El domingo 5 de marzo por la tarde, Liliana Meza (53) salió como de costumbre a regar, intentando resucitar el pasto seco del patio de su casa ubicada en el poblado rural de Santa Marta, comuna de Peñaflor. Cuando dio la llave notó que no salía ni una gota de la manguera, así que fue a ver si su pozo de 12 metros de profundidad se había secado -lo que pasaba a menudo-, pero al fondo se veía agua. Llamó a su hijo, Mauricio Jaña (33), mecánico y soldador, para que revisara si la falla estaba en el motor de la noria o en la bomba que hacía subir el líquido a la superficie. Desde niño que era bueno para la mecánica, siempre reparando lavadoras, televisores y lo que le pusieran por delante. Además, ya había bajado varias veces a hacer reparaciones y profundizar él mismo los seis metros adicionales que se necesitaron cuando el pozo se secó por completo hace un par de años.

Un amigo de Mauricio sujetó la soga que éste se amarró a la cintura y procedió a descender como lo había hecho en otras oportunidades. Pero el cordel no resistió y Mauricio cayó estrepitosamente, provocando un derrumbe que lo cubrió por completo. Veintinueve horas más tarde, tras varios intentos fallidos de bomberos y rescatistas, un vecino con una máquina retroexcavadora logró desenterrar su cuerpo sin vida. “Mi hijo gritaba mientras todo se derrumbaba. Fue terrible escuchar esos sonidos”, recuerda con horror Liliana.

Tras el accidente que costó la vida a Mauricio, su familia y vecinos del sector comenzaron a sopesar la real situación en que se encuentra Santa Marta. Ninguna de las 30 familias que habitan el lugar tiene acceso a agua y viven sumidas en una grave escasez hídrica, debiendo recurrir a la construcción de pozos que muchas veces fabrican ellos mismos. “Todo depende de los medios que tenga cada familia para lidiar con el problema del agua. Nosotros teníamos un pozo que tuvimos que ir profundizando cada vez más porque se secaba a cada rato. No lo pudimos reforzar completo con cemento, porque sale muy caro. Esto le puede pasar a cualquiera, acá todos tenemos noria y cada vez son más hondas”, dice Cristian Sarmiento (36), cuñado de Mauricio, mientras mira el gran socavón al lado de la casa.

LA SANTA OLVIDADA

Un pequeño cartel clavado a un poste es lo único que indica la llegada a Santa Marta. La localidad queda entremedio de la Autopista del Sol y el antiguo camino a Melipilla, sin almacenes ni otros servicios en su interior. Tampoco hay paraderos, calles pavimentadas, red de alcantarillado, ni mucho menos agua potable. La mayoría de las familias se abastecen de los pozos que construyen como pueden en sus patios y de las pocas veces que el camión aljibe pasa por sus casas. “Antes del accidente estuvimos dos semanas esperando que vinieran a dejarnos agua desde la municipalidad, esa vez no teníamos nada para tomar ni para bañarnos”, recuerda Miguelina Muñoz (76) junto a su marido Adán Garcés (66). Hace 17 años que viven en Santa Marta y hace cuatro decidieron clausurar su noria de 8 metros porque se les secó y no tenían el dinero para profundizarla.

Para los pobladores, vivir así es difícil, aunque ya es una costumbre. Constantemente, las familias sufren de falta de agua para bañarse, cocinar y lavar. Para tomar, deben comprarla embotellada o conseguirla en una bomba bencinera ubicada a 5 kilómetros de Santa Marta. En invierno las napas subterráneas bajan, obligando a profundizar los pozos que se filtran con aguas servidas de los canales que rodean las casas. “Llenai un vaso y es terrible el color con el que sale, con suerte sirve pal water y pa’ bañarse un poco”, comenta Segundo García (45), vecino de la familia de Mauricio y quien operó la máquina del rescate.


