Por David Evanier

Todo el mundo sabe que Allan Stewart Konigsberg nació el 1 de diciembre de 1935 en el Bronx. Al menos esa es la versión oficial. Jerry Epstein asegura que Woody le dijo que en realidad había nacido el 30 de noviembre de 1935, probablemente –según Epstein– porque Woody siempre quería adelantarse a todo. La familia se mudó a Flatbush, en Brooklyn, y vivió en distintos hogares hasta que se estableció en el 1215 de la calle Quince este cuando Woody tenía nueve años. Los amigos más cercanos de Woody eran Jerry Epstein, Jack Victor y Elliot Mills. “Desde que nos conocimos, con doce años, tuvimos una relación muy cercana, muy intensa –recuerda Jerry Epstein–. Tenía un punto de vidente. Podía ver de qué iba todo el mundo. Nos interesaban la magia, la hipnosis, la percepción extrasensorial, los fenómenos telepáticos… Desde el primer día nos hicimos muy buenos amigos… No tardé mucho en decirle que sería muy famoso, que era la persona más divertida que había conocido nunca. Lo sigo pensando hoy. No hay nadie en todo el mundo que llegue a su nivel. Siempre tuvo esa cualidad, y fuera del escenario podía ser incluso más divertido que cuando estaba actuando. De adolescente, si estaba deprimido, su sentido del humor me animaba. Tiró de mí a lo largo de mi adolescencia y consiguió que dejara atrás mi constante estado de depresión. Él fue mi antidepresivo. Me pasaba el día partiéndome de risa en el suelo de lo gracioso que era”.

“Nos juntábamos casi todos los días. Una vez se metió en una partida de dados trucados. Él apareció con unos dados que había conseguido en la Circle Magic Shop de la calle Cincuenta y uno con Broadway y se puso a jugar… pero lo desplumaron. Era muy rápido con las cartas. Sabía barajar y repartir. Jugando al póker podía repartirse cartas a sí mismo. Una vez, engañamos a un amigo jugando al gin rummy porque necesitábamos dinero. Teníamos nuestras señales y este tipo de trapicheos se nos daban bien. Woody siempre buscaba la manera de salirse con la suya en algo, tenía algo de embaucador. Por ejemplo, me la jugó con una chica en un cine. Le gustaban todas las chicas con las que yo quedaba. Él nunca se sentía culpable: eras tú el que tenías la culpa, el que siempre estaba equivocado”.

Woody se refugiaba en el sótano, cenaba solo, leía sus cómics (Superman, Batman y Mickey Mouse), ensayaba el clarinete y sus trucos con cartas y monedas. Se mantenía así al margen de los comentarios críticos de su madre y de la tensión entre sus padres. “Sus padres eran una pareja de lo más extraña –me contó Jack Victor–. No tenían absolutamente nada que decirse. Nunca les oí intercambiar una sola palabra”. De hecho, sus padres podían pasar meses sin hablarse. “El padre y la madre eran como el aceite y el agua –dijo Jerry Epstein–. Marty no tenía ningún sentimiento religioso, mientras que la madre de Woody procedía de una familia ortodoxa”. Allen se sentía ajeno a la vida familiar. “Yo siempre comía solo: el desayuno, el almuerzo… todo –le confesó a John Lahr–. No había libros. No había piano. Nunca me llevaron a un espectáculo de Broadway ni a un museo en toda mi infancia. Nunca”. No tenían interés alguno por la cultura y eran incapaces de conectar emocionalmente con Woody; no sabían qué hacer con él. No eran capaces de apreciar su talento y siguieron sin serlo hasta el último momento, como se puede deducir de la escena de Wild Man Blues en la que Allen (junto a Soon-Yi) visita la casa de sus padres, ya en la senectud. No dejan de quejarse: su hijo podría haber sido un farmacéutico, podría haber sido un hombre de éxito. Mira en qué se ha convertido.

Woody vio su primera película, Blancanieves y los siete enanitos, cuando tenía cinco años y, como un anticipo de la película que crearía muchos años más tarde, La rosa púrpura de El Cairo (en la que un actor del reparto se sale de la película y se pasea por la vida real para luego volver a la película de nuevo), el joven Woody corrió hacia la pantalla para tocarla. Igual que Cecilia en La rosa púrpura, descubrió bien pronto que la vida en la ficción era mucho mejor que en la realidad. Viajó a Manhattan por primera vez a los seis años. Se quedó prendado de Manhattan y de las películas: Beau Geste, Pinocho, Bambi, la saga Camino a… de Bob Hope y Bing Crosby, Roddy McDowall en Las rocas blancas de Dover y Tyrone Power en El cisne negro. En 1944, vio por primera vez en la pantalla el surrealismo absurdo de los hermanos Marx y de Charlie Chaplin, en el Vogue Theater de Coney Island.

