Antes me sonaba a hippie revenido, pero es una de las posturas que me toca hacer en yoga. Me pongo en adho mukha svanasana y ya me siento otro. Ahora que estoy en la luz me siento levemente superior a todos los que no hacen yoga. Siempre necesito ir a yoga, de lo contrario entro en crisis terminal de mí mismo. Nunca había sentido que una práctica corporal sin desplazamiento físico deportivo, fuera una apuesta tan potente de trabajo en esa dimensión que llaman “uno mismo”. Es que cuando se siente que el espíritu es cuerpo ejerciendo como tal, desplegado en toda su complejidad orgánica, cambia la perspectiva de lo humano. Mi práctica escritural sólo se justifica si someto mi sistema corporal a ese rigor postural que estimula energéticamente mi organismo. Como que el cerebro me funciona mejor y puedo trabajarlo en una dimensión otra.

No lo hago por salud en un sentido blando, sino en un sentido total y absolutamente materialista, es decir, de un sujeto que trabaja en términos de desarrollo cultural. El sistema educativo debiera abrirse a esta práctica, aunque, creo, debiera estar acompañada de una conciencia corporal que necesariamente te hace otro. Ya sé por qué mis conocidos intelectuales y políticos, y asquerosos funcionarios municipales, no hacen yoga, porque simplemente serían otros, y eso asusta. Un reaccionario se nota en la arrogante apostura desajustada de su cuerpo que no quiere cambiar. Porque esto no tiene nada que ver con actividad física gimnástica, esa que relacionan con salud, que en el fondo es una cuestión súper facha o demasiado neurótica.

Es más común que las mujeres hagan yoga y eso da cuenta de una superioridad mental-corporal que las pone en una situación de apertura al mundo. Los hombres que la practican, lo noto, son más piola, no son winner, tienen (tenemos) una actitud más femenina. El concentrado silencio, sólo interrumpido por el sonido de la respiración, nos conecta con esa sencillez del acto agradecido de ser una mera conciencia objetual del mundo.

Ese lenguaje corporal transformado en múltiples figuras posturales que están tan fuera del modo habitual o uso común en que comparece nuestra identidad orgánica, produce necesariamente un cuerpo otro que, en la diferencia actitudinal, termina siendo el propio. Sin ese quiebre de mi complejidad orgánica no podría enfrentar la vida despierta, y no podría dormir. Me fui en volá.

Es tan importante esta práctica de diseño de mí mismo que lo tuve que conversar con mi contador. Y él de algún modo me autorizó, porque me dijo que para mi temperamento y para la pega que yo hago, esta performance es un buen complemento. Aunque te desperfile un poco, me dijo.

Igual a veces me entra la duda y me pregunto, ¿por qué no hacerle saludos a la luna, si yo como noctámbulo tengo a Thot, dios de la escritura en la mitología egipcia, como regente, y cuyo símbolo es la luna? En fin, son dudas propias de alguien que ha dedicado toda su vida a sospechar, excepto ahora que estoy fanatizado con una práctica energética tan potente.

Ahora entiendo porqué los políticos no hacen yoga. Es que si la practicaran serían otros y eso no se lo pueden permitir. No es que me coloque en una situación de superioridad ética, lo que pasa es que se vienen luchas tan duras para la sobrevivencia que hay que optar por una experiencia de conversión no arrogante de existencia.
Lo mío empezó, recuerdo, cuando luego de un gran fracaso de proyecto personal, volvía del sur, en plena crisis de identidad. Me sentía pésimo y mi hermana, que ya era coreógrafa y hacía clases de danza me instó a que siguiera un curso con ella. Eso fue clave y podría decir que me salvó de una tremenda depresión o pude enfrentarla mejor. Ahí caché que la danza contemporánea, la técnica Graham, más concretamente, tenía mucho del yoga (y también de otras prácticas corporales orientales), y eso me dio un hándicap de manejo corporal que implicó todo un reajuste estético.

Ahora me encuentro en una situación similar de fracaso, con la diferencia que me da exactamente lo mismo. Con un par de saludos al sol estoy al otro lado. No es que yo ame el yoga, el yoga me ama a mí. Y frente a las rosas secas que aún mantengo del funeral de mi madre, hoy, cuando se cumple un año de la partida de mi padre, le hago saludos al sol, a la luz de la luna, como una pequeña variante, tratando de ajustar la columna y haciéndole el quite al dolor de la quinta lumbar, mi adorada hernia discal.