Dices que el mundo, dominado históricamente por las neurosis obsesivas, está entrando bajo el dominio de las neurosis histéricas. ¿Es para estar optimistas?
–Yo creo que toda época tiene lecturas optimistas y apocalípticas, y uno puede gozar un poco de las dos. Lo complicado es si gozas demasiado de un extremo o del otro, porque ambos ocultan otras pulsiones. Pero es evidente que la lógica de la neurosis obsesiva, que quiere que en el mundo haya un principio de orden, que los chicos esperen su turno y se respete a la autoridad, lo está pasando mal. Y la lógica histérica es bastante más divertida, porque quiere hacer prevalecer lo particular, pero también es un poco insufrible. Hoy día todos opinan y todos tienen algo muy importante dentro de ellos, hay más voces, más colores. Pero… ¿cómo decir esto para que no suene mal? Todas las voces deben valer lo mismo, pero no todas las formas de expresión. La voz que elabora una idea no vale lo mismo que la que echa una foca de 140 caracteres, por ejemplo. Y la lógica histérica se libera de viejas esclavitudes, pero trae otras que se notan menos, porque son más inconscientes.

Tu libro es casi de anti-autoayuda. Le estás diciendo al lector que no hay soluciones sino problemas.
–Claro, que la cosa no es sin drama. Porque la neurosis te hace sufrir, pero querer saltársela te lleva a infiernos peores.

¿Qué sería saltarse la neurosis?
–Saltarse el drama de vivir en función del otro. Ser un animal humano significa transitar de la naturaleza a la cultura, y eso es alienarse, enredarse en el deseo del otro. Una guagua necesita leche, pero no le da lo mismo cómo le dan la leche, si la mamá le canta o no le canta, todo eso le empieza a importar más que la leche. Esa es la neurosis: dejar de estar “en las cosas mismas” y vivir pasando por otro. Y hay dos maneras, al menos, de habitar la neurosis.

O de “diseñar la propia catástrofe”, como dices.
–Claro. La neurosis obsesiva hace todo lo posible por que exista un Otro con mayúscula, íntegro, que asegura un orden general. Puede ser Dios, pero también la racionalidad total. Entonces le molestan las desviaciones, quiere protegerse del deseo. El obsesivo es el que no pide favores para que no se los pidan de vuelta, quiere que las cosas sean demasiado claras. Nunca resulta, por supuesto, y por eso sufre. La histeria, en cambio, sospecha que en ese discurso íntegro hay algo falso, entonces empieza a picanear en los deseos del otro, a generar intriga. Por eso las frases de la histeria son siempre de decepción: “ay, son todos iguales”, “yo no tengo amigos porque todos me traicionan”. A la salida de una reunión, el obsesivo va a decir “perfecto, discutimos tres puntos y llegamos a acuerdo en dos y medio”. La histeria diría “¿te fijaste que el jefe estaba mirando al subalterno porque le tiene envidia?”. Es como el SQP del siquisimo.

Si no encuentra el cahuín, lo inventa.
–Es que siempre lo encuentra. Tú ahora puedes ser muy buena onda conmigo, pero yo quiero saber si de verdad me tienes buena o es porque te conviene, y logro dar vuelta la escena para terminar confirmando mi sospecha. Y ahí hay un goce inconsciente también, el goce de la privación, pero implica el sufrimiento de estar siempre insatisfecho.

NO TE SOMETAS

Le dedicas un capítulo a un sufrimiento histérico muy de estos tiempos: no ser especial.
–Sí. En los años 80, el problema era sentirse raro y querer ser normal, pasar piola. A los parientes raros uno los escondía. Y por eso los malestares de esa época: la fobia social, la timidez y la culpa de no estar a la altura, “no soy eso que se esperaba de mí”. Eso todavía existe, pero lo que está creciendo es el sufrimiento de la histeria: no soy tan especial, tan distinto a los demás. Y eso en general te lleva a la cosa depresiva.

