Es sábado 11 de marzo, estoy en Cuba, y acabo de enterarme que murió mi amigo Ángel Parra. Lo primero que se me aparece en la cabeza no es su música, sino su cara de facciones marcadas, tan serias como vivarachas, tan convencidas como descreídas. “El pobre para escaparse, se va metiendo en el vino, olvidándose que es hombre, emborrachando al destino”. Lo veo saborear un trago, mover los labios, querer tomarse la botella entera, pero contenerse. Ya no es el joven que se daba rienda suelta; ya no cree en la revolución, pero todavía la desea. Pasó por la Unidad Popular cargando todas sus banderas en alto, y cuando zafó de las huestes vencedoras, en lugar de ponerse a llorar, siguió aprendiendo. Lo vuelvo a escuchar narrando historias de su madre donde ella no es una heroína. “Si tenía plata, nos íbamos al Ritz; si se le acababa, nos mandaba a pedir”. No hay ángeles en las historias de Ángel. “Nosotros los chicos, Pato, tenemos la cabeza muy cerca de la tierra”. Le gustaban los humanos y las humanas más que los pájaros, los animales y las plantas. “Y ahí veo al hombre que se levanta, crece y se agiganta”.
La suya se suma a la muerte de una estirpe, de una generación que creyó en la igualdad. Soñó un mundo de pobres dignos. No creo que le haya interesado nunca el crecimiento económico. Le apostó algo más que unos pesos a la Revolución. Pero Ángel no era de los ingenuos; mal que mal su madre, según Nicanor, murió despotricando contra el partido de toda su vida. Ángel era amigo de Víctor Jara y del guatón Insulza. Con ambos farreó en la peña de los Parra. Era comunista y Mapu. Nunca le interesaron las cosas materiales, pero el poder lo entretenía. Y como aprendió a conocerlo, no sabía ignorarlo. Pasó por el campo de concentración de Chacabuco, y hasta ahí se hizo amigo de todos. Cultivaba la amistad. Sería aberrante imaginarlo, eso sí, como un hombre blando. Con él era fácil pasearse de los palacios a los zanjones de la aguada. A veces se vestía como chino, pero igual parecía mexicano. Ningún camino le daba mucho miedo, aunque intuyo que este último sí. Ángel no tenía ganas de morirse, porque la gente como él nunca se quiere morir. “Cuando amanece el día digo: qué suerte tengo de ser testigo”. Le encantaba este mundo. Lo conoció por sus siete costados. Como era medio marxista y medio cristiano, cantaba en actos políticos y en parroquias, además de teatros municipales y asados en los que afloraba el galán. Tenía como 10 años cuando se escapó de la casa. No me acuerdo si la policía lo encontró en Bolivia, en Perú o en Ecuador. Después le dio la vuelta al mundo varias veces. Terminó casado con alemana y pasando los veranos en Formentera. Fue uno de esos chilenos que merecen permanecer en nuestro diario mural. Para nada un cúmulo de virtudes, pero querible como pocos.
Hace un rato me llamó una amiga para decirme que Silvio Rodríguez estaba al lado suyo. La muerte de Ángel lo tenía consternado. “Puedes quitarme el aire que preciso para vivir, pero no podrás quitarme la fuerza que nació en mí”. Estamos viviendo el fin de una época en América Latina. Se murió Fidel, las Farc entregaron las armas, ya en los restaurantes cubanos hay salones vip y la revolución bolivariana es una farsa sin alma. Los últimos años Ángel los pasó escribiendo recuerdos. No era que quisiera volver atrás: ahora eran cuentos. Muchos no terminaron bien, pero sonaban de maravilla.