El Encuentro Continental de Jóvenes (1998)

Todos quienes participamos del Encuentro Continental de Jóvenes, sabemos que de cumbre cristiana en el espíritu tuvo bien poco, y que por el contrario, debe haber sido uno de los encuentros masivos alcohólicos y de fuertes connotaciones sexuales más grandes hechos en Chile a la fecha (300 mil personas). Cabe destacar que si esa weá se hiciera ahora, como están los pendejos de hoy en día, la noche del cierre en el Club Hípico hubiese terminado en una orgía babilónica con gente muerta y decenas de jóvenes embarazadas producto de violaciones masivas.

Gracias a “Dios”, eran otros tiempos, y la verdad, que si bien hubo puntos de alto contenido sexual y delictual, el tema, salvo uno que otro comentario como “parece que se violaron a una mina más allá”, no pasó de ser un rumor mal intencionado. Así y todo, el bacanal NO fue menor.

Nuestro profesor jefe:
-Como bien saben, la próxima semana, es el encuentro continental de jóvenes, y tienen dos posibilidades: clases normales o participar en el evento. Los que quieran participar levanten la mano.

Levantamos hasta el hoyo.

Nosotros íbamos en ese entonces, en el Salesiano de Macul. Colegio de curas. Institución centenaria, que sito en el fundo Macul y vio la luz cuando se fundaba esta republiqueta. Educación católica para los cabros que no podían acceder a los colegios pagados. Una alternativa, de forma, para educar al pueblo. Dentro de la misma congregación, estaban también, las Hijas de María Auxiliadora (“cosita papá”). Gente como Umberto Eco, Silvio Berlusconi y el Toro Vieri fueron correligionarios de esta obra pastoral. Como pueden ver, la calentura, el despelote y el desbande, fueron y son parte de espíritu de ambas casas.

Esta actividad, creo que era la primera vez que se hacía en el mundo. ¿Qué estaba pensando El Vaticano cuando eligió Chile? Vaya a saber uno.

La dinámica de este saturnal católico era la siguiente: jóvenes de todo el continente se precipitarían sobre nuestro país. Cada diócesis se organizaba de manera distinta, dando prioridad organizativa a los colegios católicos más grandes de cada comuna, quienes pasarían a ser tutores de las capillas y parroquias del sector. Nuestro colegio era uno de ellos. Para dar abasto, y cumplir con el rol samaritano propio del evento a lo largo del país, semanas antes, uno podía ofrecer su hogar para poder dar alojamiento a nuestros hermanos y hermanas en la fe. Varios de nuestros compañeros (recuerden: adolescentes de un liceo de hombres) lo hicieron con la esperanza de alojar una cheerleader norteamericana, una ninfómana argentina, un par de colombianas o una trifecta de brasileñas. Eso no ocurrió.

Ya organizado el tema del alojamiento, venía el tema logístico. Para cumplir nuestro rol de dueños de casa, uno, además, podía libremente ser “voluntario” y pasar a formar parte del staff de hueones que cumplirían varios roles, que iban desde ser monitor de grupo hasta ser parte del personal de seguridad. Los más pajeros, en tanto, solo fuimos a chupar, conocer extranjeras y pasarlo bien.

Llegó el día del evento. Así que el lunes a primera hora llegamos al colegio ansiosos de lo que el destino tuviera preparado para nosotros. Al mismo tiempo mirábamos con holgura como el resto de nuestros compañeros -que no quisieron participar (sí, los hubo)- entraban a clases mientras nosotros decidíamos si comprábamos pisco, vodka, vino, o las tres weás.

A cada sede le tocaban diferentes países. Nuestro liceo, no sé si por sorteo o qué, nos tocó Argentina y Venezuela (si mal no recuerdo). “Bien”, dijimos. Y “muy bien”, cuándo empezamos a ver el nivel de minas que empezaron a llegar.

A la llegada uno debía inscribirse en una lista, con la cual te designarían a un grupo con dos monitores a cargo para toda la semana. Pico. No pescamos la lista, y buscamos el grupo que tuviera más minas, y dónde la pareja a cargo fuera al menos una mujer (alegando que veníamos llegando atrasados y no estábamos en ninguna lista). La lógica fue la siguiente: si ya éramos un grupo de 5 o 6 hombres, no íbamos a ponernos en un grupo con demasiados hombres, ni mucho menos dejar esa decisión en manos del destino. Encontramos, luego de varias vueltas como buitres, un grupo con 6 o 7 argentinas (dos de ellas espectaculares), dos hombres y dos monitoras chilenas (que estaban súper bien). La hicimos. Huéon, siempre hay que pensar las weas antes de hacerlas.