A los diez años, Woody era tan temperamental como su pelirroja madre, de humor cambiante y quisquilloso. No prestaba atención en el colegio y se metía a menudo en líos. Su madre le pegaba constantemente y no paraba de regañarlo. La frialdad y la distancia que Woody pone con la gente, su capacidad para mantener al margen sus emociones y su tendencia a utilizar el silencio como un arma intimidatoria probablemente tengan como origen la relación con su madre. Desde muy joven pudo comprobar, gracias al ejemplo que ella le dio, que la emoción y la rabia descontroladas eran señales de debilidad e impotencia. Con todo, hay que reconocer que sin su madre probablemente no habría desarrollado esa constancia a la hora de conseguir una meta, esa férrea ética de trabajo, esa gran determinación, esa capacidad para trabajar y no distraerse con nada… Continuamente le recordaba: “¡No pierdas el tiempo!”.

Sus amigos, Jerry, Jack, Mickey y Elliot, se juntaban con Woody y se pasaban horas hablando de chicas, de sus sentimientos más profundos, de las motivaciones de la gente y de cómo funcionaban sus mentes. Woody era el líder y la cuestión más importante eran las chicas. “Woody lo pasaba mal –me contó Jerry Epstein–. Había una chica de la que se había enamorado y que se llamaba Nancy Kreisman. Ella ni lo miraba… Tenía un perro que se llamaba Woody y de ahí sacó el nombre. Fue algo muy raro. Nunca intentó nada con ella. Era muy introvertido con las chicas, muy poco natural. No se sentía cómodo. Le preocupaba su aspecto. Parecía el típico nerd en proceso de madurez. Por entonces, eso le preocupaba y lo hablábamos a menudo.

“Cuando le conocí, a los doce años, ya era tan divertido como lo es ahora. Me propuso escribir comedia con él cuando teníamos diecisiete años y al final me eché atrás. Visto desde ahora, la verdad es que me hubiera gustado mucho hacerlo, pero mi familia estaba empeñada en que estudiara medicina. “Siempre estaba preocupado por la muerte, la idea de la muerte. Y era un pesimista. Siempre veía la botella medio vacía. Le interesaba lo oculto: la muerte, los fantasmas, los espíritus, los cementerios, las tumbas… Además, era hipocondríaco. También hay que tener en cuenta que la gente con mucho dinero cada vez le tiene más miedo a la muerte y llega a creer que el dinero puede protegerla”.

Otro contrapeso era el sexo, pero los adolescentes de los años 50 no lo tenían fácil en ese sentido. Tanto Woody como Jack Victor eran demasiado tímidos para llamar por teléfono a una chica. A Woody le empezaba a doler el estómago y se quedaba congelado de miedo. Perseguir a las chicas era algo angustioso e insoportablemente frustrante. Su dilema se agravaba porque siempre perseguía a las chicas más deseables, las que seguro lo iban a rechazar. Eso sí, podía superar su miedo a llamar si era para ayudar a un amigo.

“Era tímido –recuerda Elliot Mills–. Era bajito. Pelirrojo. Llamativo. Y no quería que le dieran una paliza. No quería convertirse en un blanco fácil. Lo que le hacía vulnerable era su tamaño y su apariencia. Era sencillo meterse con él”.

Puede que Woody fuera tímido y bastante parado con las chicas pero era un estratega de primera. Ha dicho alguna vez que de adolescente sus pensamientos acerca del sexo se centraban en si era factible conseguirlo y en cómo de rápido podías conseguirlo. En ese sentido, era lo que Jerry Epstein llamaba “un perro de caza”. “Me iba a llevar a una chica al cine –me dijo Jerry–. Teníamos algunas tácticas para ligar con las chicas que podían recordar al actual uso de sedantes. Si le echabas una aspirina a la coca-cola se suponía que la chica perdía todo reparo. Woody me dijo: ‘Mira, yo me quedo en la puerta del cine, disfrazado, y tú te llevas a la chica a la sala. Cuando ya estés dentro, te vas a la parte de atrás, donde está el bar, y compras una coca’. Así que fuimos al cine (esta chica me gustaba de verdad) y Woody estaba ahí de pie delante del cine con un sombrero de ala ancha, gafas de sol (era de noche), una gabardina con el cuello levantado y una tirita en la mejilla. Mi hermano, Sandy, pasó por ahí justo cuando estaba esperando y le dijo: ‘Hola, Woody’. Se dio cuenta al instante de quién era, no tenía pérdida”.

“Este era el plan: Woody me dijo ‘Iré a la parte de atrás del cine, junto al bar. Cuando vengas, compras la coca-cola y yo le echo la aspirina’. Por supuesto, si te paras a pensarlo, ¿qué necesidad había de que otro tipo pusiera la aspirina en la coca si podía hacerlo yo mismo? Bueno, en cualquier caso, le puso la aspirina en la coca-cola. No hace falta decir que no le hizo ningún tipo de efecto. Y Woody acabó saliendo con esa chica poco después. La llamó al instante. Fue como un perro de presa con esta chica, cuyo nombre y número de teléfono le había dado yo. Se las arreglaba para conocer a todas las chicas con las que yo quedaba y luego las cortejaba él. Ese era su modus operandi”.

WOODY, LA BIOGRAFÍA
David Evanier
Turner Libros + Océano
2016, 471 páginas.