La proliferación de fiestas de música electrónica potenció el hábito de consumir drogas entre los jóvenes del barrio alto que, al ritmo de la música de dj’s nacionales e internacionales consumen estupefacientes cuyos efectos pueden durar de 2 a 5 horas. La venta clandestina de estos productos se ha vuelto un negocio rentable, pero que no deja de ser peligroso tanto para los proveedores como para los consumidores.

Así lo relata el ‘Jota’, un veinteañero que vive y estudia en el sector oriente de Santiago y hace dos años entró en el negocio de las drogas a través de la marihuana. Todo partió por su deseo de tener yerba para consumo propio, luego comenzó a venderla y después de unos meses, decidió expandirse y comercializar con productos como las pilas o éxtasis (mezcla anfetamina y MDMA), tripas (LSD), MDMA puro y cocaína.

Descubrió este mercado de las drogas duras y empezó a hacerse su clientela. En un principio, optó por venderle exclusivamente a sus más cercanos por temas de seguridad. Después amplió su círculo a amigos de amigos, pero nunca a extraños. “Mis clientes tienen que llegar por recomendaciones, si no, no les contesto. Muchos dealers se van por las lucas fáciles y le dicen que sí a cualquiera. Ahí es cuando te pillan y cagai”, explica a The Clinic Online.

El ‘Jota’ cuenta que fue un proceso lento consolidarse dentro del ambiente electrónico, pero hoy considera la venta de drogas un negocio y se lo toma con la misma seriedad con la que cualquier trabajador hace su pega. Así ha establecido una rutina diaria en la que se despierta, revisa su celular para ver los encargos del día y se hace un horario para despachar los pedidos: “Hay días que no despacho nada y otros en que hago cinco o seis entregas pero siempre alejadas una de la otra. Nunca entrego dos pedidos en el mismo lugar. Este es mi trabajo y si no me lo tomo en serio no prospero”.

Entre encargo y encargo, el ‘Jota’ puede ganar hasta 500 mil pesos semanales, dependiendo de la época y su disponibilidad. “Algunas semanas puedo estar en cero, otras me hago 500 lucas, es variable. Por ejemplo, pa’ año nuevo o el 18 la venta es alta, pero a veces me voy de vacaciones y no vendo nada”. Cuenta que los precios son conversables según el cliente, pero así como el gramo de marihuana y cocaína puede costar $10.000 pesos, la misma cantidad de cristales de ‘M’ tiene un valor que va entre 60 y 70 mil pesos.

Como en cualquier trabajo, el dealer se asegura de mantener contentos a sus clientes y de entregarles productos de buena calidad y procedencia confiable. “No hay que aceptar nada de cualquier persona, tiene que ser un producto de calidad porque es súper entretenido, pero también es tu vida. Yo le doy la confianza a mis clientes, me pueden hablar por cualquier cosa y tal como tú cuidai a tus clientes, ellos te cuidan a ti”. Asimismo, cuenta que les recomienda las dosis según lo fuerte que esté el producto y les advierte que el efecto varía dependiendo del estado anímico, de si se mezcla con alcohol o de cuánto se come antes de ingerir las pastillas, los cristales o la falopa.

LOS ‘ZORRONES’ MATAN EL “VIAJE”

Los eventos electrónicos se han vuelto la cuna del consumo de drogas según el Jota. Él, de hecho, forma parte de un engranaje mayor que gira alrededor de estos eventos que si bien no promueven el uso de estupefacientes, se relacionan directamente con éstos. “Las personas que traen los productos más exclusivos como las pilas, el ‘M’ o las tripas a Chile son pocas y se conocen entre sí. Es mucho más selecto el nicho de los que venden y de los que compran”, dice.

Por lo mismo, el ‘Jota’ siempre anda ‘cargado’ y se preocupa de tener la mayor variedad posible de insumos, proveyéndose de otros dealers más grandes que importan la mercancía desde Colombia, Bolivia y países europeos.