El depresivo que no se encuentra a sí mismo.
–Eso pasa todo el tiempo en psicoanálisis. La gente llega y dice “quiero encontrarme a mí mismo, estoy perdido”. Pero cuando te digo “ok, hablemos de ti mismo”, empiezas a hablar de los demás: “no, es que mi papá que no sé qué, es que mi amiga me tiene envidia”. Eso significa que el deseo, que es lo más propio que uno tiene, pasa sí o sí por el otro. Por eso te digo que saltarse la neurosis, la tensión del encuentro con otro, lleva a cosas peores: la crueldad, la psicopatía, las adicciones. O la depresión, que es salirte de la cancha, “me duele tanto desear que mejor no deseo nada”. Un ejemplo típico es la previa donde los amigos se curan o se drogan para ir luego al evento social sexual con otros, pero hay uno que muere en la previa: ese está casado con su droga, ya no quiere pasar por el sufrimiento de enfrentar a otro. El punto es que esa exposición te hace sufrir, pero también te obliga a ser mejor persona, y aquí entra la dimensión política del asunto. Ahorrarse la pasada por el otro te lleva a la postura cínica, esto que Diógenes le dice a Alejandro Magno: “córrete que me estai tapando el sol”. Eso es hacerle el quite al pacto social, de alguna manera.

O quizás es resistirse al hecho de que nuestro deseo es, en buena medida, ser deseados por los otros.
–“El deseo es el deseo del otro”, es la fórmula en el psicoanálisis. Tú ves a cualquier niño chico y lo único que quiere es ser mirado todo el tiempo. Ya de adulto uno querrá ser escuchado, leído, reconocido, amado, lo que sea. Alguno querrá ser obviado, los deseos son cuestiones raras también. Pero además, uno desea lo que supone que es lo deseable, y eso también es lo que desea el otro. Por eso nos copiamos tanto y hasta para sentirnos especiales seguimos modas, como eso de ser hipster. Cuesta mucho ser el puntal del propio deseo.

Pero depender de los otros, cada vez más, es visto como un problema, una falta de armonía interior.

–¡Totalmente! Por eso hay un empuje hacia el cinismo, que es la contradicción que yo veo en el buenismo del new age, o de los hipsters, o no sé qué. Hay toda una ola de discursos que quieren cosas positivas para el planeta, pero la ética que corre debajo apunta al individualismo, o al llamado econarcisismo: me vuelvo a la naturaleza porque los humanos son un infierno. Estar con la propia tribu encerrados en la playa mágica no es salvar el planeta, es salvarse a uno mismo. Decimos que queremos reformas, que caiga el capitalismo y vuelva la comunidad, pero todas las nuevas tecnologías de la personalidad tienen que ver con “sé tú mismo, di todo lo que piensas, no te sometas”. O sea, “no renuncies a ninguna cuota de tu egoísmo por el otro”.

Como dices en el libro, esa autenticidad se terminó llamando Donald Trump.

–Por eso siempre digo que si uno aspira un retorno a lo “natural”, lo que hay al otro lado es cortarse la cabeza. Es darle la espalda al pacto social para recuperar una libertad que además nunca existió, porque no hay libertad sin límites. Hay una frase de Dostoievski que dice: “si Dios ha muerto, todo está permitido”. El psicoanálisis dice “no, si Dios ha muerto todo está prohibido”. Si podemos hacerlo todo, tenemos que regular todo. Y creo que las nuevas esclavitudes se mueven entre esos dos extremos: una tiranía de la transparencia y la desnudez –“lo muestro todo, lo digo todo”– y al mismo tiempo un poder que empuja a regularlo todo: haz lo que tú quieras pero no puedes sentir tal cosa, no puedes decir esto otro, no puedes mirar de tal manera. Parecen lo contrario, pero son las dos caras de lo mismo. Y pienso que toda esta “fachización” del mundo, con Trump o el Brexit, quizás tiene que ver con lo que se escapó de la corrección política, la venganza del acting out.

