Chile, 1975. Un artista marcial, recién estrenado su cinturón negro, recibe en sueños a su sensei, quien unos meses antes había sido secuestrado y asesinado por agentes de la dictadura. El maestro trae dos noticias a su pupilo: que la “fuerza está con él” y que su misión de ahí en adelante será luchar contras el mal en cualquiera sea su forma, aunque siempre apegado a un código estricto en lo moral. Nuestro héroe, pobre cosa, lee la letra chica del contrato con telescopio y, apabullado por una retahíla de símbolos opacos, entre ellos una voz castiza que se le aparece de vez en cuando, acaba interpretando que su misión en el mundo es “matar al mandinga”, en este caso al mismísimo Pinochet. Tiranicidio, urgente.

Las primeras cincuenta páginas de la novela, en las que conviven una milagrosa mezcla de tensión y comicidad, son las mejores del libro entre otras cosas porque, al menos en apariencia, la novela se debate entre seguir la senda del superhéroe o la del desquiciado mental. Como Batman, el protagonista, antes de elegir entre una y otra, es ambas cosas a la vez, tanto una muestra de voluntad y amor propio como de la locura de quien está inhabilitado para negociar los términos de su llamado, de su vocación.

Por supuesto, el andante caballero de esta novela es católico. Después de todo, esto es Chile. Se ciñe a unas normas híbridas, entre su religión recibida, en parte exorcizada, y las enseñanzas del Karate-Do, la vida del dojo y la autoridad del sensei. Las leyes fundamentales que rigen su lucha contra el mal se asemejan, no poco, a las de las damas y caballeros de la corte del rey George (Lucas).

Como sea, nuestro héroe de unas cuantas caras emprende el camino de la justicia. Le va de más o menos a mal. Es a los superhéroes lo que Lucho Jara al buen gusto: un modelo de aspiraciones torcidas. Es golpeado y humillado. Mata e intenta redimirse. Participa de la resistencia con nulo éxito. Se enamora. Descubre que está loco. Vuelve al punto de partida.

El afán paródico de la primera novela de Galo Ghigliotto salta a la vista. Aunque carece de la ligereza que hace entrañable a un soldado Schwek, otro héroe tontorrón de la guerra, y que la cháchara metafísica del karateca hacia el final se desborda y lo grotesco ocupa el lugar que antes estaba reservado para el raciocinio apelotonado del protagonista, hay en la historia (casi) contra fáctica que narra Ghigliotto el ánimo de leer los hechos reales desde una perspectiva pop y desencajada. El tiranicidio no es una materia nueva en la tradición narrativa postdictadura, pero el planteamiento de Ghigliotto, a medio camino entre el sintoísmo y el limbo, en el que el desenlace se da en un plano alternativo de la realidad, ciertamente lo es.

“Matar al Mandinga” es un pájaro raro en la actual producción narrativa nacional. Aunque sus materiales estén patinados con ácido lisérgico, en lo medular se trata de una novela social, concernida con los efectos que la desintegración del tejido social (asesinato, represión, prohibiciones varias penadas con el máximo rigor) tienen sobre el maldito, quebrado, yo. En este caso la psiquis de un hombre frágil que lee todos los signos que se le presentan como si estos estuvieran dirigidos a él.

Matar al Mandinga
Galo Ghigliotto
LOM, 2016, 144 páginas