I
Fue un error, un grave error de Satanás, y así se dijo mucho en el infierno, el designar a Mefistófeles como su representante en San José de las Pataguas.

Era un diablo anticuado.

Todo en él, desde el rostro faunesco, semioculto entre la capa y el birrete, hasta los puntiagudos borceguíes, olía, si no a azufre, a naftalina, Romanticismo y Edad Media.

Estaba fuera de época; nadie podía discutirlo; pero ¿era ello una razón para «agraciarlo» con tal cargo en una mísera aldea de provincia?

No; ni la larga cesantía del destinatario, ni sus ideas anacrónicas, ni su fracaso en la bullada tentación del Doctor Fausto justificaban tan mezquino nombramiento. Su prestigio en el mundo, ya que no en el Averno, le daban título sobrado para esperar mejor empleo.

El orgullo selló, no obstante, los labios del viejo demonio y hasta le dio fuerzas para sonreír ante la vejación de que era objeto. ¡San José de las Pataguas! ¡Lindo puesto para él! ¡Ya vería Satanás quién era Mefistófeles!
Sin despedirse de Asmodeo y Belcebú, que le miraban con hipócrita conmiseración, cogió su disfraz de vampiro infernal, bajó a la Tierra, avistó a la humilde villa, dormida en un contrafuerte de los Andes a la luz de la luna, y durante largas horas sus alas membranosas giraron en torno al viejo campanario.

La brisa cordillerana enfrió su rabia.

Después de tantos siglos de reclusión en el infierno, le resultaba grata la visión de aquel poblado cuyas casitas blanquecinas se apretujaban como ovejas junto al río.

Negros bosquecillos de boldos, molles y canelos manchaban las colinas escarchadas de luna, entre las cuales se escurría, con agilidad de pez, la corriente.

Mil escamas de plata relucían en su torso verdinegro de delfín, en tanto que al fondo la cordillera de los Andes, surgiendo de la niebla blanquecina que subía como un aliento de los campos, colgaba entre cielo y tierra sin cortinaje azul turquí.

¡Qué bajo, qué chato se veía el pueblo ante la majestad de la montaña!

Solo una torre y algunos cipreses, los del convento de las Trinitarias, sobresalían de las recias construcciones de adobe y tejas; tierra, como las calles polvorosas, como las colinas… tierra que apenas se alza de la tierra.
¡Oh! Bien distinto, por cierto, ese villorrio de las históricas ciudades cintas en muros almenados, turgentes de catedrales y castillos —piedra hecha arte, oración grito de guerra— que vieron sus andanzas medievales.
Colonia, Estrasburgo, Núremberg, —¡qué tiempos aquellos!— y ahora… San José de las Pataguas.
Con ojos nostálgicos miraba Mefistófeles su enorme sombra de murciélago deslizarse a ras del suelo en las calles y plazas, agazaparse en las encrucijadas, trepar por los blancos muros, posarse breves instantes sobre las musgosas tejas y desaparecer en la penumbra de los patios para luego resurgir y tornarse azul intenso al vadear la plateada corriente del río; pero nadie paraba mientes en su sombra.

¿Y en él? ¡Ah! Para esos hombres sin ideales, encharcados en el materialismo de sus preocupaciones cotidianas, él era menos que una sombra.

Solo los inocentes le veían.

En el patio de una vivienda de arrabal, iluminado por un chonchón de parafina, un chico había corrido a cobijarse en las faldas de su madre, una mujerona gorda y morena como una tinaja, atareada en apagar los rescoldos de la hornilla.

La manecita infantil y rolliza señalaba el cielo.
—¡Mamita, mamita: el diablo! ¡Allí junto a la torre… Va volando!
La mujer no alzó los ojos del fogón:
—Déjate de tonterías… Será algún aeroplano.
—¡No! Es el diablo; tiene alas de murciélago.
Levantándose con un suspiro de cansancio, la madre cogió al chico de un brazo:
—Anda a acostarte.

Y madre e hijo desaparecieron tras la puerta del tugurio. Mefistófeles no pudo contenerse.
Tan pronto como las luces se apagaron bajó al suelo y dejando de mano el disfraz de vampiro, en su auténtica figura —perfil de gárgola, ojos de ascua, capa, birrete y calzas negras— recorrió las calles del pueblo.

¡Qué falta de arte! ¡Qué pobreza! Apenas cuatro o cinco casas de dos pisos levantaban sus mojinetes sobre el resto del poblado; construcciones sin carácter; portones cuadrados cuyo umbral de roble parecía arquearse al peso del tejado; ventanas simétricas; calles tiradas a cordel… Así, rígidos, sin fantasía, apegados al terruño, serían quizás sus moradores.

Ni encrucijadas misteriosas, ni blasones, ni almenas prepotentes, ni ojivas como manos en plegaria…
Le daba grima ver a los noctámbulos —bien pocos, por cierto— pasar a su vera sin mirarle: eran labriegos rezagados que retornaban de la cantina o del trabajo. Hablaban de cosas prosaicas: el precio de los corderos en la última feria, la superioridad del estribo de «oreja» sobre el de «zapatilla», la yegua rabicana del compadre Moya…

¡Palurdos idiotas!

Comenzaba a cansarse cuando, tarde en la noche, vio Mefistófeles salir de la casa del Juez a dos sujetos que, acaso por no llevar como los otros la consabida manta de castilla, atrajeron su atención: el uno, gordo y rubicundo, vestía cazadora de cuero y envolvía el robusto cuello en una chalina de vicuña; el otro, esmirriado, nervioso, con ojillos de rata, bigote y perilla, enfundado en un sobretodo a cuadros tan cursi como exiguo, gesticulaba con vivacidad:

—¡Patrañas del oscurantismo, señor Contratista… ¡Yo no creo en los espíritus!
—¡Vaya… vaya! ¡Y yo que los encuentro tan divertidos, don Dantón!