Tal como el dealer tiene una oferta variada de nárcoticos, los precios de éstos no se ajustan al bolsillo de un chileno promedio. Por lo mismo es que la gente que frecuenta estos carretes son, en su mayoría, del sector oriente de la capital y con el dinero suficiente para costearse una noche full: la entrada puede costar desde $7.000 hasta $15.000 mil pesos, una tripa o pila –esta última la más vendida por el ‘Jota’- $15.000 y el agua para mantenerse hidratado entre 2 y 3 mil pesos. Con estos precios, una persona puede desembolsar –consumiendo lo mínimo- hasta 30 lucas por noche.

La ‘escena electrónica’ congrega a diversos grupos del barrio alto, algunos que están en la “onda” y otros que llegan a “matar todo el carrete”, según el ‘Jota’. El joven, de hablar pausado y camisa veraniega, cuenta que la mayoría de las gente que va a escuchar techno y a los dj’s no les gusta el reggeaton ni otros tipos de música porque atraen personas de otros estilos que no les parecen agradables: los zorrones. “Uno quiere estar entre pares, gente que va a lo mismo. Si yo voy a pasarlo bien no quiero ver a puros curaos, gente agarrando en todas partes o un hueón atracándose a una mina. Tú vas a escuchar buena música, de dj’s que la sienten y te transmiten una historia, no a bailar cualquier hueá envasada que le ponen play y listo”.

Así, dice que la idea de estos eventos es que el público se logre conectar con el dj y la música e irse en una “volá personal”. Para este efecto, los estimulantes te dan la “experiencia”. “La gente recurre a las drogas por las experiencias. La experiencia de estar volao, de estar con tus amigos. De ir a una fiesta y tirarte una pastilla para pasarlo mejor. Eso sí, hay gente que se queda pega y ahí pierden el rumbo”, cuenta.

Uno que perdió más que el rumbo fue un hombre que le gritaba a Dios pidiéndole ayuda, diciéndole que estaba perdido. “Le rezaba y le pedía por su vida. Estaba vuelto loco, yo creo que se había tirado de todo. Igual es normal que en los carretes hayan minas que tienen los ojos dados vueltas de drogadas”, sentencia.

¿Y no te sientes responsable por eso?

-Es que depende de cada persona, ellos tienen que saber sus límites. Yo igual les recomiendo dosis pero después es cosa de cada uno.

Si bien las drogas parecen ser el punto de unión entre esta gente, el ‘Jota’ dice que la gracia de la electrónica es el sentido de comunidad y buena onda que se crea entre ellos, la cual no existiría en otras partes. “Estas fiestas no son para curados o hueones que llegan perdidos y borrados. Es diferente lo que te provocan las drogas porque si consumes mucho podi quedar tipo zombie, pero con el copete te andai cayendo, dando la cacha. No es lo mismo”.

Aunque el ‘Jota’ normaliza el consumo de drogas en las fiestas, lo cierto es que se preocupa cuando una persona comienza a utilizar pastillas para ir al mall o se exceden en las dosis. Cuenta que una vez pasó despierto casi 36 horas a punta de ‘pilas’ y ‘M’, pero “no son tan adictivas como la coca”, sentencia.

Tal como el alcohol es una droga psicoativa y la marihuana puede utilizarse con fines medicinales, el ‘Jota’ cuenta que los efectos de su primera pila le duraron dos días y escapaban de la realidad. “Sentía una felicidad indescriptible. Todo me daba risa, quería moverme todo el rato, tenía un calor y una energía que necesitaba transmitir. Mis sentidos se agudizaron: la chela helada me sabía cinco veces más rica”. Pero la felicidad no duró eternamente, pues el golpe de serotonina que recibió su cerebro comenzó a disminuir y la depresión fue inmensa. “Nada te levanta, te sentí miserable. Pero el momento lo valió o al menos, de eso te quieres convencer”.