Para muchos escritores contemporáneos, narrar es una forma de acercarse al silencio. Parecen concebir el mundo como una constelación de ruidos cuando menos molestos. Practican el minimalismo, persiguen la “contención”, aluden con timidez al desastre social pero lo condenan en voz baja, casi para sus adentros, quizás conscientes de que su estilo está reñido con el exceso. Hablan pestes de las traducciones españolas y acto seguido firman cuentos y novelas escritas en un castellano desnaturalizado por la influencia norteamericana, con sus puntos eternamente seguidos y párrafos sorpresivos de una frase que buscan detener la respiración del lector pero que no estarían de más en una película de terror adolescente.

La poeta Antonia Torres, con su primera novela, rompe en algo el molde; en “Las vocales del verano”, al menos, no pasa nada. La novela se hunde en el lenguaje de todos los días, en la realidad empírica de la que alguna vez habló un joven Nicanor Parra, detrás del regreso al lugar de veraneo de la infancia y la adolescencia, para escribir un incierto informe de materia incierta, hay destellos de la violencia que propicia el encuentro entre un presente insatisfactorio y un pasado idealizado. En otras palabras: la vida misma, la de siempre. En ese sentido, resulta decidor que Torres prescinda casi del todo de los nombres propios (la tía Elena, Silvia y, por supuesto, Rubén).

Respetando el lugar común del misterio erótico no materializado en la infancia o adolescencia, al modo de la Charlotte de “Lolita” o la Annabel Lee de Poe, pero sin la picardía y elocuencia del primero y la energía prohibida del segundo, la protagonista se acuesta con Rubén, repartidor de leña, en las antípodas de cualquier sofisticación. Las descripciones del sexo y la relación son atolondradas, pero el resultado es lo que eleva la novela de Torres del fango a una categoría menos enojosa. A la inversa de “Los pájaros” de Hitchcock, en la que, según uno de sus más celebres comentaristas, el afán homicida de las aves es el excedente no liberado por el medio apropiado de la energía sexual del protagonista masculino, en esta novela la liberación de esa misma energía altera el paisaje natural y la percepción que la protagonista tiene del pueblo, que se hace más oscuro, más violento, como si pesara sobre ella, la afuerina, una sanción por haberse acostado con uno de sus habitantes. Y todo culmina con un cadáver del que no se sabe nada, cuya existencia está en vilo, pero que es símbolo de algo que permite a la protagonista volver a escribir.

Para ser una novela de poeta, breve y concentrada, la prosa es sorprendentemente chata y funcional; los adjetivos no comunican gran cosa, y el ojo para los detalles solo aparece de vez en cuando, como cuando dice que se siente como si una nave pesada se hubiera estacionado a los pies de su cama; el viento “resopla”, hay momentos “difíciles y dolorosos” y la aparición de uno de los personajes es “inesperada”. Por toda la novela hay repartidos clichés así. Llegado cierto punto convendría recordar que hasta el lenguaje de todos los días es artificial y que echar a andar la imaginación verbal no es, como creen algunos, una ofensa hacia la literatura o el silencio.

Las vocales del verano
Antonia Torres
Penguin Random House,
2017, 108 páginas