¿Cómo así?
–En la clínica hablamos de acting out cuando un sentimiento que quedó sin palabras, sin lugar para ser expresado y escuchado, sale como un acto, “pasa al acto”. Y me da la impresión de que tanto discurso de corrección política, en el extremo al cual ha llegado, con el sadismo que ha tomado, no se hace cargo de ciertos aspectos del ser humano: el individualismo, la erótica fetichista de lo masculino, ciertos gustos “capitalistas” de las clases populares, etc. Más bien los niega, los quiere sacar de sopetón y enjuiciarlos. Y se me ocurre que si eso no encontró lugar en la palabra, en el juego político, bueno, encontró esta otra manera de vengarse que podría llamarse Trump.

Una vez que Trump ganó, muchos dijeron “yo sabía que esto iba a pasar”. Dejemos constancia de que tú lo dijiste antes.
–¡Lo anuncié! Ja, ja, ja. A lo mejor es un delirio mío, pero creo que el nivel de censura, la negación de la palabra a ciertos aspectos de la condición humana, los está haciendo retornar como actos crudos. Y por lo mismo creo que no hay que seguir oponiendo corrección política e incorrección política. La corrección política ya se transformó en lo contrario de la política como tal, que consiste en darle palabra a los antagonismos y poder discutir. La política no es dejar de nombrar cosas. No es dejar de nombrar, por ejemplo, que existe un tipo de deseo fetichista que pone a los cuerpos en un lugar de objeto de deseo. Eso existe. Entonces, ¿cómo lo incorporamos a un pacto que no sea el mismo de hace veinte años, cuando el hombre muchas veces se sentía autorizado a tocar como si los cuerpos de las mujeres fueran públicos? Pero uno no puede borrar los deseos así no más. Por ese camino, más que feminizar la sexualidad, la estamos infantilizando, por aspirar a que seamos cuerpos planos, impolutos, sin pliegues. El eros, eso que liga con el otro, requiere que exista cierto grado de tensión, y hoy queremos llevar todo a una tensión cero… menos Trump, que quiere la tensión mil. Estamos entre esos polos, versiones muy pobres de una supuesta “verdad humana”. Yo creo que la verdad humana está en el matiz, no en hablar sin filtro ni en imponer una higiene del deseo.

Hay unas ganas un poco ingenuas de legislar el deseo, como diciendo “desde ahora vamos a desear tal cosa que está bien y no esta otra que está mal”.
–¡Y no se puede! Es un delirio de la razón. Los contenidos de los deseos pueden cambiar históricamente, hay espacios de deseo que uno va abriendo y ese es un trabajo precioso que hemos hecho las mujeres en el último siglo. Pero eso no se hace en un día ni tan a voluntad, ni va a llegar el día en que todas deseemos de la misma manera. Entendamos una cosa: el deseo igual es incorrecto, siempre, pero siempre. Y a veces incluso lleva a que uno goce en cierto sufrimiento. Entonces, pongámosle palabras a esas cosas. Si una mujer sufre violencia intrafamiliar, desde el punto de vista de la ley eso tiene que ser sancionado, pero desde el punto de vista de su propia curación, hay que preguntarse qué más pasa ahí. Existe algo que se llama el mal de amor. O sea, esto de pensar que existe el “amor bueno” y el “amor malo”…

A propósito de los femicidios, se decidió que los celos no tienen nada que ver con el amor.
–Y tienen todo que ver, ese es el problema. Entonces aprendamos a cuidarnos de eso, a pedir ayuda si es necesario. Uno puede hacer una serie de intervenciones, pero reconociendo que no hay nada más inherente al amor que los celos. El amor y las pasiones más intensas están moldeados desde la infancia. A mí me cargan los celos, son estéticamente deplorables, pero son inherentes: uno no quiere compartir al objeto amoroso. Y no se vayan a ofender, digo “objeto amoroso” porque así se habla en psicoanálisis. El sujeto amoroso, ya.

