The Clinic nació a fines del año 1998, cuando Pinochet fue detenido en Londres. Ricardo Lagos era entonces el primer candidato socialista a la presidencia de la república después de Salvador Allende. Para la segunda vuelta, toda la izquierda votó por él. Fue el PC quien permitió su triunfo. En Chile todavía imperaba el miedo inoculado por la dictadura, y para muchos con él volvía el caos. Las palabras eran tan medidas, la censura y la autocensura tan presentes, el monopolio de los medios de comunicación de derecha tan aplastante y el discurso moral tan conservador, que a todo lo distinto se le llamaba “irreverente”. No había ley de divorcio, promover el uso del condón era considerado una degeneración, y a nadie, absolutamente a nadie, se le hubiera ocurrido plantear siquiera la posibilidad de que la educación fuera gratuita para todos. La causa del mundo de izquierda se concentraba en pedir justicia para las violaciones a los derechos humanos. A nosotros, entonces los más “irreverentes”, nos interesaba ampliar los márgenes, multiplicar las voces en circulación, romper con los estereotipos de la izquierda lamentosa y faltarle el respeto con todas nuestras fuerzas a esa derecha pechoña que se escandalizaba con el sexo y no con las torturas macabras del régimen que había apoyado. Pero por sobre todas las cosas, nos molestaba que se sintieran poseedores de la verdad. Al final del gobierno de Lagos el clima ya era distinto. No había censura cinematográfica, habían terminado los senadores designados, Pinochet era un cadáver político y lo que años antes constituía escándalo formaba parte de las conversaciones normales. Lagos terminó su gobierno con más de un 70% de aprobación. Después vino Bachelet, la primera presidenta mujer en la historia de Chile, hija de un general asesinado y ella misma víctima del abuso de los militares. Todavía la dictadura pinochetista era el punto de referencia frente al cual se ordenaba la política. Dejar atrás el régimen militar y todo lo que implicaba parecía ser el reto del progresismo. Ese eje ordenador terminó de sucumbir el 2011, con la irrupción de una nueva generación política nacida el mismo año del triunfo del No. El objeto de sus juicios ya no era la dictadura, sino la Transición, o más precisamente la Concertación. Como esta última no supo incorporar las fuerzas que iban naciendo y prefirió quedarse en salones donde en lugar de escuchar la música del momento ponían discos con aplausos grabados, los que debieron ser sus herederos tuvieron que entrar al living a codazos. Así se armó la rosca: los jóvenes se apoderaron del tornamesa y, ¡vaya sorpresa!, en lugar de ritmos electrónicos pusieron “¡Venceremos!”. Lo que se reclamaba porque no estaba permitido de pronto tomó olor a imposición y los que querían ser escuchados aprendieron a gritar con algodones en los oidos. Ya no es sólo la derecha la que se siente poseedora de la verdad. Hoy la batalla política se lleva a cabo al interior de la centro izquierda. Es básicamente entre jóvenes refundacionales y viejos que se resisten a jubilar, aunque algunos la revistan de conceptos ideológicos. Los jóvenes de hoy son los viejos de ayer. Lagos quedó atrás; se supone que a estas alturas representa apenas el 4% de las preferencias. Su candidatura huele más a testimonio que a posibilidad. Tiene el mismo apoyo que Gladys Marín cuando él ganó la presidencia. La izquierda parece haber renunciado a gobernar, mientras la derecha se organiza de manera cada vez más monolítica. Ellos prometen crecimiento, mientras los otros se disputan la primacía de la molestia o de la sensatez. La Nueva Mayoría, que no es más que la decadencia de la Concertación, es una criatura bifronte, que de una parte mira al Frente Amplio y de la otra a la centro derecha. No cuenta con un proyecto común. No sabe a dónde quiere ir. Está muriendo con sus protagonistas. El drama es que sus sucesores se niegan a aprender de ella. El diálogo está roto. Ven con malos ojos el ejercicio de dudar. Lo de ellos es la fe y la convicción, más que la curiosidad.