Hay varias maneras de abordar la prohibición a Mariana Aylwin de entrar a Cuba para recibir el reconocimiento que a su padre Patricio le quiso entregar la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia, presidida por Rosa María Payá, hija de Oswaldo Payá, el líder anticastrista muerto el año 2012 en un accidente automovilístico que, como suele suceder en Cuba a falta de una prensa confiable, quedó entregado a las especulaciones si había sido casual o intencionado.

El primero y más sencillo de los caminos para abordar el asunto transcurre en torno de las convicciones democráticas, es decir, responde a la pregunta sobre qué le parece a cada cual que un gobierno le prohíba a sus opositores desempeñar libremente actividades críticas o de denuncia, con el evidente objetivo de debilitarlo y, en el caso de las democracias, llevar a que sufra una derrota en el siguiente acto eleccionario. Para los defensores del multipartidismo y las elecciones libres, impedir esta posibilidad constituye un hecho inaceptable, y basta por sí solo para considerar al gobierno que lo haga como una “dictadura”.

Discutir si en Cuba hay o no democracia es ridículo: incluso quienes defienden desde el gobierno las restricciones a la libertad de expresión o de reunión, así como la omnipresencia de la seguridad del Estado en la vida de sus ciudadanos, jamás lo harían argumentando que se trata de conductas democráticas; para ellos, la justificación radica en que de otro modo habría sido imposible mantener viva la Revolución a 90 millas de un enemigo inmenso que a lo largo de medio siglo ha hecho todo lo posible por desbaratarla. Es una lógica de guerra, heredera de la Guerra Fría y de ese tiempo en que las defensas ideológicas (así del comunismo como del capitalismo) no trepidaban en pasar por encima de la vida de las personas.

Cuando Barack Obama visitó Cuba en marzo del año pasado, durante su discurso en el Gran Teatro Alicia Alonso aseguró que él venía a ponerle una lápida a ese período de violencias, y dijo que los EE.UU. debían aprender a entenderse con Cuba reconociendo sus diferencias: “nosotros creemos en el multipartidismo, ustedes en el partido único; nosotros en una economía abierta, ustedes en una centralizada, y aceptando estas particularidades de cada cual es que tenemos que aprender a convivir”. Las Damas de Blanco, Antonio Rodiles y la oposición derechista con sede en Miami, así como los fidelistas más ortodoxos y el mismísimo Fidel (según escribió en el Granma apenas Obama regresó a Washington), rechazaron la idea. La estrategia planteada por Obama, contrario al embargo y a los enfrentamientos ideológicos de la Guerra Fría, dejó a ambos bandos – el de esos disidentes con muy baja representación en la isla, y el de los incondicionales a Fidel y su discurso antiimperialista, también cada día más disminuidos- muy debilitados. Imagino que entre los cálculos de Raúl Castro (no justifico, explico) está el que no es posible llevar a cabo este camino de apertura al mundo, si paralelamente permite que se le abra un frente interno. En ese caso, su debilidad le impediría conducir las negociaciones. Apuesto que Obama lo entendería, aunque no así Trump, para quien los alardes movidos por cálculos personales son el pan de cada día.

Suena bien, pero no es cierto que todas las dictaduras son iguales. La cubana tiene unos niveles de control que jamás conoció la pinochetista, y Pinochet ejerció una crueldad criminal desconocida en el castrismo. Quienes para empatarlas en este aspecto apelan a los fusilamientos del año 1959, cuando los barbudos se toman el poder, olvidan que estos luchaban contra Batista y que sus esbirros colgaban de los postes a sus enemigos. Escribo desde La Habana –donde muere menos gente por la violencia callejera, por el narcotráfico o por los abusos del Estado que en cualquier otro sitio de América Latina-, y puedo asegurar, siendo que para mí son de primera importancia, que no es el tema de los DD.HH. el que actualmente agobia a su población, sino la dificultad para comer algo más que arroz todos los días del mes.

El asunto es que quienes han dado gritos a favor de la democracia a propósito de este incidente, como suele suceder en muchos que hablan de Cuba desde el exterior, no están de verdad pensando en Cuba y los cubanos. Están hablando de ellos mismos y sus creencias, están predicándole a los propios usando ese país como excusa. El caso de Mariana Aylwin es evidente: ella habita el borde derecho de la Democracia Cristiana (su candidato, hasta recién, era Andrés Velasco) y para ella resulta inaceptable que su partido, nacido para generar una alternativa social cristiana al comunismo ateo, hoy se halle en una misma coalición con el PC. Se le cayó el carnet cuando escribió: “La libertad no es sustituible por la igualdad”, porque si bien será siempre un punto nuclear de la discusión política, en tiempos de hegemonía capitalista no forma parte de los temas en discusión.

Es obvio para cualquiera que mire la situación cubana con seriedad, que ellos no están en condiciones de ser amenaza para nadie fuera de su país. Muy por el contrario, están buscando una salida para su propia decadencia y lo último que se les ocurriría hoy es luchar por internacionalizar un socialismo en el que ellos mismos han ido dejando de creer. ¿O es que alguien piensa que los EE.UU. al restablecer relaciones con Cuba se están dejando penetrar por la ideología marxista, más que los cubanos por el libre mercado? Los comunistas chilenos, por su parte, más preocupados de ganar puestos que de hacer la revolución (de lo contrario es incomprensible su entusiasmo con Guillier), están presos de una deuda histórica. Cuba fue la representante de todos sus sueños y una amiga leal en los tiempos en que fueron perseguidos. ¿Cómo pedirles que ahora, cuando la revolución agoniza, les den la espalda a gritos? ¿O acaso se olvidó Mariana, que no fueron los actos heroicos los que sacaron a Chile de la dictadura? Hasta donde yo recuerdo fue su padre el que impulsó allanarse a la legalidad vigente para derrotarla, y el que en contra de los santones, en lugar de presentarse como dueño de la verdad, ensalzó “la medida de lo posible”.