Foto: Imagen de referencia

Corría el verano del año 1997 (pudo ser 96), y con dieciséis o diecisiete años, decidimos con un par de amigos de San Luis, y otro par más de Santa Julia -mi población en aquellos años- inscribirnos en las actividades de verano que dictaba la municipalidad de Ñuñoa en el Estadio Nacional. Durante un mes, practicabas un deporte a elección de 8.30 a 12.00, y luego podíamos disfrutar de la piscina olímpica del recinto hasta las 14.00. Guiado por las hormonas de aquel entonces elegimos (sabiamente) el deporte que tuviera más minas: volleyball. Un verano idílico: correr tras tus nuevas amigas (todas cuicas y ricas) toda la mañana, para luego verlas en bikini, gratis (gratis po´hueón).

Cuando el sueño parecía acabar, nos reunieron a todos, y nos comentaron que al terminar las actividades, uno podía, además, inscribirse para un paseo de 9 días a Valparaíso (traducción mental adolescente: “un paseo de 9 días a Valparaíso con puras minas ricas”). Broma, pensamos. Sin pensarlo dos veces (en una fracción de segundo) dijimos que sí, para embarcarnos en este Yanna estival.

El día del paseo llegó. Nuestros padres accedieron libremente a ir a dejarnos al lugar de reunión: costado norte de la Municipalidad de Ñuñoa. Propio de la edad, “papá déjanos acá no más” (una cuadra). Caminamos los metros restantes, ensalzados de calentura. Mochilas al hombro, prácticamente flotando en felicidad, llegamos al lugar acordado. Tragedia. Para que se hagan una idea, todos nosotros veníamos de poblaciones flaites, pero el espectáculo que vimos a un costado de la municipalidad cuando llegamos era surrealista: hueones sin polera saltando, minas en posición pastabasera a guata pelá´, pendejos de 8 años fumando, otros haciendo combinados de Limarí, y lo más “llamativo”, minicomponentes por doquier escuchando Camela, para cerrar una cacofonía cuma indescriptible. Era tan Cuma la weá, que éramos los “cuicos” de la weá (sopesen eso).

Tras varios minutos de evaluar la situación, en cuya lista, de haberla escrito, los contras eran varias hojas, decidimos subirnos al bus (una micro de la época). La idea, obvia, era no quedar separados durante el trayecto. Para nuestra fortuna iban todos los wnes atiborrados en las últimas tres filas de asientos escuchando Camela, saltando como primates. Un viaje al averno.

Ya absolutamente claros (y resignados) que no íbamos a ir a nada ni medianamente similar a un hostal, luego de pasar la Escuela Naval y el Estadio (y todos los peajes y retenes en los cuales debieron haber detenido esta caravana de la muerte), el bus se detiene afuera de un colegio en calle Playa Ancha (lo recuerdo porque era nuestra “ruta de escape”). Acogedor era el antónimo perfecto para lo que vimos. Era un recinto penitenciario e-du-ca-cio-nal.

“Bajen sus bolsos y hagan filas por edad y sexo”. “Por supuesto” iban a decir la manga de cumas, seguro. Nos pusimos (cabe destacar en esta historia el sinfín de decisiones acertadas que tomamos) en la fila donde estaban los hueones más brígidos del planeta.
El colegio-cárcel, tenía un gimnasio, una cancha de baby, el área administrativa, baños/duchas, y tres alas (separadas por pasillos) cada una con aproximadamente 3 ó 4 salas, en donde nos acomodamos . No había sillas ni mesas, salvo lo que debe haber sido el pupitre del profesor, así que la dinámica apuntaba a mear en el suelo y poner el saco de dormir para marcar territorio. No llevábamos ni 5 minutos, y un cabro que estaba a dos sacos de dormir de nosotros entra y nos dice “hueón, un loco acaba de sacar una cortapluma y me pidió la billetera”. “¡Pero cómo chucha!”, “¿quién?’”, dijimos. “Ese que viene entrando”, y que tenía su saco AL LADO DE NOSOTROS (AL LADO).
“Vámonos de esta weá” fue la primera cosa que se nos vino a la mente. Contamos cuánta plata tenía cada uno, y salimos al patio (cacha la weá) a ver por donde podíamos saltar la pandereta. Ahí empezaba nuestro Shawshank Redemption. Para que se hagan una idea, por simple inspección, nos dimos cuenta que salir, era más peligroso que estar dentro de ese campo de concentración.