Quienes ven con buenos ojos que ya no se puedan decir ciertas cosas, tienden a argumentar que los enemigos de la corrección política están defendiendo, en el fondo, su derecho a seguir siendo unos cabrones.
–Sí, sobre todo se les dice eso a los hombres. Y claro, hay señores que no quieren perder su poder, así como hay otra generación de hombres que están enojados con toda esta cuestión porque sienten que ellos ya se relacionan de igual a igual en un montón de aspectos. Yo no creo que ya exista una igualdad de condiciones, pero insisto: oponerse a la censura no es que uno quiera hablar sin filtro. Alguien dijo por ahí, defendiendo la corrección política, “eso es ser decente”. Yo creo que ser decente es ser parte de un pacto social y hacerse cargo de lo que eso significa.

No estás defendiendo que el humor vuelva a ser homofóbico.
–¡No es eso! La política está justamente para debatir qué aceptamos y qué no. Pero si tú conviertes la política en un juicio que le niega validez a la voz del otro, porque tú eres bueno y él es malo, lo único que vas a conseguir es que el otro deje la política, obviamente.

EL FEMINISMO Y SU DOBLE

Siempre te defines como feminista, pero a la vez peleando por marcar estos matices. ¿Qué relación tienes hoy con la palabra feminismo?
–Yo creo que el feminismo son muchas cosas, pero al menos una, que está en el centro, es la igualdad de derechos. Que las mujeres hemos sido el segundo sexo es innegable, y hay que reivindicar lo que es justo. Pero creo que el feminismo, como otras reivindicaciones, se ha ido cruzando con una subjetividad que pretende anular el espacio personal de rebeldía o de cuestionamiento. Cuando empieza a decirte “tú tienes que sentir y pensar de tal manera”, y una columnista escribe sobre su experiencia de ser gorda y aparece otra diciendo “no, lo tuyo es antifeminista”… ¡el feminismo era lo contrario de eso! Se trataba de que las mujeres pudiéramos narrarnos a nosotras mismas, con todas las diferencias y las experiencias de cada una. Esa lupa del “verdadero feminismo” quiere volver a narrar a la mujer desde un discurso que ya está totalmente armado. Todo el Festival de Viña se trató sobre qué humoristas eran feministas y cuáles eran reaccionarios, y no sobre si nos reímos o no nos reímos. Está bien, todo es político, pero la diversidad no se trata de que haya pura gente correcta que diga lo que hay que decir, ni de que al primer desliz te caigan encima, sino de que todo cuerpo es extranjero al otro y los deseos son múltiples. O sea, de darle un lugar a esa tensión para poder pensarla y discutirla.

¿Echas de menos eso en la relación con la diversidad de los millennials?
–Pucha, generalizar… Yo encuentro súper positivo que las nuevas generaciones se hayan feminizado, en el sentido de pasar del lado agresivo de las relaciones a la empatía y la generosidad. Dejaron de tener problemas con cosas que estuvieron oprimidas por mucho tiempo. Pero es verdad que el millennial progre tolera poco la otra diversidad, la que sí le genera tensión. El problema del discurso “yo los acepto a todos” es que es muy difícil aceptar a todos genuinamente, igual vas a sentir otras cosas. Entonces tienes que integrar esa posibilidad a tu discurso.

Para que la empatía también opere con el realmente distinto.
–Claro, y lo realmente distinto puede estar dentro de uno. Como la feminista que tiene un estrago amoroso, que es un tremendo tema y hay que explorarlo, a propósito de las relaciones de violencia. Ese sufrimiento es pan de cada día en el diván y no tiene que ver sólo con el patriarcado, sino con pulsiones bastante más oscuras de aspiración a la pasividad que pueden llevar a un sometimiento amoroso medio mortífero. Y creer que por ser feminista me lo voy a ahorrar… no, eso no pasa.

