Desde hace casi un mes, más de 2.500 mineros acampan a 3.300 metros sobre el nivel del mar, en pleno desierto de Atacama, para exigir que la minera La Escondida, la empresa para la que trabajan, mantenga sus condiciones laborales.

Son los trabajadores sindicalizados del yacimiento que más cobre produce en el mundo, quienes hace hoy un mes paralizaron las tareas extractivas para luchar contra lo que consideran un “ataque contra su dignidad”, dando inicio así a una huelga de tal envergadura que puede impactar incluso en el crecimiento económico del país.

“Estamos peleando para mantener unos derechos y unos beneficios que conseguimos después de mucho batallar. Nos ha costado más de dos décadas lograr lo que tenemos, no vamos a renunciar a ello así como así”, asegura a Efe el minero Cristián Díaz.

Díaz es uno de los 2.500 trabajadores que han acampado en un terreno cercano a la mina, situada a 150 kilómetros de la norteña ciudad de Antofagasta.

Este minero tiene 44 años y más de la mitad de su vida ha trabajado como chófer de un camión de extracción. Ahora convive con sus compañeros en una extensión del desierto de casi ocho hectáreas en la que han levantado “un pequeño pueblo”.

“Hemos construido baños y duchas, tenemos un servicio de alimentación y también áreas de esparcimiento y reuniones”, describe Carlos Allendes, el líder del Sindicato Número 1, que agrupa a unos 2.500 trabajadores, de un total de 4.500 personas que laboran en el yacimiento.

Empleando plásticos, trozos de madera y un generador, los trabajadores han construido un rudimentario alumbrado público, duchas, salas de reuniones e incluso una cancha de fútbol, donde matan el tiempo mientras aguardan la reanudación de las negociaciones sobre el convenio colectivo con la dirección de la empresa.

Los trabajadores sostienen que la compañía, operada por la australiana BHP Billiton, les está proponiendo un nuevo acuerdo que rebaja en un 14,5 % sus salarios y beneficios, e implementa cláusulas discriminatorias en los contratos de los nuevos trabajadores.

Según expertos del sector y la dirección de la empresa, esto responde a la necesidad de ajustar los costos productivos de la minería a la realidad de una baja competitividad de la industria chilena.

Si bien el cobre sigue siendo una materia prima abundante en Chile, en los últimos años los yacimientos del metal rojo están registrando una menor ley (proporción de metal puro), lo que ha impactado en las estimaciones de extracción de las mineras.

Asimismo, un informe de la Comisión Nacional de Productividad indicó que la productividad total de los factores en el sector minero cayó un 17 % entre 2000 y 2014.

“Yo creo que esto son excusas para justificar recortes. Puede caer toda la minería de este país, pero la última que lo va a hacer será La Escondida, porque tiene reservas de mineral. Nosotros sabemos que ahí dentro hay un tesoro”, apunta Allendes.

Una opinión generalizada entre los trabajadores acampados a las afueras del yacimiento.

“Estamos aquí por dignidad. Trabajamos en unas condiciones extremas, muchos tenemos graves problemas de salud y debemos vivir medio mes alejados de nuestras familias. No vamos a renunciar a las condiciones que hemos logrado después de tantos años de lucha”, asegura Cristián Díaz.

Los sueldos de los trabajadores sindicalizados rondan actualmente los 2.500 dólares mensuales.

Los mineros exigen un aumento salarial del 7 %, además de un bono a cambio de poner fin al conflicto por valor de 25 millones de pesos (unos 37.800 dólares), frente a los siete millones (10.600 dólares) que ofrece la empresa.

Pero la principal controversia radica en la extensión a trabajadores nuevos de los beneficios que tienen los antiguos.

Actualmente, las conversaciones entre la dirección de la empresa y los dirigentes sindicales están congeladas, lo que podría convertir esta huelga en una de las mas conflictivas en la historia de la minería en Chile.

La vida en el campamento es “dura, pero ordenada”, describen los huelguistas. Durante el día, las temperaturas pueden llegar a los 36 grados, pero en la noche cae hasta los 6 grados bajo cero.

A media mañana “las calles” están desiertas, debajo de algunos toldos los mineros juegan a las cartas o escuchan la radio. Los remolinos de polvo surcan el campamento antes de perderse en el desierto.

A medida que se acerca la hora del almuerzo el campamento revive con un alboroto de cazuelas, platos y ollas. Los mineros salen de sus tiendas de acampar y hacen colas frente a la cocina colectiva de donde cuelgan carteles con consignas como “Vencer o morir”.

“Vamos a seguir aquí en el cerro hasta el final. Estamos preparados y organizados para aguantar un mes más o incluso dos. De aquí no nos moverán”, concluye Díaz.