Sé lo que es quedarse sin casa, vivir en sofás. Me enteré por las redes que un escritor dominicano no tenía donde vivir. Yo arrendaba mi departamento a un júnior de TV y un fotógrafo. Les pregunté si aceptaban a otro roomie. Aceptaron y decidí alquilarle parte del living que arreglé con un biombo. Hacía performances que consistían en ponerse flores en el culo dándose una vuelta de carnero. Yo jamás entendí eso, pero doy la mano cuando alguien está en el suelo. Le cobraba un precio simbólico, y pensé que viviría ahí dos meses. Se terminó quedando por un año, en que fue puntual con los pagos, hasta que le pedí el espacio porque, según los otros chicos, el hacinamiento comenzaba a dar problemas. Tenía un altar a Yemanyá y otras divinidades, una cabeza de cerámica abierta arriba y llena con tierra, velas y vasos. Pero lo principal era el tema tabú que nadie sabe cómo abordar y que no tiene que ver con el color ni el estrato. No le doy color en el gimnasio, en la micro y hasta disfruto algunos olores a viejo, a tabaco, a pega, a taller, a gente. Pero a mis otros dos arrendatarios, sí les molestaba. Mi eufemismo fue decir “aquí hay olor a encierro según tus compañeros”, a lo que respondió altivo y con acento bamboleante, como una especie de Fidel Castro travesti: “a lo único que huele aquí es a capitalismo, estos habitáculos no fueron hechos para que viviera gente sino máquinas esclavas, y la cuerpa de una está hecha para grandes espacios vegetales”. Y me dio una perorata moral con reminiscencias marxistas, de minorías post coloniales, con citas a cuarenta autores más. Arenga con la que yo estaba de acuerdo pero los otros chicos me dieron un ultimátum: o se va él o nos vamos nosotros, cosa que no me convenía, porque me habrían dejado clavadísimo con deudas y con el dominicano en el living.

El único que pasaba en la casa escribiendo era el dominicano: se había apropiado de la mesa y el living con libros de minorías, negritud, teoría queer. Prácticamente vivía solo, los otros llegaban de noche y se iban a provincia. Costó que se fuera y no contestaba mail ni teléfono. Un día empecé a limpiar el departamento obsesivamente, en cuatro patas, con la cara del personaje de Psicosis. Se me ocurrió mover el vaso de agua del altar y cuando llegó me dijo que Jemanjá se había comunicado con él y le había dicho que le habían sacado el agua, una especie de profanación. Yo soy creyente y respeto mucho ese tema.

En una ocasión en el Museo de Bellas Artes vi una gigantografía del dominicano, vestido de mina y sonriendo. Tenía avivadoras de cueca de la academia y séquito de adolescentes. “Yo soy una artista, ustedes los chilenos son vulgares” y me empezó a insultar, ante lo cual respondí: “Mira, negra -con cierto cariño, le decía así, cosa que le agradaba- yo fui el único que te sacó de aprietos y te alquilé este espacio cerca del metro Santa Isabel, ¿tú crees que toda esa gente que escribe cosas sobre tus performances, te aviva la cueca y te saca fotos, haría una cosa semejante? Ni en pedo. No, negra, a los pobres siempre nos cagan, y mientras esa gente vive en casas amplias en las comunas caras, tú estás aquí agrediendo, tratando de homófobo a medio mundo, cosa que no debería aguantarte”. Yo había pensado que él era escritor, pero en sus textos de un periódico virtual no había contenido ni forma. Todo era declaración y acusaciones. No había metáfora ni tratamiento del lenguaje.

Arrendar un pequeño departamento te pone en una situación muy culposa e incómoda. ¿Dios mío, quién mierda soy yo para seleccionar a la gente? Eso pensaba cuando llegaban a arrendar el pequeño departamento. Gente que hace seis veces la misma pregunta, una extranjera que se fingía desesperada y llegó llorando medio chamullentamente, minas que coquetean con los conserjes, gente que viene con guardaespaldas, alguna europea quisquillosa, locos de todos los estilos, vagos con plata, obreros, gente muy trabajadora, reggaetoneros y todo lo que uno se pueda imaginar. En el departamento a veces se escuchan saxos, guitarras y música clásica. Y, como el edificio es una caja de resonancia, se convierte en una especie de concierto y la gente abre hasta las ventanas para escuchar. El jazzista Federico Danenmann vive ahí. De hecho, se podría hacer una etnografía, una investigación y luego una película, documental o un libro sobre las formas de vida en esos departamentos que casi todos los arquitectos y el mundo bien pensante considera aberraciones. Es posible que lo sean, pero ahí vive gente, hay formas de relacionarse, vida. Hay que bendecir el lugar donde uno vive y saber vivir en espacios pequeños. O sea, pagar con la moneda del país, cosa que nunca hizo el performer. En una ocasión, en un espectacular hotel antiguo de Bruselas, había un joven relacionado por familia con una de las tantas constructoras. En cada piso del hotel espectacular, convertido en galería de arte, había una obra. Un piso estaba cubierto de hielo con unas máquinas, en otro había una decoración victoriana, en otro algo como flotante, en fin, arte moderno. Cuando me preguntó en qué proyecto trabajaba, mencioné una de las empresas constructoras relacionadas con su familia, ante lo cual puso cara de asco. Las hacen para otros, pero no viven en ellas. Pero hay gente que logra pagar esos dividendos eternos y vivir más cerca de sus pegas y de los servicios. Cuando el mundo bien pensante dice que están destruyendo el patrimonio, muero de alegría. Los taladros que interrumpen la señorial y plácida vida provinciana de la burguesía son música para mis oídos. “Qué le encontrarán a esos habitáculos de mierda”, pensaban tanto el dominicano como el artista que conocimos en Bruselas. Mucho, creo yo.