Otro tema sensible que estos debates han puesto sobre la mesa es la victimización: a partir de qué punto puede empezar a ser nociva, e incluso abusiva.
–Sí, es un tema muy delicado porque las víctimas existen. El punto es que hay distintas maneras de vivir esa situación. Y esto es súper importante: no siempre es positivo sentirse subjetivamente una víctima o que otros te digan “tú eres una víctima”. Ese es uno de los riesgos de las reivindicaciones que quieren narrar toda la subjetividad desde afuera. Cuando tú trabajas con mujeres que han sufrido violencia intrafamiliar, a veces es justamente la victimización lo que no permite que encuentren una salida a su situación.

Esta discusión divide mucho a las mujeres.
–Bueno, en el último Festival de Sundance pasó una cuestión muy divertida. En una comida de mujeres dedicadas al cine, se puso a hablar la Salma Hayek y dijo “yo creo que las mujeres no podemos seguir victimizándonos”. Entonces aparece la Jessica Williams, una chica afroamericana que es como un nuevo personaje de moda, millennial, y dice “pero yo soy mujer y además negra, por lo tanto…”, y se victimiza en su discurso. Entonces Salma Hayek dice “no po, justamente no hagai eso”. Y ahí salieron otras cineastas que eran queer, o no sé qué categoría, diciendo “oye, déjenla hablar, ¿por qué no la dejan hablar? ¿Ven que ustedes siguen siendo blancas que pasan por encima de ellas?”. La escena era delirante, porque finalmente eran ellas quienes victimizaban a esta chica.

Varios filósofos de izquierda, sobre todo europeos, vienen diciendo que la política quedó reducida a una ética de la víctima. Que la izquierda y la derecha ya no confrontan sus ideas sino a sus respectivas víctimas, cuyos padecimientos le sirven de excusa al poder para llevarse por delante otros principios, o sea, cualquier tipo de pacto social.
–Totalmente, y esa es la trampa. Hagamos de nuevo la distinción: las víctimas sí existen y ahí el pacto social tiene que intervenir. Pero Badiou, por ejemplo, dice que hay que sospechar de la victimización porque en la víctima también hay una especie de goce, te da un lugar de privilegio en el mundo. Es muy complicado decir eso, pero hay que atreverse a hablar de estas cosas para seguir entendiendo. Y el gran problema, para Badiou, es que una víctima tiene que demostrar que padece, tiene que haber un cuerpo sufriente, y eso te puede esclavizar a una identidad: “yo sufro, este es mi lugar en el mundo”. Esa esclavitud puede ser muy poderosa, pero además obtura la posibilidad de actuar desde las ideas, les quita su potencia política. O sea, tus ideas sólo valen si tu cuerpo sufre y puedes demostrarlo.

Pero en la lucha por el poder inmediato, eso puede funcionar. Y esas peleas entre mujeres sobre qué es feminismo y qué no, también surgen porque las nuevas causas han creado nuevas parcelas de poder.
–Sí, ese es otro gran tema. Todo esto se trata de luchas de poder, y tenemos que reconocer que las comunidades de las disidencias sexuales, las mujeres, los pueblos indígenas, todos se están disputando poder. Pero la trampa de la corrección política es que se parece demasiado al poder materno: te habla en el nombre del bien y no por intereses propios. Y creo que hay una nueva personalidad del activista “bueno” –de lo cual se habla poco porque dan miedo, en mi opinión– que no se hace cargo de su propio narcisismo, porque pelea por todos. Y es difícil criticarlo, porque parece que uno criticara a la causa y no a esa voz en particular. El poder paterno es fácil de criticar: “oye, no me reprimas, no me pongas la mano encima”. A la mamá no se le puede criticar porque hace las cosas por tu bien, pero es un poder que genera culpa. En la clínica ocurre muchas, demasiadas veces, que alguien llega quejándose del padre o de quien haya sido su representante: padre, profesor, jefe, siempre esa autoridad ligada a lo paterno te cagó la vida, ¿no? Y después de varias vueltas te das cuenta de que en realidad lo que te cagó la vida fue ese otro poder secreto, mucho más profundo y más primitivo, que es el materno, el del bueno, que puede ser la mamá pero también el pololo que te da miedo patear porque te quiere mucho y te manipula desde ahí. Y hoy día el poder de cierto progresismo, digamos, tiene ese semblante.

