedieron más a los precios que a la procedencia”.

Hace tres semanas apareció un cliente nuevo, aunque temporal, para los materiales Lorca. “Me llamó un productor de Techo para plantearme la idea de hacer lápices con cenizas. Esta es una forma de integrar o tener un recuerdo asequible del incendio para la persona que done plata. Está hecho con el sentido de que las personas tengan un recuerdo de las cenizas para reescribir y volver a comenzar lo que era”, cuenta Carlos Lorca en su oficina, al fondo del patio de su casa, donde también está la fábrica.

Gonzalo Baeza es miembro de Agencia Wolf, la que trabaja para Fundación Techo, y estuvo a cargo de localizar a algún fabricante de lápices. Explica que la idea original era recaudar fondos con lápices a carboncillo, pero descubrieron que nadie se dedicaba a fabricarlos. “Todo viene de Asia, China, así que a un amigo se le ocurrió la idea de lápices de cera, crayones. No encontré nada en internet”, cuenta Baeza sobre una hazaña que estuvo cerca del fracaso, agregando: “En Facebook encontré a alguien que ahuecaba unos tronquitos de madera y dentro ponía cera. Lo llamé y me explicó que compraba los lápices a granel, los derretía, y metía en los tubos de madera”. Así, cuando le consultó por el proveedor de los lápices a granel, este artesano lo derivó a Carlos Lorca.

Los lápices con cenizas quedan grises, y al aplicarlos sobre una superficie como el papel, no rallan, por lo que le agregan colorante negro. “La ceniza no da color, es como una carga inerte. Antiguamente los lápices llevaban cargas minerales, como tiza, ya no. Esto es solo un relleno, no tiene ninguna ventaja gráficamente”, dice Carlos Lorca.

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Antes que Chile se abriera al mercado internacional, cuenta Lorca, el negocio se sostenía tranquilamente. Había competencia, pero más centrada en las características y calidad del producto antes que el precio. En ese entonces, la fábrica estaba en manos de su padre. Cuenta que todo comenzó hace más de 60 años: “Este es un negocio familiar y lo empezó mi papá cuando tenía como 24 años. Él compraba cosas de costurería y paquetería en la Estación Central y luego iba a vender al campo, a lugares por el Valle de Colchagua- Santa Cruz, Rapel, Navidad, Matanza-, bueno todo lo que se quemó”, relata Carlos Lorca sobre la historia de los últimos útiles escolares de origen nacional que quedan. Agrega que los caminos al campo antes eran de tierra, pero cuando mejoraron los clientes podían llegar con menos problema a la capital y ya no necesitaban a su padre. “Entonces le preguntó a sus proveedores qué faltaba en el mercado, como para que él fabricara. Le dijeron que artículos escolares”, agrega.

Comenzó fabricando goma de pegar. Después, los avances y las máquinas llevaron a la cola fría, y otra serie de productos que, hasta hoy, venden en Estación Central. Por el año 79’ y teniendo 20 años, Carlos Lorca se hizo cargo del negocio pues su padre murió. Él cambió algunas técnicas para fabricar las plasticinas, e incluyó los lápices de cera, que se hacen a partir de cera cristalizada, parafina y colorantes, siendo hoy el único fabricante nacional de estos productos

Carlos explica entusiasmado los procedimientos de la cera, los colorantes y las cenizas, pero vuelve a su expresión seria cuando se detiene frente a la máquina de las plasticinas: “Yo tengo clientes que son artistas, que hacen esculturas con plasticinas. Entonces el hecho de que ya no queden fábricas imposibilita al artista de ciertas actividades”, lamenta Lorca, y agrega más serio aún: “Los fabricantes nos vamos acabando, y va a llegar un momento en que el país va a depender totalmente de otros. Cada vez se produce menos y la clase de personas que producen envejecen y mueren”.

La cera y la parafina se derriten en una caldera y quedan como un líquido transparente. Luego pasan a otra olla para que, “a baño maría”, se puedan mezclar con el colorante y mantener derretidas -en el caso de la campaña, se añadirían las cenizas también:

Una vez absorbido el colorante en polvo dentro de la mezcla de cera y parafina, el líquido se vierte sobre unas máquinas que moldean su forma y lo enfrían. Finalmente emergen con la forma tradicional de los lápices de cera, tal como se muestra en el video.


Cristian lleva 20 años trabajando en la fábrica, y mientras extrae la plasticina con la forma que luego se empaqueta, Carlos Lorca recuerda a un artista visual llamado Renato Órdenes San Martín, quien en 2011 le compró 1.000 kilos de plasticina para una exposición de esculturas en París, Francia. También ha tenido de clienta a  Marcela Romagnoli, artista que arma los moldes de sus esculturas con grandes cantidades de plasticina. 

Las tapas de los envases de tempera son de color negro pues son producto del reciclaje de otros plásticos desechados, como tapas de bebidas y jugos.