Tras el accidente de Mauricio, un gran socavón ocupó el lugar del pozo en que falleció

Cuando Miguelina y Adán clausuraron su pozo, sólo les quedó el anhelado camión aljibe para abastecerse. Ambos trabajan en una feria de Peñaflor vendiendo loza, así que aprovechan cada recorrido de vuelta para llenar bidones y botellas para pasar la semana. “Cuando viene el camión nos llenan 4 estanques de 100 litros y con eso tenemos que sobrevivir hasta la próxima que vuelven. Es terrible para los que no tenemos noria”, se lamenta Adán.

Según un estudio de la Dirección de Obras Hidráulicas del año 2015, en nuestro país hay 417.516 personas que viven en zonas rurales sin acceso a agua potable. Aunque no existen registros sobre la situación específica de los vecinos de Santa Marta hay quienes ya vislumbran un difícil invierno. Paradójicamente, sufren de inundaciones en sus caminos de tierra, provocadas por la falta de limpieza en los canales que rodean las casas.

Justo en la entrada de la localidad pasa una línea férrea que marca la real frontera de la escasez. Los vecinos reclaman que desde ese punto hacia el exterior hay redes con agua potable, abasteciendo al condominio del frente y a un centro de eventos con piscinas ubicado justo antes de entrar al sector. “Las cañerías pasan por al lado. El día del accidente vinieron las autoridades y las increpé por eso. Me dijeron que no se podían pasar las redes por debajo de la línea del tren, que era un problema estatal que no podían solucionar”, alega Segundo.

El alcalde de Peñaflor, Nibaldo Meza, explica que no cuentan con el personal ni recursos adecuados para realizar proyectos que permitan el acceso al agua potable en la zona. Asegura que han estado levantando un plan de “acciones concurrentes”, para postular al gobierno regional y obtener todo lo necesario para implementar las soluciones adecuadas: “Actualmente es imposible hacer algo, pero la finalidad del proyecto es suplir todas las necesidades del sector”. No existe hasta la fecha un plazo definido para esta solución.

DESENTERRANDO AGUA

La familia de Mauricio llegó hace 15 años a Santa Marta. Liliana, su madre, y Manuel Miranda (49), su actual pareja, compraron el terreno y construyeron una casa pequeña. Al poco tiempo llegó a vivir Noemi, hija mayor de Liliana, quien falleció el 2015 tras un ataque epiléptico. Meses después llegaron sus otros dos hijos, Mauricio y Carolina (38), quienes instalaron otras dos casas en el mismo terreno. El primer pozo de la familia excavado en el año 2002 tenía cuatro metros, pero se secó completamente y lo clausuraron. El segundo comenzó con seis y Mauricio se encargó de dejarlo en doce, pues frecuentemente se secaba y había que profundizarlo cada vez más para encontrar agua. Así fue como terminó cavando su propia tumba.

Considerando que el costo usual para profundizar un pozo es de $250.000 por metro, muchos vecinos optan por hacer los trabajos ellos mismos. “Hay personas que pueden pagar algo bueno, pero para la mayoría es imposible y tienen que arreglárselas como pueden. Ir a la municipalidad es perder tiempo, la gente ya es vieja y se cansó de reclamar”, comenta Jonathan Sepúlveda, amigo y jefe de Mauricio en el taller donde trabajaba.

Hace casi cinco años, la mayoría de la gente comenzó a notar que había que descender más de lo normal para llegar a las vetas de agua. Fue cuando se dieron cuenta que a pocos kilómetros se comenzaba a construir una gran laguna artificial, la que los vecinos apuntan como la culpable de vaciar las cuencas bajo tierra. “Acá a todos se nos empezó a secar la noria cuando comenzó a construirse esa laguna, entonces había que arreglárselas para profundizar sin gastar tanta plata”, comenta Liliana. Para Jonathan, más claro echarle agua: “Hicieron un hoyo al principio y chuparon toda el agua. El daño que dejaron es irreversible porque todos sabemos que se trata de un recurso que no se renueva tan rápidamente”.

UN OASIS DE LUJO

A 11 kilómetros de Santa Marta, en la comuna de Padre Hurtado, se encuentra el exclusivo “Barrio Laguna del Sol”. Construido a fines de 2011 por la Inmobiliaria Aconcagua, ya cuenta con diez condominios entregados donde una casa puede costar hasta 151 millones de pesos.