Nos sentamos, y empezamos a diseccionar el grupo uno a uno: evaluando los pro y los contra, quienes eran las más lindas, y contrarrestando la competencia masculina argentina. Las chicas estaban todas bien, sumado a lo anterior, los dos verdaderos ángeles trasandinos que habían. El problema era los hombres: un hueón parecía modelo (ya, ok, va a haber una dura competencia) y el otro era como Cerati, tocaba guitarra, cantaba la raja y era simpático (cero posibilidad de intentar competir con ese hueón: Cerati + argentino + guitarra). ¿Cómo pudimos lograr ventaja, se preguntarán?: “El Cerati”, seguramente buscaba lo mismo que nosotros (conocer extranjeras) así que trataríamos de anularlo presentándole chilenas de otros grupos (de hecho terminó atinando con una chilena). Bien jugado.

Lo primero que hicimos luego de presentarnos, y dar un pequeño esbozo a lo que serían las actividades de la semana, fue hacer una vaca para comprar (más) copete y tratar de buscar un buen lugar para poder empezar a carretear. Ante la INDIFERENCIA TOTAL del grupo por sumarse al festín romano que les estábamos ofreciendo, nos desalentamos un poco, pero así y todo, seguimos adelante con nuestro plan. Otro paso a seguir, era lograr ganarnos la confianza de las monitoras de nuestro grupo, para así poder movernos con un poquito de libertad. Primero, eran chilenas, y segundo, tras un par de preguntas cachamos que eran igual de carreteras que nosotros (y más, de hecho), así que la verdad no costó mucho. Era el grupo que siempre quisimos.

Hubo hartas actividades y salidas con las cuales logramos una excelente relación de grupo, e incluso con los otros grupos, dónde obviamente también había compañeros de colegio, así que al tercer o cuarto día, ya conocíamos a medio mundo. Actividades con niños de escasos recursos y visitas a casas de abuelitos del sector, fueron por lejos las más gratificantes de todo el encuentro. A pesar de que uno lo único que quiere es carretear y hacerse bolsa, la magnitud del evento fue tan grande que casi por osmosis, la caridad y las buenas obras igual llegaron a la comunidad.

El penúltimo día, toda nuestra zona (el liceo más las capillas y parroquias del sector) nos reunimos en San Luis de Macul, en una especie de parque/plaza/bandejón que empieza en calle Los Soldadores hasta dónde vivía la Tía Gladys, que vendía pitos a 500 (sabemos que Dios te tiene en su santo reino, tía), para lo que sería una especie de tocata al aire libre para los jóvenes participantes del encuentro y todos los vecinos del lugar. El olor a marihuana iba de Las Torres a Departamental, y de Vespucio hasta Tobalaba. Brígido. Las botis que dan al parque no dieron abasto a la demanda. Si en algún momento hubo orden fue exclusivamente porque estaban todos muertos de curaos y/o volaos. Ni recuerdo que bandas tocaron (si alguien se acuerda, sería bueno que me lo hiciera saber para que la historia sea lo más fidedigna posible). Eso sí, a pesar del despelote humano que había, todo se desarrolló en completo orden; NO hubo delitos, aparte del hecho de beber en la vía pública, quedar más volaos que una zapatilla y estar casi desdoblados en éxtasis, no hubo destrozos de ningún tipo. Pero todo esto, solo fue un pequeño entremés de lo que se venía al otro día.

Último día. El gran evento: cierre final del Encuentro en el Club Hípico. Cuando nos dijeron que no era un evento de tarde/noche (y de ahí para la casa), sino que había que pasar toda la noche del sábado allá, hasta el mediodía del domingo, pensamos en los griegos que trataban de destacar el carácter conmemorativo de las orgías como catalizador de emociones. Luego, en los romanos, que trataban de darle una connotación de histeria colectiva para exacerbar las pasiones más arcanas; y finalmente en nosotros, que veíamos en este evento, la posibilidad de aunar ambas posturas clásicas.

Una de las cosas para las que el chileno es bueno organizándose, evaluando riesgos y proyectando alternativas, es para tratar de llevar la mayor cantidad de copete y droga posibles a un evento masivo al aire libre.

Ese día llegamos temprano al colegio. Son de esos días en que la noche anterior te cuesta conciliar el sueño y no hayas la hora que suene el despertador sabiendo que te espera un gran día. Lo primero fue clasificar lo que íbamos a necesitar de acuerdo a ciertas prioridades:

1.- Copete y droga: compra, traslado e internación del mismo. La razón dictaba que el copete debíamos comprarlo en la botillería que estaba frente a nuestro colegio (Viñas de Portezuelo se llamaba la weá más encima) y llevarlo dentro de los sacos de dormir, augurando cierre perimetral de expendio de bebidas alcohólicas y revisión de mochilas en las inmediaciones del Club Hípico. Y la droga, como era obvio, ya debía estar comprada de antes. No se podían correr riesgo innecesarios.