En el libro tratas el problema de los niños educados para ser felices, con mucha libertad pero de alguna manera castrados.
–Claro, porque de nuevo, se les quita el espacio personal para cumplir sus propios deseos. En la lógica del patriarcado duro, el padre decía “las cosas se hacen así y no me interesa lo que tú sientes”, o “tienes que ser tal cosa en la vida”, todas esas imposiciones terribles. Sin embargo, frente a ese poder uno siempre puede, al menos internamente, rebelarse: “te voy a hacer caso, viejo de mierda, pero yo siento otra cosa y cuando llegue el momento me voy a ir”. Pero hay otro poder, de lógica más materna, que no te pone límites, pero te dice “hijo, yo quiero que tú seas feliz, así que por tu bien tienes que sentir tales cosas”. Y no hay un imperativo más feroz que un padre modelando el deseo del hijo de ser feliz. Es restarle la posibilidad de un montón de experiencias y aprendizajes. Y ser feliz, además, hoy está en línea con ser especial. “Hijo, para que tú seas feliz, no seas igual que los otros niños que toman Coca-Cola y van al colegio masivo y ven tele”. A ese pobre niño le va a costar sobremanera algo que ya a todos nos cuesta, que es aceptar ser uno más entre otros.

Quedan atrapados en la vanidad de sus padres, dices por ahí.
–¿Qué va a hacer ese niño cuando sienta que no es feliz ni especial? Y peor aún, ¿cómo se va a rebelar contra esos padres tan buenos que supuestamente no lo están reprimiendo? La libertad no es lo opuesto a la represión: se teje, se filtra por las grietas de las cosas. Los padres tienen que ejercer una autoridad porque los niños no saben regular sus excesos, pero ojalá con un guiño que diga: “¿Sabes qué? Algún día tú vas a poder transgredir lo que yo digo”. Ese es un regalo que uno les hace a los hijos. O el padre que los deja ser adolescentes y que lo encuentren ridículo. La autoridad que se permite su propia fractura es súper positiva.

LA HISTERIA Y EL SILENCIO

Te cae mal el concepto de autoestima.
–Sí, es una mentira. Hay personas que sí necesitan recuperar algo de narcisismo, pero ese “quiérete a ti mismo” del management significa “sé esa persona ideal que está en tu cabeza y a la que todos tienen que querer”. Entonces llega mucha gente al diván diciendo “yo tengo baja autoestima”, y generalmente su discurso es que los demás no los quieren como ellos merecen que los quieran. O sea, se quieren tanto que el mundo los decepciona porque los quiere un poco menos. Ahí hay un exceso, no un vacío. La autoestima es un concepto que te empuja a tomarte demasiado en serio.

Y ahora que publicas libros y columnas y dicen que eres muy inteligente, ¿te cuesta no tomarte en serio?
–Bueno, tengo todas las etapas. Sufro, de repente tengo miedo… Justo antes de publicar este libro, después de varios días de pesadillas, soñé que alguien me decía “tienes que comprar una concesión de la panadería Los Castaños”. Y yo decía “¡sí, esa es la solución! Me dedico a hacer pan y así no me expongo a las críticas ni tengo que pelear con nadie”. Puro miedo. Y otros días soy más narcisista y digo “ah, chuta, ¿yo escribí eso?”. Pero si te crees demasiado el éxito, luego te tienes que creer demasiado el fracaso, es un mal negocio.