Llegó la hora del almuerzo. Cual SENAME, había que tomar una bandeja de plástico, y hacer una fila en donde a punta de cucharón de palo, te tiraban un poco de comida, un pan, y un vaso de jugo. No llevábamos ni un minuto haciendo fila, cuando se ponen delante de nosotros un grupo de hueones que se autodenominaban “Los Europeos” (porque usaban el pelo rapado y teñido rubio), y nos dicen “córranse pollos culiaos”. Ni alegamos. Pico todo. Dicho sea de paso, nosotros éramos los menores de esta suerte de Auschwitz, lo que era gravitante en esta ley de la selva. Estábamos en esa, y llegan los hueones que compartían sala con nosotros. Se acercaron a “Los Europeos”, y con dos aleteos y un par de miradas, los sacaron de la fila: “lo´locos andan con losotro´, así que piren lo´lonjis culiaos”(sic). Esa debe haber sido una de las veces que más seguro me debo haber sentido en la vida, independiente del almuerzo de mierda que nos pegamos.

El día transcurrió con la “normalidad” propia de una cárcel: weones paseando en círculo, concilios de pastabaseros en cuclillas, minas tratando de comerse al hueón más débil de la manada, círculos de zombis bailando Camela (Camela era como el reggaetón de ahora, pero digno. Un Romané bailable. Cumbia gitana) y nosotros en un rincón del patio tratando de que no nos colgaran.

Llegó el momento que no queríamos que llegara: la noche. Brígido. No sabíamos si entrar a la sala y dormir con los ojos abiertos sentados arriba de la mochila, o suicidarnos. Entramos, desplegamos nuestros sacos de dormir, nos pusimos encima con ropa, y cuando estábamos esperando morir de forma rápida, empieza el show. Una weá-humana que le decían el “Melame” entra, se acuesta sobre su saco, y como 10 hueones se le tiran encima “te amo´a cer el amor”(sic). Y empezaron a punteárselo en mala, cagados de la risa. Con el corazón saltando, y al no ver ningún pene, ni nadie que se bajara los pantalones, cachamos que la weá era talla (“TALLA”). Después de eso, el resto era normal (dentro de los estándares surrealistas de estar encerrados en una sala con puros hueones enfermos). Salieron sus copetes de un hoyo en la pared (en que momento hicieron esa weá: pico idea) unos cigarros, sus pitos, sus tonas, un codo y hasta sus líneas. Carrete intenso.
Yo creo -sinceramente- que nunca nos habíamos reído tanto, y nunca, nunca lo habíamos pasado tan bien. De verdad, esa noche nos hicimos todos yuntas, nos ganamos sus “chapas”, bailamos, puta weón, ¡que chucha no hicimos!. Menos mal (menos mal con maýuscula), que las minas estaban en salas separadas (lo que no quitó que los monos saltaran por las ventanas a las salas de las minas) de lo contrario Dios no destruye Sodoma. (Como anécdota, como a la tercera noche una mina se ahogó en vómito).

No puedo describir todos los días. Sólo puedo decir que lo pasamos increíble. Hicimos buenas migas con un montón de hueones (que ahora deben estar presos) y pasamos un montón de aventuras que recordamos, de verdad, como una gran experiencia. Cuando los prejuicios, que uno podía hacerse (uno que vivió 30 años en población) con los flaites y todo, se reducen al mínimo al saber que hay hueones que llevan el “cumismo” al siguiente nivel, y que sabes que tienes que (obligado) pasar nueve días en una sala con ellos, la vida se te presenta de otra forma. Son cabros que NO tienen la culpa de ser así; sus padres fueron des-educados sistemáticamente, aislados en poblaciones producto de una gentrificación programada, para así tener al pobre lejos del rico, creando una red de servicios sociales (educación, previsión y salud) del más bajo nivel, cosa que no puedan ni quieran aspirar a nada, dentro de un sistema que solo beneficia a un pequeño grupo a costa de la gran mayoría, en dónde te da miedo alegar por querer condiciones dignas porque de lo contrario te quitan todo. Esa es la realidad en la que esos padres debieron intentar criar sus hijos que hoy pululan por las calles de nuestro país. Algunos tuvimos suerte. Pero es eso, suerte.
Así y todo, tremenda experiencia.