2.- Minas: Uno, ver si nos íbamos a ir con nuestro grupo y estar toda la noche con ellos [óptimo y lógica del menor esfuerzo] Dos, tratábamos de ubicar a nuestras amigas de la vida que iban en otros colegios (Divina Pastora y/o María Auxiliadora) para poder juntarnos allá [carrete y buena onda asegurado, pero muy arriesgado logísticamente, recordando que en esa época no usábamos celular]. Ó, finalmente, irnos solos y conocer minas allá [niveles de certeza muy cercanos al cero absoluto]. Hicimos un mix de las tres: nos fuimos temprano con nuestro grupo, esperamos en un punto neurálgico (bandejón de Rondizzoni) a ver si lográbamos ver a alguna de nuestras amigas, y de pasada veíamos si podíamos conocer minas de otros lugares. Fue un desastre absoluto; nuestro grupo se aburrió, y entró, no vimos a ninguna amiga, y no conocimos a nadie en todo el rato que estuvimos esperando. Clásico.

Lo anterior no mermó nuestra moral ni un ápice. En el rato que estábamos ahí esperando, pudimos reunir un grupo considerable de salesianos, que “curiosamente” habían planificado estrategias similares a las nuestras, con ciertas variantes en magnitud y descaro que no va al caso detallar.

La entrada designada de nuestro colegio fue por calle Rondizzoni, al sur del Club Hípico, por el perímetro más angosto del mismo, entre las calles Club Hípico y Mirador. El culo de la weá. Ese ingreso no fue al azar ni mucho menos, respondía a la ubicación exacta en la que estaría la “zona” en la cual deberíamos armar nuestro pequeño e improvisado “campamento”.

La segmentación de zonas por colegios y comunas no era otra cosa que el dibujo social de lo que somos como país. Al norte del recinto, donde están los edificios característicos del lugar, los mejores accesos, la mejor iluminación, la mejor red de servicios sanitarios, distribución de alimentos y en definitiva, el escenario donde se llevaría a cabo el evento, estarían ubicados los colegios católicos más cuicos de Santiago. La cota mil del evento. En el sector que estaba dentro de la pista de carreras, se ubicó el “medio pelo” del asunto; el pasto ya estaba un poquito más largo, los baños estaban mucho más separados, y si bien la iluminación era buena, la cantidad de colegios que ahí quedaron era tan grande que la distribución fue igual fue caótica. Bueno, como era de esperar, nosotros quedamos fuera de ese perímetro; éramos la última zona hacia el sur, el pasto ya no era pasto -era maleza- y nos llegaba casi hasta la rodilla, sumado al rocío que hubo, a media noche andabas con los pantalones mojados hasta la rodilla. No teníamos baños (al menos cerca), ni nada que se pareciera a un servicio sanitario. Y la guinda de la torta fue que no teníamos luz, y al estar al menos a 1 km de donde “pasaban las cosas importantes”, no veíamos un pico. “Está hablando el Papa” nos llegaba un rumor a lo lejos, y uno trataba de mirar, y no veíamos ninguna weá. Nada.

Como uno siempre le busca el lado positivo a las cosas cuando de carretear se trata, la verdad no le dimos importancia al hecho de que éramos la población callampa del evento, sino que empezamos a ver todos los beneficios de nuestra ubicación: al estar tan lejos y sin luz, podríamos carretear tranquilos e incluso saltar la pandereta para ir a comprar más copete, si la situación así lo ameritaba.
Como no podíamos poner los sacos en ese humedal que nos pasaron, tuvimos que usar unos paneles de madera (tableros OSB) que sin saber porqué, estaban apilados cerca de donde estábamos. Cual campamento de refugiados, empezamos a pelear por la materia prima de lo que sería nuestro hogar por más de 15 horas. Al final logramos armar una especie de carpas prefabricadas de madera, donde íbamos a poner los sacos, en caso de que fuéramos a dormir (weá). Dicha implementación fue más útil de lo que pensamos, ya que en verdad no nos quedó otra que carretear encima de estos paneles.

Ir al baño, fácil a 300 metros, con copete y en la oscuridad casi total, era todo un reto. Piensa que una cuadra tiene más o menos 125 metros, entonces, eran dos cuadras de ida, y dos de vuelta curao, a oscuras, y en un mar de weones curaos. Si no te perdías era de pura suerte. Y orinar cerca de donde estábamos, no era la mano, una, porque habían hartas minas, y dos, porque si todos los hueones hubiesen optado por eso, solo hubiésemos empeorado nuestras ya precarias condiciones de vida.