En el libro te expones lo suficiente, contando trancas personales y familiares, como para dejar claro que eres una neurótica más.
–Sí…

¿Contar esas cosas es también una autoterapia?
–Creo que sí. Yo tuve por mucho tiempo unos rasgos obsesivos así muy fuertes, de escudarme mucho en el saber, para no hablar de mí. Me complicaba hablar de mí, no sé, sentía que necesitaba esconderme. Por mucho tiempo fui tímida, no hablaba. Por eso creo que leí mucho y fui matea. Y al principio escribía sin poner nada mío en juego, pero luego se fue dando naturalmente. Y me entretiene, me da libertad. Ponerlo en el papel es una manera de decir “ya, este tema quedó ahí escrito, paso a otro”. Al dejar eso atrás me puedo seguir narrando a mí misma, seguir pensando las contradicciones, y eso es más interesante que autodefinirse.

Por ahí va el lado positivo de la histeria.
–Yo creo sería muy bueno feminizar el mundo, y diría que la histeria es el paso previo a lo femenino. La histeria es esa pulga en la cabeza del otro que agujerea los discursos establecidos, pero de manera hinchapelotas. Lo masculino obsesivo siempre quiere que las cosas sean totales, y lo femenino dice: “Oye, todo eso que tú dices que es tan importante para la construcción del mundo, ir a la guerra y qué sé yo… sabís que no, lo encuentro tonto”. Limita el onanismo del obsesivo, lo saca de sí. Y ya la venganza histérica es “lo tenís chico”. “Sí, metís muchos goles, pero lo tenís chico”. ¡Ja, ja, ja! Lo femenino sería ir un paso más allá, sin esa cosa víctima ni sufriente, ni llegar al punto de instituir sus propios discursos establecidos y decirte que ya no puedes seguir pensando.

Tampoco es fácil mantenerse en esa liviandad femenina por cuenta propia, ahora que no hay referentes de autoridad a los cuales obedecer un poco.
–¡Pero si todos obedecen! Ya no a un Dios ni a un papá, porque ahí somos rebeldes, pero cada uno a su Personal Jesus. Por eso hay activistas que rápidamente se transforman en vacas sagradas de la causa, y todos “sí, sí, sí”. Todos quieren hacer caso. ¿Por qué crees que hay tanta autoayuda? ¿Desde cuándo necesitamos un libro para saber qué comer o cómo criar a un hijo? Es absurdo. O sea, más que un matriarcado, que siempre lo ha habido pero en un nivel más privado e inconsciente, lo que hay ahora son múltiples figuras paternas.

¿Un patriarcado histérico?
–No sé, pero podría ser un invento. Porque ahora sospechamos de la autoridad y la acusamos de impotente, pero a la vez estamos saturados de discursos ajenos, de cuestiones ya masticadas. La estética capitalista, con su brillo tan excesivo y homogéneo, deja muy pocos espacios para poder sublimar, dejar el exceso. Y me parece que vaciarse de eso tiene que ver, más que con volver a las plantas, con poder tener un silencio interior, dejar de ser narrado por otros. Esa es la operación que finalmente te permite pensar en cómo respetar el pacto social sin tener que volver a creer en Dios, ni en el padre, ni en el rey. La saturación te lleva al discurso de “la democracia no funciona, no creo más en los políticos”, cuyas salidas son el camino del cinismo o el de Donald Trump. Necesitas vaciarte un poco de eso, reconocer algo así como el propio pulso, para poder decir “ya, voy a respetar ciertas instituciones, no me voy a pasar un semáforo, no te voy a cortar la cabeza”.

Pero después ese pacto se pone fome.
–Cuando crees que ya está listo. Pero nunca está listo, hay que conversarlo 500 mil veces. Por eso es complicado y por eso es lo mejor que podemos tener.

 


Neurotic@s. Bestiario de locuras y deseos contemporáneos.
Constanza Michelson
Planeta, 2017, 192 páginas
Lanzamiento: Jueves 16 de marzo a las 19:30 hrs en Centro Cultural Casa 0 (Villavicencio #395, esquina Lastarria).