Aún no hay archivos judiciales que especifiquen cómo murió Mario. Ni siquiera hay una fecha establecida, pero recientemente, la Corte falló una indemnización para sus padres y hermano y le sumó tiempo a las condenas de Carlos López Tapia, Basclay Zapata y Miguel Krassnoff, por su crimen.
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Cerca de la medianoche del ocho de agosto de 1976, Mario, que en ese entonces tenía 23 años, fue detenido por un Carabinero de franco mientras caminaba por el Paradero 24 de la Gran Avenida junto a dos amigos, Santiago Araya Cabrera y Juan Manuel Carrasco Castro. En ese momento fue derivado a agentes de la DINA y trasladado hacia Villa Grimaldi, lugar en que fue torturado, interrogado y asesinado, según declaran otros detenidos que compartieron con él en este centro que respondía a las órdenes del máximo jefe: Manuel Contreras.

Mario -también conocido como el Pato Malo-, Santiago y Juan Manuel venían de vuelta de un encuentro con otros miembros del MIR cuando el oficial Rufo Rivera Vásquez les pidió que se identificaran. Sus compañeros lograron huir. Mario arrancó, pero hacia una calle sin salida. A pesar de que no portaba su cédula de identidad y llevaba un arma sin municiones, lo que marcó su destino fue su militancia: era miembro activo del MIR desde hacía años y formó parte del Grupo de Amigos del Presidente (GAP), que hizo guardia en la casa de Tomás Moro. Por esta razón se encontraba en la lista de los perseguidos por las fuerzas militares.

Consciente de su situación, tomó resguardos: no volvió a acercarse a la casa de su infancia en Maule 80, casi al llegar a Vicuña Mackenna, donde vivía con sus padres y sus 5 hermanos y resolvió separarse de su mujer con la que había formado un hogar cerca de Estación Central y con la que tuvo dos hijos: Mario (45) y Marcela (44).

Así, luego del 11 de septiembre de 1973, Mario entró de lleno en la clandestinidad. Rodrigo cuenta que aparecía poco y que algunas veces contactaba a sus padres a través de un familiar. “Ahí acordaban quedar en algún restaurant o algo así, pero si pasaba algo, Mario se iba rápido. Lo mismo pasaba cuando estaba con sus compañeros en casas de seguridad o arrendaban algún lugar en poblaciones. Tenían que irse y muchas veces solo se quedaban con lo puesto”, relata.

Rodrigo agrega que muchas veces aparecían agentes de la DINA, de la Dicomcar y también de investigaciones buscando a Mario en la casa de Maule 80. “Cercaban toda la cuadra, llegaban con milicos y fusiles a allanar la casa, pegándole patadas a la puerta. Era todo un espectáculo para los vecinos. Y como mi papá también se llamaba Mario lo interrogaban y lo presionaban con una pistola en la cabeza”, recuerda.

Dice que su padre se salvó, en reiteradas ocasiones, porque mostraba el certificado de nacimiento de su hijo Mario y la libreta de matrimonio. También les señalaba la fábrica de calzado, que tenía anexada a la casa, para asegurarles que era un hombre de trabajo, que no tenía nada que ver con la política y que Mario había elegido ese camino, pero que él tenía más hijos y estaba dedicado a ellos.
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Antes de caer en Villa Grimaldi, Mario estuvo varias veces a un paso de ser atrapado por los organismos represores. Rodrigo detalla que su hermano estuvo en Cuatro Álamos y que para la Conferencia de la OEA dejaron salir a algunos presos. “Hicieron toda una parafernalia en el parque O’Higgins para que les sacaran fotos para el diario. Todo se veía bien pero en realidad había agentes de la DINA siguiéndolos para todos lados. Ahí Mario logró escapar, se metió debajo de una micro que lo arrastró unos metros, se logró subir y le dijo al chofer que lo estaban siguiendo. Y se salvó”, dice.

Pero el cerco se hacía cada vez más estrecho alrededor del MIR. Algunos militantes se fueron del país, otros estaban siendo capturados y los menos, habían sido acusados de traicionar a sus compañeros.

Este último es el caso de Mario, quien pertenecía al grupo liderado por el ‘chico feliciano’ hasta que fue desvinculado por, supuestamente, haber entregado nombres. “Un día el Mario le contó a mi papá que le había llegado una carta en la que lo desvinculaban y lo acusaban de que había estado dando nombres. Eso le dolió mucho porque no era cierto. Ahí su grupo quedó desfinanciado”, plantea Rodrigo.