A esa edad (16/17 años) uno es prácticamente inmortal. Puedes tomar mezclas de copete, quemar hierba, pegarte unos tonariles y bailar, todo al mismo tiempo, y andabas con suerte arriba de la pelota. Teníamos, entre todo el grupo, que debimos ser unos 15 o 20 (fácil), sin contar la población satélite de minas que se habían alejado un poco de nosotros (por miedo a que les pasara algo, imagino), copete suficiente para 48 horas. A las 23:00 ya estábamos quedando cortos.

De entre quienes estaban más lúcidos, hicimos una pequeña comitiva ninja, que debía ir a comprar copete a una boti que (según averiguamos recopilando información) estaba casi en Beauchef con Matta (a la mierda). Los hueones que fueron, llegaron tan cansados que no se podían la raja para saltar la pandereta de vuelta. Héroes sin capa.

El carrete seguía su curso normal, hasta que llega un rumor (todo lo que lográbamos aprender, y la poca información que lográbamos recolectar, era, o de forma consuetudinaria, o por el boca a boca) de que una colación que nos habían dado unas horas antes (un gansito, y un jugo, que tuvimos que ir a buscar a la mierda) estaba vencida de hace varios días (Classical Chilean Organizational Level). ¿Cómo mierda repartes comida para 300 mil hueones sin verificar la fecha de vencimiento? En fin. De nuestros cercanos, los pocos que vomitaron, vomitaron de curaos, pero del resto de personas que vimos, sí, más de alguna mina -nos dijeron- terminó en la tienda de la Cruz Roja (carpa que hasta el día de hoy dudamos de real existencia).

Era de madrugada cuando escuchamos gritos de minas. Tratamos de lograr saber que pasaba. Hasta que nos llega la información de que se habían tratado de violar, no a una, sino a dos minas extranjeras, muy cerca del descampado donde estábamos. Siempre asumimos que fue solo una exageración, y quizás fue algún tipo de intento y el delito en sí no se “consumó”. En ambos casos, al ser un evento tan masivo, tarde o temprano, el hecho –por la gravedad- hubiese salido a la luz. O (si nos ponemos conspirativos) la Iglesia Católica ocultó, como en tantas otras ocasiones, el incidente, y esas niñas hoy son madres de dos adolescentes que estudian curiosamente en el Salesiano. No lo sabremos nunca.

El carrete en sí, era como ir al intercomunal un día sábado a fin de año, pero multiplicado por mil. Se nos fue de las manos fácilmente. Si bien no habían flaites ni cumas (al menos no fácilmente identificables), la escena completa de donde estábamos nosotros era dantesca: todos curaos, botellas por doquier, gente tirada en el suelo, guitarras, grupos saltando, minas gritando, y un interminable deambular de hueones hechos mierda sin rumbo fijo, en todas las direcciones posibles. Había gente que estaba tan pal pico, que se quería ir. Otros, los que lograron encontrar pareja (no puedo dar nombres, pero me encantaría) estaban meta corriéndose mano mutuamente a vista y paciencia de todos, como si el resto del mundo no existiera. Un espectáculo que se pudo volver placentero a los ojos de quienes gustan de los ritos de tortura medievales y las iniciaciones sexuales masivas de la antigua Grecia.

El día domingo para todos aquellos que se levantaron temprano en la mañana y pasaron cerca del Club Hípico, la imagen total, era un guión escrito por George A. Romero. Entre los que lograron dormir un poco, y los que no durmieron nada, el deambular de hueones en estado zombie por las calles de Santiago pudo haber sido abrumador. Recuerden que eramos niños y niñas. Pendejos.

Siempre (pero siempre hueón), asimilen todo lo anterior volviendo al verdadero motivo de esta weá: era un ENCUENTRO DE JOVENES CATÓLICOS EN EL ESPIRITU. Y como dije al inicio, imagínate si hubiesen organizado de plano una orgia. Muere gente, de más. Queman al Hombre de Mimbre, beben sangre, sacrifican vírgenes, degollan becerros, cerros de testículos ardiendo al viento en una pira infernal de gonadas, gente auto-decapitándose, filas de hueones punteándose los unos a los otros en una fila interminable de contorsiones pélvicas, mujeres reptando en el suelo para poder aliviar el celo y la calentura, hordas de gente corriendo desnuda con toda su carne erecta y sedienta de placer, canastos repletos de escrotos para saciar el hambre de la muchedumbre y un largo etcétera que se me viene a la mente. De verdad, menos mal que fue un encuentro católico, y que en esos años las tribus urbanas andróginas y las libertades sexuales no estaban tan exaltadas, de lo contrario, Santiago se hubiese convertido en la capital mundial del desenfreno.

Y así se terminaba de firmar un cierre que fue más bien opaco debido al ánimo y la caña, pero lleno de gratos recuerdos, con un cansancio que era directamente proporcional a todo lo que webiamos, y sin duda, una actividad que nos gustaría volver a repetir. A pesar de todo.