Protagonizó el primer orgasmo femenino en primer plano en la polémica “Éxtasis” (1933) y pasó a la historia como la sensual Dalila del mítico filme de Cecil B. De Mille, pero Hedy Lamarr fue también una mente privilegiada que inventó una técnica de encriptación precursora del wifi.

A los 51 años, la actriz austríaca escribió sus memorias sin mencionar su faceta de inventora -también ideó un sistema mejorado de semáforos o un refresco en pastilla-, que sí se explica en la edición revisada que acaba de publicar Notorius en España bajo el título “Éxtasis y yo”.

Lo que inventó, junto a George Antheil, fue “el salto de frecuencia”, una técnica de encriptación ideada para teledirigir torpedos contra los nazis.

El sistema fue clave en el desarrollo del llamado ‘espectro ensanchado’, una forma de utilizar varias frecuencias de radio sin interferencias en la que se basan las redes inalámbricas.

Lamarr y Antheil viajaron juntos en 1942 para ceder gratis la patente al ejército de EEUU, pero el gobierno no les tomaron en serio.

Aunque nunca se usó durante la Segunda Guerra Mundial, el invento se rescató durante la crisis de los misiles de Cuba en 1962. No fue hasta 1997 cuando la pareja obtuvo el reconocimiento público, al ser premiada por la Electronic Frontier Foundation y recibir un Bulbie (el Oscar de los inventores).

Hija de un banquero austríaco y de una madre húngara, culta y políglota, Lamarr nació en Viena el 9 de noviembre de 1913 como Hedwig Eva María Kiesler. Recibió una educación exquisita y comenzó a estudiar ingeniería, pero su primer marido, el fabricante de armas filonazi Friedrich Mandl, la obligó a dejarlo.

Acabó escapando, de su marido y de los nazis, primero a París y después a Londres, donde tuvo ocasión de conocer a Louis B.Meyer, el magnate de la Metro Goldwyn Mayer.

Antes de eso, ya había hecho sus primeras incursiones como actriz en Alemania, aunque la que más dio que hablar y le abrió puertas fue “Extasis”, prohibida durante 20 años en varios estados norteamericanos.

Desde el principio Lamarr demostró carácter y determinación para tomar las riendas de su carrera y negociar con los estudios. Rechazó el primer contrato que le ofreció el mismísimo Meyer en Londres, y después se metió en su barco rumbo a Estados Unidos y consiguió uno mejor.

Cuando había alcanzado cierto estatus logró desembarazarse de ese contrato para trabajar libremente con otros estudios. Menos suerte tuvo, según ella misma confiesa, a la hora de elegir papeles. Rechazó “Laura” de Otto Preminger, “Luz que agoniza” de George Cukor y hasta “Casablanca”, de Michael Curtiz.

Con Ingrid Bergman, que llegó a la MGM casi a la vez que ella, cuenta que tenía cierta rivalidad y que definitivamente la perdió el respeto el día que vio como plantaba en una fiesta a su entonces marido, Peter Lindstrom, para marcharse con Roberto Rossellini.

También habla de sus relaciones con John F. Kennedy, y del consejo que éste le dio: “Hedy, contrae responsabilidades, es el secreto de la vida, intenta hacer todo lo que puedas, identifícate con todos, lígate a todos”; o con Frank Sinatra, simplemente un amigo.

Casada y divorciada en seis ocasiones, las memorias de Lamarr se recrean en episodios sexuales con hombres y mujeres, aunque muchas de esas aventuras hay que cogerlas con pinzas, según se advierte en el prólogo, ya que el libro fue redactado por dos “negros” a partir de grabaciones con la diva.

Cuando se publicó, el escándalo fue tal que la actriz desautorizó a los escritores y dijo que casi todo era ficción. El último capítulo del libro es una especie de compendio de su pensamiento siendo ya una mujer madura e incluye frases como estas:

– “Soy enemiga jurada de todo convencionalismo”.

– “Me gustaría que la gente joven se concentrara en tener menos pelo y más cerebro”.

– “Cualquier chica puede ser glamurosa. Sólo tiene que quedarse quieta y parecer estúpida”.

– “No temo a la muerte porque no temo a nada que no comprendo. Cuando empiezo a pensar en eso, ordeno un masaje y se acaba el problema”.