*Foto referencial

Cuando me preguntan si me he enamorado respondo cuestionándoles su pregunta. Me parece absurdo. Es como cuando alguien dice la obviedad “los putos también son personas”. No puedo creer que a estas alturas de la historia aún haya que aclarar ciertas cosas. “Ojalá algo en mí como puto me imposibilitara enamorarme”, pienso a veces.

He tenido muchos pololos y creo haber estado enamorado de la mayoría. Las relaciones que he tenido desde que comencé a prostituirme han sido breves pero importantes. Uno de mis pololos más jóvenes se sentía orgulloso de mi prostitución, al menos, al principio. Otro pololo que tuve no me contó su problema con que yo fuera puto hasta el día que terminó conmigo. Me dejó llorando en un parque porque simplemente no podía aguantar más. Ese día comprendí que debía evitar ciertas relaciones amorosas. Me dejaba muy dañado que terminaran conmigo por ser puto. Para mí la prostitución es sagrada. Pero justamente el amor es algo inevitable. Cuando conocí a G lo comprendí.

Con G tuve que aprender a mentir mejor. Él me había dicho desde el principio que no soportaría tener un pololo que trabajara teniendo sexo, pero yo solo quería ser su pololo, así que intenté formas menos convencionales de prostitución, donde no implicara sexo. Sin embargo, la clientela sexual también es inevitable. Comencé a tener una “doble vida”. No concibo el amor sin el exceso de sexo y con G bastaba. Follábamos durante horas sin pausas, entonces no me quedaba la energía ni el deseo para trasladarme a atender algún cliente ganoso. Pero el deseo de lanzarse a putear también es inevitable cuando siempre te ha gustado la prostitución. Me deprimía sentirme más pololo y menos puto. No tuve nunca conflictos morales por mentirle a G, pero mi ansiedad estaba exacerbada. Siempre al borde de la confesión, no por voluntad, sino por torpeza. Fueron los días que más deseé que fuese real que un puto no se enamora. Me sentía tan ligado a G que me parecía insoportable. Hasta mis clientes se daban cuenta que algo extraño me sucedía. Nunca me costó mucho besar cuando trabajaba, pero ese tiempo solo deseaba besar a G. Mi relación estaba siendo una dramática historia sobre un puto enamorado, clásica y predecible. Era obvio que no podría mentir siempre o, al menos, en algún momento me descubrirían. Cuando G supo que yo seguía siendo puto sentí que algo se quebró en mí. La culpa es algo que aborté cuando aborté el cristianismo. Esa noche volví a sentir culpa.

Terminamos y volvimos varias veces. Escribí sobre la tragedia de ser un puto enamorado mientras me dolía el recuerdo de G. Si alguna vez odié el sistema y toda su educación que nos ha limitado tanto el amor, durante esos días de desamor comencé a odiar con más intensidad todo esto que nos ha configurado. Entiendo que el problema no es la prostitución, sino cómo entendemos las relaciones amorosas. Pero nos han educado desde niños con las mañas románticas, nuestros padres como primer ejemplo y las cientos de películas románticas donde la puta solo tiene como destino ser rescatada. Nunca fui rescatado por G porque no me permití obedecer ese destino. Muchas veces sentí pudor por lo dramático de nuestra relación. Sus amigos y los míos coincidían en el fracaso inevitable de cualquier proyecto amoroso entre G y yo. Pero creo que el amor también es una maldita adicción, como con las drogas, como con la comida; no hay un éxito en ninguna relación adictiva.

Creo que con G hemos aprendido a habitar nuestro fracaso. A pesar de la tragedia que nos separa, seguimos juntándonos. Muchas veces en secreto, a escondidas de ciertas personas. Son pocos los amigos que pueden comprender nuestra porfía. Pero si alguien quiere saber cómo se enamora un puto, puedo decir que de la peor forma posible. Mis amigos putos opinan lo mismo y de la misma forma han fracasado. Sin embargo, quiero reivindicar el fracaso amoroso y valorar lo porfiados que podemos llegar a ser. No nos pidan tanto. No estamos acá para hacer bien las cosas. Con suerte seguimos vivos.