El gran atractivo del complejo habitacional es una extensa y cristalina laguna artificial de 1,3 hectáreas de superficie y 40.625 metros cúbicos de capacidad, que podría incluso ampliarse en los próximos años. Las orillas del lago cuentan con playas de arena blanca y juegos infantiles. En sus aguas navegables se puede nadar o hacer deportes, también practicar velerismo y andar en kayak.


Los vecinos de Santa Marta deben instalar sus propios pozos y contenedores de agua

La laguna contemplada en el proyecto inmobiliario es una de las veinticuatro megapiscinas que ha construído en Chile la empresa Crystal Lagoons, además de otras treinta que pretende edificar en los próximos años. Respecto de la forma de extracción de agua y el mantenimiento de la laguna, la Inmobiliaria Aconcagua declaró en un comunicado que la laguna se abasteció en 2011 y desde entonces nunca se ha vaciado. “El proceso de llenado se realizó a través de los derechos de agua que compró la sociedad inmobiliaria a los dueños del terreno. (…) no se desecha agua, porque luego de realizar el filtrado, el agua se devuelve a la laguna. La única manera en que pierde líquido es por evaporación en verano, la cual se vuelve a llenar con los derechos de agua.” Por estos motivos, argumentan, se excusan de toda responsabilidad del consumo excesivo de agua de las napas del sector.

Desde la Municipalidad de Peñaflor declararon no haber recibido denuncias contra la inmobiliaria y su eventual responsabilidad en la escasez hídrica de Santa Marta. “Puede que la laguna sea la causa, técnicamente no puedo asegurarlo ya que es una apreciación subjetiva sin estudios que avalen la baja de las napas . La experiencia que comentan los vecinos es el único dato, pero no hay nada formal”, señala el director del departamento de Medio Ambiente, Jorge Avilés.


La megapiscina del “Barrio Laguna del Sol” tiene 1,3 hectáreas y más de 40 mil metros cúbicos de agua.

El alcalde Nibaldo Meza asegura que recién se enteró del tema cuando la gente se lo mencionó tras el accidente de Mauricio. “Desde entonces hemos tratado de obtener información respecto de los permisos concedidos a esta empresa, pues hay muchos elementos que afectarían a la situación de las napas subterráneas y no sabemos de dónde se alimenta la laguna. Estoy verificando a través de la Dirección General de Aguas sobre estadísticas y datos para comprobar si después de la construcción de esta laguna ha bajado la disponibilidad de agua en Santa Marta”, aseguró el edil.

En Maitencillo, donde también existen problemas de escasez de agua, existe un conflicto similar que ya llegó a tribunales. Desde hace tres años, un grupo de vecinos ha luchado por la cancelación de “Costa Laguna”, un proyecto de edificios alrededor de una laguna artificial de 3 hectáreas y 50 mil metros cúbicos de agua, a tan solo un kilómetro de sus casas. Si bien aún no hay permiso de obras, los vecinos perdieron en 2016 ante la Corte Suprema su derecho a impugnar la Resolución de Calificación Ambiental, por lo que aún reclaman estar siendo ignorados. Al igual que en Santa Marta, no cuentan con alcantarillado, ni agua potable, y se las arreglan con pozos. “De acuerdo a lo que nos mostraron del proyecto, son seis meses de extracción de agua, día y noche, desde las napas que ya están muy bajas. El daño es clarísimo e irreparable”, dice Michael Oettinger, dirigente vecinal de la zona.

Casi una semana después del accidente que le costó la vida a Mauricio, la Municipalidad de Peñaflor mandó a tapar el socavón en el patio de los Jaña Meza, ocupando la misma tierra que lo sepultó ese día. Ellos aún no saben qué hacer, pues construir un nuevo pozo requiere tiempo, estudios de búsqueda de agua y más de tres millones de pesos que no tienen. “¿Y dónde lo ponemos? No es llegar y hacerlo, la veta estaba ahí pero no lo voy a instalar en el mismo lugar. Ahí está la sangre de mi hijo”, dice Liliana mientras mira la foto de Mauricio que tienen sobre la mesa donde almuerza la familia.