Venían de una sesión de espiritismo. Mefistófeles, interesado por el tema, los siguió.
Dantón no estaba de acuerdo con la opinión del Contratista. No podía aplicar tal calificativo a mitos, que, a juicio del racionalismo, carecían de toda realidad objetiva.

—Lo que encuentra usted gracioso —expresó con brutalidad— no son los espíritus, la superchería de la mesa, sino el piececito de la señora Olga… ¡Pobre Magistrado!
—Veo que usted es mal pensado además de escéptico…
—Creo más en los pies que en los espíritus.

Mefistófeles les miró alelado. Por primera vez oía expresarse en forma tan insustancial y alegre del mundo sobrenatural, de sus congéneres inmateriales, de sí mismo. Para el uno las almas no existían; para el otro eran solo un motivo de entretenimiento… ¡Bonitos juguetes! ¿En qué mundo estoy? decía. ¿Dónde he caído? ¿Estos son hombres? Recordaba sus tiempos medievales. También se rendía culto a la materia —había adúlteros, ladrones, criminales, herejes y blasfemos— pero nadie desconocía la existencia de lo sobrenatural. Unos creían en Dios, otros en él. Eso era todo. Santos y herejes se lanzaban a pie desnudo en los carbunclos encendidos de la prueba del fuego; mártires y brujas, por mantener sus convicciones sucumbían en las mazmorras agarenas o en los braseros del Santo Oficio.

Ortodoxia y herejía, superstición y misticismo, plegarias y blasfemias se unían en una sola afirmación de fe: la existencia del espíritu. Pero ahora… ¡estaba reservado a ese par de petulantes —pura materia y animalidad abyecta— la negación de su esencia inmortal! No eran hombres, eran bestias tal cual ellos se juzgaban. Quemarlos sería poco, por obtusos… ¡No creer en el espíritu! ¡Lástima que no hubiera Torquemada! ¡La Inquisición hacía falta!… Sí, ¡la
Inquisición!

El despecho lo tornaba reaccionario. Al pensar en semejante aberración, no pudo menos que sonreír.
Los dos hombres iban hablando ahora de una fiesta que preparaban para celebrar la inauguración del puente Los Molles, que estaba construyendo el Contratista. El gordo había descubierto un mosto de rechupete para acompañar al chanco que le había obsequiado don Nicasio y que a la sazón estaba «de rasgarlo con la uña». Invitarían naturalmente al Magistrado con la señora Olga, al Farmacéutico, al Cura con su hermana y… —¡Atención amigo Dantón!

—decía guiñando un ojo el Contratista— a la chiquilla más bonita del pueblo… a la sobrina, a Rosarito.
Dantón en cambio prometía «cuadrarse», a pesar de la asistencia del fraile, con una información a ancho de página en «El Librepensador».
—Lo que importa en esta vida es divertirse —afirmaba el Contratista.
—Me parece: si esperamos la que ofrece para después de muertos el fraile ¡estamos lucidos!

Mefistófeles se adelantó a ellos y, al enfrentarlos, les fijó los ojos; pero iban demasiado absortos en su programa de festejos para reparar en él.

Desilusionado, les abandonó para seguir vagando por el pueblo.

Le molestaba no ser «nadie»: para todos pasaba inadvertido.

Tan solo los perros se espeluznaban a su paso y prorrumpían en aullidos lastimeros.

Otra cosa bien distinta había esperado de su regreso al mundo.

La indiferencia, más fría y oscura que la noche misma, continuaba envolviéndole; pero, he aquí que, al pasar frente al farol de la hornacina de San Antonio Abad, junto a la esquina del templo parroquial escuchó un grito:
—¡El maldito! ¡San Antonio me ampare!

Era otro inocente —el Tonto Gil— que había visto su silueta caprina recortarse en el muro y huía como una araña sorprendida por la luz, apegándose con manos temblorosas a los viejos adobes.
Mefistófeles, sorprendido, se detuvo: aquel alarido le sonaba a escándalo en el silencio del villorrio.

Por algunos momentos permaneció mudo, sombrío en la oscuridad desierta.
Una ligera brisa arrastraba las hojas otoñales, que se alzaban en pequeños torbellinos a lo largo de la calle.

La campanita de las Trinitarias comenzaba a tocar maitines.
Entonces, abriendo la capa al viento que soplaba de la cordillera, el viejo demonio se empinó en la punta de los pies, agitó como dos alas las amplias haldas negras y se levantó de la tierra.

Aún vibraban las notas temblorosas cuando pasó planeando sobre el monasterio.

Súbitamente el toque se detuvo.

Mefistófeles oyó un leve gemido y vio a la novicia con su toca blanca y sus azules hábitos rodar como un ramo de lirios al pie de la espadaña.

El vampiro infernal cambió de rumbo y fue a ocultarse en el derruido campanario de la iglesia.
Allí, bajo las negras campanas, entre vigas y telarañas, agazapado junto al ventanuco, los codos en las rodillas, las manos en el mentón, en actitud de gárgola, consideró la situación: nada había conseguido aquella noche; nada: ni siquiera impresionar a un pecador: solo las almas inocentes le habían visto: una monja, un niño, un tonto…
Mefistófeles quedó bien descontento de su estreno.


ASÍ PASÓ EL DIABLO
Jenaro Prieto
Ediciones UC, 2017, 110 páginas.