Cuando la dirección del MIR les cortó los recursos, quedaron desprotegidos y fue más fácil que los atraparan. Rodrigo cuenta que los 4 ó 5 del grupo siguieron luchando y que el primero que cayó fue ‘Feliciano’, después Mario y así, uno a uno, hasta que se desintegraron completamente.

Lo último que se ha podido recabar de Mario se remonta a su reclusión en Villa Grimaldi, lugar donde otros detenidos lo vieron por última vez. “Los testigos que compartieron con él, dicen que lo torturaraban y lo hacían pasar por caminos de piedras. En el testimonio que entregaron a la Vicaría, cuentan que le pegaban todos los días y lo amenazaban diciéndole que lo iban a matar”, narra Rodrigo, mientras se lamenta de aún no poder visualizar la cara de su hermano más allá de las fotografías que guardó su madre.

Días después de su detención en agosto de 1976, cuando sus padres dejaron de recibir información acerca de Mario, la familia recurrió a la Vicaría de la Solidaridad para dar cuenta de la desaparición de su hijo. Ahí tenían un contacto que los ayudó a recabar toda la documentación y luego los instó a presentar la demanda en tribunales.

“Pero en ese tiempo las cosas no funcionaban como corresponde”, sentencia Rodrigo. El hermano de Mario dice que, meses después, se supo de otros detenidos desaparecidos del MIR pero que aún así fue beneficiado por la Ley de Amnistía: “Nosotros mandamos todo lo que teníamos, algunas pocas fotos que alcanzamos a guardar y los testimonios que otros detenidos habían prestado a la Vicaría, pero todo eso de la primera demanda fue amnistiado”.

Por lo mismo, en 2007 decidieron presentar una nueva demanda que hace pocas semanas se resolvió. La sentencia dictó cinco años y un día de prisión para Carlos López Tapia, Basclay Zapata y Miguel Krassnoff, todos ya recluidos en Punta Peuco, además de un monto de indemnización para Rodrigo -35 millones- y para sus padres -80 millones-.

Para Rodrigo, esta resolución no aclara nada y le parece una falta de respeto la poca preocupación de todos los gobiernos por hacer justicia respecto de los casos de detenidos desaparecidos. “Lo único que hacen es terminar los casos con un indemnización, es irrisorio. La pena que le dieron (a los agentes de la DINA) es igual a la del robo de una gallina. Y más allá del elemento condenatorio, el fallo no trae verdad sobre qué le paso a mi hermano. No se sabe dónde está su cuerpo, qué le hicieron, si está en una fosa común o en el mar. Ese es un tema que va a quedar abierto para siempre”, comenta.
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La familia de Maureira Vásquez siempre estuvo muy ligada al ámbito artístico. Mario pertenecía a un grupo de música andina y Rodrigo no dudó en seguir sus pasos. Desde pequeño comenzó a hacer este mismo tipo de melodías y después de una trayectoria de mucho esfuerzo, ganó el festival de Viña del Mar en 2001.

Luego de este reconocimiento, se quedó con el ‘bichito’ de independizarse y en 2009 se lanzó a hacer su propia música. Así nació Memoria Viva, el disco en homenaje a su hermano que se concretó en 2010.

La compilación de 11 canciones mezcla la trova con un poco de pop y su single es la que da nombre al disco. “Es una canción muy melancólica y la versión instrumental es llorona, llega a dar escalofríos. Creó que esta canción nos sirve como familia, es una forma de limpiarse y poder decir: Bueno, dentro de todo lo que nos pasó, tenemos la opción de darle a mi hermano un camino de recuerdo”, dice Rodrigo.

Además del disco, año a año, la familia de Maureira Vásquez, realiza eventos de conmemoración abiertos a todo público en la Villa Grimaldi. Ahí, son invitados grupos musicales y ex miristas o presos políticos que deseen compartir sus vivencias con los asistentes. “Es una instancia muy bonita para recordar a toda la gente que luchó y murió tratando de vivir en un mejor país, uno justo”.

El hombre que fue invitado a Suecia para conmemorar los 40 años del golpe cuenta que este año, cuando se haga el acto en honor a su hermano, planean instalar una placa que incluya el nombre de Mario en Villa Grimaldi y una foto de él. Además, con el dinero que recibirá por la indemnización, quiere crear una academia con el nombre de su hermano desaparecido o bien una sala en su recuerdo. “Tengo pensado que sea algo relacionado al arte, la danza y la música. En nombre de Mario y de todos los militantes anónimos de la dictadura, esos que soñaron y lucharon por un cambio social, quiero darle espacio a muchachos de poblaciones para que puedan tener acceso al teatro y el arte”, finaliza.